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Mejor calidad del sueño infantil con rutinas de descanso

La persistencia de trastornos del sueño en la infancia es un indicador de la falta crónica de descanso nocturno

Dos de los trastornos del sueño pediátricos más comunes son el sonambulismo y las pesadillas. Si bien en la infancia son habituales y no constituyen un motivo de preocupación, la falta de rutinas en el momento de acostarse puede aumentar su frecuencia y, más tarde, convertirlas en un problema importante. El impacto de algunos trastornos durante el tiempo de descanso nocturno puede provocar irritabilidad, fatiga diurna, ansiedad y fracaso escolar, entre otros. En este artículo se aportan datos sobre los trastornos del sueño que afectan más a los niños y adolescentes y cómo hacerles frente con unas sencillas rutinas de descanso.

A ciertas edades se considera habitual y, por lo tanto, no preocupante. Sin embargo, sufrir sonambulismo, pesadillas o terrores nocturnos puede convertirse en un problema, ante la falta de rutina en el momento de acostarse por la noche. Esto sucede a un 15% de los menores entre 6 y 15 años, una cifra que corresponde al porcentaje de niños y adolescentes que carecen de un horario fijo para ir a dormir. Ocho de cada diez lo hacen cuando ellos quieren.

Estas son las principales conclusiones de un estudio español reciente, llevado a cabo por investigadores de la Unidad del Sueño del Hospital Quirón, en Valencia. Entre las 1.500 encuestas realizadas a escolares de esta comunidad, otros datos apuntan que solo un 19% de los adolescentes de 12 a 15 años se acuesta a una hora determinada cuando al día siguiente tiene que ir a estudiar y casi el 9% de los escolares de 6 a 8 años se queda dormido en la cama cuando debería despertarse. Los investigadores achacan este cambio de hábitos a una paulatina relajación de las normas que regulan la vida cotidiana de los más pequeños y que, en los últimos años, ha afectado incluso a los límites horarios para ir a dormir.

Trastornos del sueño: efectos en los más jóvenes

El 15% de los niños y jóvenes de 6 a 15 años no tiene un horario fijo para ir a dormir y 8 de cada 10 lo hacen cuando ellos quieren

Muchos procesos biológicos ocurren de noche. El descanso nocturno provee al cuerpo de su necesidad diaria de restitución y recuperación fisiológicas. Un déficit crónico de esta "tregua" se asocia desde hace muchos años al fracaso escolar, porque los niños se duermen o no atienden en clase, están muy cansados y registran ausencia de concentración, falta de control o impulsividad. El descanso ineficaz también se ha relacionado con un aumento de peso, tanto en la infancia como en la adolescencia y la adultez.

De la misma manera, la falta constante de sueño puede provocar la persistencia de trastornos como pesadillas o sonambulismo. Más de la mitad de los adolescentes que participó en el estudio reconoció que sufría las primeras más de una vez por semana. Si bien ambas condiciones tienden a superarse con el paso de los años (los expertos creen que se debe a la propia inmadurez del sistema nervioso central durante la niñez y a factores genéticos), el aumento en su frecuencia puede empeorar el estado funcional del organismo durante el día.

Mejorar los hábitos de sueño para frenar el sonambulismo

El sonambulismo es más prevalente en la infancia. Mientras ocurre, el afectado está dormido, aunque es capaz de levantarse de la cama con los ojos abiertos y realizar alguna tarea sencilla, deambular por la casa, hablar o chillar. Más allá del peligro de chocar contra algún objeto o caerse, no es una afección grave. A menudo son episodios de pocos minutos. Si se les pregunta, los afectados responden de manera lenta o no constestan, y si se les devuelve a la cama sin despertar, rara vez recuerdan el evento. Los niños mayores pueden despertarse de forma más fácil al final de un episodio y sentirse avergonzados por su comportamiento.

No provoca secuelas mentales ni deja huella en el subconsciente y la actividad física que lleva implícita no implica que el menor deje de descansar. A la mañana siguiente, el afectado se levanta como si nada hubiera ocurrido. Tampoco tiene relación con anteriores problemas del sueño, dormir solo o acompañado en una habitación o con el miedo a la oscuridad. Los expertos han sugerido que la mala calidad del descanso nocturno entre los 4 y 5 años, sufrir despertares frecuentes durante el primer año de vida, es un factor de riesgo que favorece esta parasomnia.

Para tratarlo, a menudo, solo es necesario mejorar los hábitos en el momento de irse a la cama. Si el problema se agrava o persiste durante la adolescencia, es necesario consultar a un especialista.

Para minimizar los riesgos del pequeño sonámbulo, se recomienda proteger el entorno para que no se haga daño y asegurarse de cerrar bien puertas y ventanas para que no se vaya o pueda caer, así como quitar objetos puntiagudos o frágiles cercanos a la cama. Una creencia común, aunque equivocada, es que no se debe despertar a un sonámbulo. Los especialistas aseguran que lo mejor es darle instrucciones sencillas de entender que faciliten la vuelta a la cama. No obstante, en ocasiones hay que despertarle para evitar algún peligro.

Más pesadillas sin rutinas de descanso

Pequeñas pérdidas de sueño en el inicio de la infancia se relacionan con un peor rendimiento escolar

Las pesadillas, más frecuentes también en niños que en adultos, causan fuertes sentimientos de miedo, terror, angustia o ansiedad. Además de la falta de rutinas de descanso o del estrés, pueden estar provocadas por multitud de factores, como la apnea del sueño, eventos traumáticos (muerte de un ser querido), sensación de inseguridad, angustia, consumo excesivo de alcohol, efectos secundarios de fármacos, enfermedades, fiebre o dolor e, incluso, suceden por comer justo antes de ir a la cama, entre otros motivos.

Para prevenir cualquier trastorno del sueño durante la infancia, es necesario seguir unas pautas estables: ir a la cama y despertarse siempre a la misma hora, además de descansar las horas suficientes. Los rituales antes de ir a dormir también son importantes, como que el pequeño se acueste con algún objeto tranquilizante, como un muñeco, o se le lea un cuento. Pero los padres deben ser cuidadosos y dejar claro que hay un momento en el que se apaga la luz y se debe dormir.

Como los niños no identifican con facilidad el motivo desencadenante de sus pesadillas, el papel de los progenitores es fundamental. Hay que tranquilizarles, dar seguridad y aportar un rato de calma antes de acostarse (sin televisión o imágenes que les puedan causar temor). En caso de que sean recurrentes, se puede incitar al niño a hablar sobre ello y a representarlo en la realidad, pero con un final feliz. Este trastorno no es un problema para el desarrollo infantil ni para la salud. Si se sufre de manera frecuente, se mantiene a lo largo del tiempo o es un impedimento para llevar a cabo actividades cotidianas con normalidad, se recomienda consultar con un profesional para que evalúe si hay algún problema emocional o físico que tratar.

Efectos de la falta crónica de descanso

A largo plazo, un sueño poco adecuado llega a envejecer el cerebro, según un estudio que acaba de publicar la revista Sleep, ‘Change in Sleep Duration and Cognitive Function: Findings from the Whitehall II Study’, llevado a cabo por investigadores de la Facultad de Medicina del Colegio Universitario de Londres (Reino Unido). La falta crónica de descanso por la noche provoca mayor secreción de hormonas y sustancias químicas en el cuerpo, que aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad cardiaca y accidentes cerebrovasculares, así como hipertensión, colesterol, diabetes y obesidad.

A corto plazo, una pérdida pequeña de tiempo (una hora menos) de sueño de manera crónica en el inicio de la infancia se relaciona con un peor rendimiento escolar al comienzo de la escolaridad (seis años). Pocas horas de sueño durante los primeros cuatro años de vida multiplican por tres el riesgo de un desarrollo del lenguaje más lento. Estos datos constatan que es probable que haya un periodo crítico del desarrollo infantil donde el déficit de descanso nocturno es dañino, incluso a pesar de que la alteración se normalice años después. Es fundamental, por tanto, establecer rutinas desde la infancia.

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