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Proyecto ITER

Se basa en la fusión nuclear como nueva fuente de energía

¿Se imagina una fuente de energía barata, limpia y casi inagotable? El proyecto ITER podría ser la base que haría realidad ese sueño, mediante la construcción de un reactor de fusión nuclear. Sin embargo, su elevado coste - unos 13 mil millones de euros- y las dudas sobre si es tan eficaz y limpio como dicen, lo ponen en entredicho.

¿Qué es el ITER?

La búsqueda de fuentes de energía que puedan saciar el cada vez mayor apetito energético del ser humano es uno de los principales retos del siglo XXI. En la actualidad, la mayor parte de la energía se obtiene quemando recursos no renovables como el petróleo, el cual se estima que cubrirá la demanda global durante unos 50 años si se mantiene constante el nivel de consumo. Una de las vías que se proponen es la fusión nuclear, la forma en la que las estrellas producen cantidades ingentes de energía. Los científicos han demostrado que puede ser posible "domesticarla" en la Tierra, lo que supondría, según sus defensores, una fuente de energía limpia, barata y prácticamente inagotable, y en definitiva, la solución al problema de abastecimiento.

La idea de construir un reactor de fusión nuclear se remonta a 1985, cuando los entonces presidentes de la antigua Unión Soviética y Estados Unidos, Mijail Gorvachov y Ronald Reagan respectivamente, suscribieron un acuerdo para desarrollar un proyecto conjunto. El ITER (de las siglas en inglés Reactor Internacional Termonuclear Experimental, y que también significa "camino" en latín) (http://www.iter.org/) se formaba en 1986 como consorcio internacional formado por dichos países, Europa (a través de EURATOM, y Japón, como paso previo antes de poner en marcha un verdadero reactor comercial.

El diseño del proyecto fue concluido a finales de 1990, aunque los problemas de financiación han ido minando su futuro: EEUU recortó fondos en 1995, y otros países expresaron sus dudas. La inversión estimada para el coste total, unos 13 mil millones de euros, es sin duda uno de los principales obstáculos a salvar. La situación empeoró en 1998, cuando el Congreso norteamericano puso fin a la financiación que otorgaba su país, lo que supuso que el proyecto sólo quedaba financiado por Canadá, la UE y Japón, con el aporte de la experiencia de Rusia. No obstante, en 2003 se podía respirar con más optimismo, puesto que EEUU volvía al proyecto, y China pedía formalmente asociarse al proyecto contribuyendo con un 10% a la gigantesca iniciativa. El país que asuma su construcción deberá contribuir con un 10% de la inversión total, aunque las ganancias netas también serán importantes, y se generará empleo del que se beneficiarán unos 200 científicos especializados y otros 400 técnicos de apoyo, además de miles de puestos de trabajo directos e indirectos.

En este sentido, el proceso de decisión sobre la ubicación del ITER se inició en 2002, aunque las negociaciones están bloqueadas. Por un lado, la UE, que tiene el apoyo de Rusia y China, propone Cadarache, en Francia, mientras Japón, que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y Corea del Sur, ofrece la localidad nipona de Rokkasho-Mura. La postura norteamericana fue considerada por Francia una represalia por su postura ante la guerra de Irak. En este intervalo de tiempo, las otras dos sedes que se presentaban como candidatas, Clarington en Canadá y Vandellós en España, fueron finalmente desechadas. Canadá se retiró de la última fase de negociación, mientras que la Unión Europea decidió apostar finalmente por la localidad francesa para defender los intereses europeos frente a Japón.

El principal escollo para los contendientes es, como decíamos, el dinero necesario. La UE ha decidido aportar 1.850 millones de euros y en septiembre anunció que India, Suiza y Brasil estarían dispuestos a participar en el proyecto europeo, aunque sólo los suizos han concretado la cuantía que aportarían. Por su parte, Francia ha propuesto aumentar su contribución al ITER de 475 a 914 millones de euros, un 20% del coste total de construcción. No obstante, los ministros de Investigación de la UE han reiterado su voluntad de que el proyecto ITER se desarrolle entre los seis socios internacionales, pero sin excluir la otra opción.

El plazo de construcción del reactor es de 10 años y su explotación de otros 20 años, tras los cuales deberá ser desmantelado, una fase que podría alargarse hasta 40 años. A medio camino, hacia el año 2040, se espera que todo esté en condiciones para que la red eléctrica pueda abastecerse de la energía producida por fusión nuclear. Si tuviera éxito, todavía faltarían pasos importantes y mucho tiempo hasta la llegada de reactores comerciales de fusión nuclear, cuya existencia no se prevé antes de 2050.

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