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Gasificación subterránea: Energía del carbón sin extraerlo

Su desarrollo podría suponer aprovechar el carbón de manera más ecológica y generalizar el hidrógeno como energía renovable

Imagen: Wilfried Heider

La gasificación subterránea consiste en una cámara, dentro de la propia veta de carbón, en la que se inyecta oxígeno a presión y agua pulverizada. De esta forma, las reacciones químicas conseguidas producen un gas rico en monóxido de carbono, hidrógeno y otros elementos como metano. Este gas, tras una desulfuración, puede utilizarse para generar energía eléctrica o como combustible. El carbón empleado no necesita ser de alto poder calorífico, sino que permita buenas reacciones, aunque su óptimo aprovechamiento también depende de las características geológicas del terreno adyacente.

La gasificación subterránea ofrece, según los expertos, una de las maneras más ecológicas y versátiles de convertir el carbón en electricidad, hidrógeno y otros productos energéticos. En este sentido, los beneficios medioambientales y económicos de esta tecnología son varios:

  • Podría servir para generalizar el uso del hidrógeno como combustible limpio, aprovechando además capas de carbón de difícil explotación
  • Permite aprovechar la energía contenida en el carbón sin necesidad de extraerlo, evitando los problemas ecológicos y de seguridad de la minería convencional, ya que las cenizas y otros componentes indeseables permanecen en el propio yacimiento, lo que significa además un gran ahorro
  • El CO2, uno de los principales gases de efecto invernadero, puede ser capturado de manera que no escape a la atmósfera

    Emite cantidades muy bajas de los gases contaminantes derivados de la combustión del carbón, como óxidos de azufre (SOx) o de nitrógeno (NOx). Asimismo, el dióxido de carbono (CO2), uno de los principales gases de efecto invernadero, puede ser capturado por procesos químicos de manera que no escape a la atmósfera

  • Las plantas de gasificación de carbón son más eficientes energéticamente que las convencionales de combustión (hasta un 50%), y los expertos consideran que en los próximos años se podría llegar hasta el 70 u 80%

Hace unos años, la gasificación subterránea se realizaba normalmente mediante dos pozos verticales, uno para inyectar los agentes gasificantes y otro para recuperar los gases resultantes. Sin embargo, en algunos casos resultaba muy difícil la conexión entre ambos pozos. En la actualidad, la tecnología de perforaciones petrolíferas ha permitido sondeos desviados, que conectan el pozo de inyección y el de recuperación de los gases.

Este sistema, denominado gasificación en canal, fue experimentado a finales de la década de los 90 en España, concretamente en la mina de Alcorisa (Teruel). Para ello, se creó una empresa que reunía organizaciones españolas, británicas y belgas, bajo el respaldo de la Comisión Europea. Los resultados, según sus promotores, demostraban que el sistema era operativo, y que los problemas localizados eran sencillos de resolver. En este sentido, el Departamento de Comercio e Industria británico apuntaba a la gasificación subterránea como una de las tecnologías de futuro para el aprovechamiento energético del carbón de este país, tanto terrestre como el ubicado en el Mar del Norte.

En cualquier caso, la gasificación subterránea depende de que la mina esté situada cerca de los centros de consumo o los sistemas de transmisión eléctrica: Como el reactor de combustión es la propia mina, un proyecto sólo se podría ejecutar en el mismo lugar.

Desarrollo mundial de la gasificación subterránea

Los primeros experimentos se realizaron a principios de los años 20 en Durham, Reino Unido. En los años 30, la entonces Unión Soviética encabezó las investigaciones, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, consiguiendo desarrollar las bases tecnológicas del sistema, y poniendo en marcha varias gasificadoras, especialmente en las actuales Rusia y Uzbekistán.

En los años 70 y 80, los avances conseguidos en Estados Unidos permitieron gasificadoras más comerciales que siguen funcionando hoy día. En este sentido, los norteamericanos siguen trabajando en la mejora de esta tecnología mediante diversos proyectos, como el denominado "FutureGen". Por su parte, las pruebas realizadas en Thulin (Bélgica) y Alcorisa en España, durante los años 80 y 90, respectivamente, abrían la posibilidad de utilizar esta tecnología en las vetas de carbón europeas a profundidades mayores de 500 metros.

En definitiva, la gasificación subterránea presenta un considerable potencial de cara a una futura explotación ecológica de las importantes reservas de carbón mundiales, situadas a grandes profundidades bajo tierra o incluso bajo el mar. Países como la UE, Estados Unidos, Sudáfrica, Japón, Australia, Nueva Zelanda, India o Pakistán desarrollan diversos programas, aunque China es la que parece más interesada, al contar con las mayores reservas de carbón del mundo.




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