Reclamos en las etiquetas que llaman a engaño
Ninguno de los productos infantiles satisface todos los criterios de la Organización Mundial de la Salud, como brindar información sobre lactancia materna, señalar la edad de inicio adecuada o asegurar la ausencia de alegaciones de salud engañosas, entre otros.
Las etiquetas, uno de los principales reclamos para padres y madres, dejan mucho que desear. “Por ejemplo, un producto que dice ‘puré de ternera con verduras’ puede tener muchos otros ingredientes, como arroz, fruta y mucho más. En este producto uno de los últimos ingredientes es la carne o las verduras. Lo que dice el criterio es que el ingrediente que da nombre al producto sea el mayoritario”, detalla Babio.
Otro problema relacionado con las etiquetas es que, en muchos casos, confunden a los consumidores. “Según el estudio, casi un 30 % de los productos que se etiquetan como aptos para menores de seis meses llevan ingredientes como cereales o miel. Están dirigidos a niños y niñas entre cuatro y seis meses y llevan ingredientes que no son recomendables para estas edades. Eso es grave”, se lamenta Babio.

Deberes pendientes y urgentes
Las conclusiones de InfantBase son rotundas: “Las entidades que agrupan a los profesionales de la pediatría y de la dietética y nutrición deben exigir a la administración normativas más estrictas sobre alegaciones nutricionales y publicidad dirigida a la infancia, para reducir el riesgo de confusión de las familias o personas cuidadoras”. Babio opina que “habría que eliminar las declaraciones nutricionales de salud, que generan un halo saludable, o determinados envases con personajes infantiles”, entre otras cosas.
Además del continente, también habría que regular el contenido para tener ingredientes y formulaciones saludables: “Regular la formulación no limita la libertad, sino que protege a los menores. Lo que debemos promover es que la industria tenga en cuenta estos criterios para mejorar; para que estén alineadas con la salud. Como investigadores, queremos brindar una evidencia científica para que se desarrolle una regulación y que se refleje en las políticas públicas”, incide la investigadora.
El pediatra Pepe Serrano abunda en el tema: “Solo se puede llegar a este estándar más elevado de calidad con la legislación. Hasta que no haya una normativa que obligue, son muy pocas las modificaciones que se van a hacer”.
¿Es tan importante el cambio?
El tema no es baladí, ya que si la alimentación a partir de los tres años es importante, lo que se come durante los primeros 1.000 días de vida es determinante. “Ahí está en desarrollo todo el organismo del bebé”, cuenta Serrano.
“Nunca se aprende tanto como lo hacemos los primeros meses de vida. Jamás crecemos tanto como esos primeros meses. Nunca ninguno de nuestros órganos se desarrolla tanto como en esa etapa vital. Por tanto, el cuidado que debemos tener en todo eso es extremo. Y una de las principales armas que tenemos para el cuidado es la alimentación”, añade el pediatra.
Además, la apetencia por determinados alimentos se aprende comiendo. Y si aprendemos a comer bien, comeremos bien toda la vida. Nancy Babio insiste en que una alimentación adecuada en los primeros años de vida de los menores: “Reduce el riesgo futuro de enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes y también las enfermedades cardiovasculares”.

¿Qué dice la industria?
Ante los resultados del estudio InfantBase, CONSUMER ha querido recabar la opinión de la industria. La Asociación Nacional de Fabricantes de Productos de Dietética Infantil (ANDI) —que agrupa a 15 empresas españolas del sector— asegura que todos sus miembros respetan los requisitos de composición nutricional establecidos por la legislación europea y nacional, además de ofrecer información clara y veraz a padres y madres.
“Todas nuestras empresas cumplen con las cantidades de macro y micronutrientes para alimentos infantiles, así como con los estrictos límites de sustancias que pudieran resultar perjudiciales”, aseguran. “Nuestro objetivo es fomentar una composición nutricional adaptada a las necesidades de los bebés y niños pequeños y asegurar la transparencia del etiquetado, siempre en línea con las recomendaciones pediátricas”, añaden.
A través de esta asociación, se promueve la inversión en I+D con el objetivo de mejorar las fórmulas para lactantes, preparados de continuación y crecimiento, cereales infantiles, snacks, purés de frutas y verduras, pescados y carnes para bebés y niños menores de 3 años.
La opinión del pediatra

Solo una parte de los productos cumple los criterios nutricionales mínimos. Le preguntamos al pediatra Pepe Serrano acerca de las medidas que pueden tomar las familias.
¿Qué pueden hacer las familias?
Tienen que acostumbrarse a mirar las etiquetas de los productos y a conocer, aunque sea solo por encima, esas cantidades máximas de azúcares y esos mínimos que deberían tener estos productos. En caso de duda, pueden consultar a su pediatra.
¿Cómo puede una familia reconocer cuándo un producto aporta valor y cuándo, quizá, no tanto?
La mayor parte de las veces, por no decir todas, las etiquetas no dejan de ser un reclamo publicitario más. No se trata tanto de reconocer lo que aporta el producto, sino de saber que muchas veces estos productos no aportan nada y que pueden ser contraproducentes: llevan un exceso de grasas y de azúcares e incluso mezclas para incrementar la palatabilidad. Algunos productos se etiquetan para menores de seis meses.
¿Qué debería entender una familia cuando ve este tipo de mensajes?
Cuando una familia ve productos etiquetados para menores de seis meses —en algunos casos pone que son válidos a partir de los cuatro meses— tendría que seguir la recomendación que le ha hecho su equipo de pediatría y que sigue los criterios de la OMS: la lactancia materna o artificial exclusivas hasta los seis meses. Por debajo de esa edad, salvo algún caso muy específico que el pediatra determinaría, no es necesario añadir ningún producto a la alimentación. Ningún producto cumple todos los criterios de promoción de la OMS.
¿Qué mejoras realistas deberían implementarse?
Las medidas para que los productos se ajusten a los criterios de la OMS solo pueden estar basadas en una ley actualizada, fundamentada en la evidencia científica, supervisada por profesionales y que, además, se obligue a su cumplimiento. Si cualquiera de esos criterios no está correctamente legislado y no se persigue su incumplimiento, esos mensajes ambiguos que despistan a las familias seguirán apareciendo en los productos menos saludables en la dieta de nuestros hijos.


