Por qué en España nos cuesta tanto comer bien

Un estudio de la Fundación EROSKI muestra cómo la falta de tiempo está alejando a muchos hogares de la dieta mediterránea y reduciendo el consumo de alimentos básicos como frutas, verduras, legumbres y pescado
Por Verónica Palomo 8 de septiembre de 2026
cuesta comer en familia sano
Imagen: Werner Pfennig
Todos sabemos que una alimentación saludable es clave para prevenir enfermedades y disfrutar de una buena calidad de vida. Sin embargo, entre saber qué deberíamos comer y conseguir llevarlo a la práctica hay mucha diferencia. El ritmo de vida actual parece estar alejándonos de la dieta mediterránea, incluso en un país donde este patrón alimentario forma parte de nuestra cultura.

Esta es una de las principales conclusiones de la segunda parte del estudio de la Fundación EROSKI ‘¿Cómo comemos? Análisis del consumo de alimentos y bebidas desde una perspectiva nutricional (2022-2024)’. Basado en datos oficiales del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), el informe concluye que factores como la presencia de hijos en el hogar, la actividad laboral o la estructura familiar condicionan la cesta de la compra y dificultan seguir una alimentación saludable.

Mucho margen de mejora

A primera vista, la fotografía no parece mala. En 2024, los alimentos que deberían formar parte de una dieta saludable representaron el 73,45 % del volumen consumido en los hogares españoles, mientras que los productos de consumo ocasional, como dulces o precocinados, supusieron el 26,55 % restante. Sin embargo, cuando se analizan las cantidades consumidas, el panorama cambia: los alimentos que deberíamos comer a diario apenas alcanzan el 43,01 % del total, una cifra insuficiente para seguir las recomendaciones nutricionales.

Como resume Alejandro Martínez Berriochoa, director de la Fundación EROSKI, “la base de la dieta no es mala, pero casi uno de cada tres euros y una de cada tres unidades de consumo se destinan a productos que, desde el punto de vista nutricional, no deberían formar parte habitual de la alimentación”. En otras palabras, no basta con comprar alimentos saludables: también hay que hacer que frutas, verduras, legumbres o pescado ocupen más espacio en la cesta de la compra y menos los productos de consumo ocasional.

🍎 Cada vez menos frutas y hortalizas

Cuando se analizan los distintos grupos de alimentos, el margen de mejora es evidente. Ninguno alcanza las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Frutas y hortalizas, la base de una alimentación saludable, apenas llegan al 64,5 % del consumo aconsejado, mientras que el pescado se queda en el 60,8 %. La situación es aún peor en el caso de los frutos secos, que apenas alcanzan el 44,9 % de lo recomendado, y especialmente de las legumbres, las grandes olvidadas de nuestra dieta: solo consumimos una cuarta parte (26,9 %) de la cantidad aconsejada.

Las recomendaciones nutricionales coinciden en que deberíamos consumir cinco raciones de frutas y hortalizas al día. Sin embargo, estamos lejos de ese objetivo. De las cinco raciones diarias recomendadas, apenas consumimos tres de media. Eso equivale a 22,6 raciones semanales, apenas el 64,5 % de las 35 aconsejadas.

“Estamos muy lejos de las recomendaciones”, advierte Alejandro Martínez Berriochoa. “Las frutas y hortalizas son insustituibles desde el punto de vista nutricional y este déficit tiene consecuencias claras para la salud a medio y largo plazo”, añade. Además, la tendencia va a peor: mientras que en 2022 el consumo medio era de 23,2 raciones semanales, en 2024 ha descendido hasta las 22,6. “Es una mala noticia”, concluye el director de la Fundación EROSKI.

La factura de la conciliación

Uno de los datos más llamativos del estudio es que la presencia de menores en el hogar se asocia con una peor calidad de la alimentación. Los hogares sin hijos presentan el mejor perfil nutricional, pero este empeora a medida que los niños crecen. Los alimentos recomendados representan el 74,18 % de la cesta de la compra en las viviendas sin menores, frente al 71,66 % en las que tienen niños de hasta 6 años y al 70,46 % en aquellas con hijos de entre 6 y 15 años. La diferencia es aún mayor cuando se analizan los alimentos que deberían consumirse a diario. En los hogares sin hijos suponen el 44,55 % del total, mientras que en las familias con menores apenas alcanzan el 37 %.

consumo familias
Imagen: EROSKI Consumer

¿Y qué desaparece de la cesta de la compra? Principalmente los alimentos frescos. El consumo de fruta cae del 16,81 % al 12,77 %, el de hortalizas pasa del 13,84 % al 11,10 % y el de pescado desciende del 4 % al 2,85 % en los hogares con niños pequeños.

La presencia de niños, por sí sola, no implica una peor alimentación. Lo que refleja el estudio es la dificultad de mantener hábitos saludables cuando aumentan las exigencias de tiempo y organización.

El precio de ir con prisas

En un país donde el 15 % de los menores tiene obesidad y otro 20 % presenta sobrepeso, estos datos preocupan especialmente. Los hogares con niños recurren con más frecuencia a productos poco recomendables, como dulces y precocinados, que representan el 29,54 % de su cesta de la compra, frente al 25,82 % de los hogares sin hijos. El consumo de platos preparados alcanza el 3,23 %, mientras que el de dulces y bebidas azucaradas llega al 16,25 %. Aun así, hay una nota positiva: desde 2022 estos hogares han mejorado su perfil nutricional en casi 1,5 puntos porcentuales, aunque todavía se mantienen por debajo de la media nacional.

¿Comemos peor por falta de interés o por falta de tiempo? El estudio de la Fundación EROSKI apunta claramente a la segunda opción. La cesta de la compra cambia según la situación laboral de quien la llena. En los hogares donde la persona responsable de la compra está laboralmente activa, la dieta es peor: los alimentos recomendados representan el 72,13 % de la cesta, frente al 74,88 % en aquellos donde esa persona no trabaja.

🍎 Menos alimentos frescos

La diferencia se aprecia sobre todo en los alimentos frescos. Los hogares con responsables laboralmente activos consumen menos fruta (14,58 % frente a 17,42 %), menos hortalizas (12,82 % frente a 13,70 %) y menos pescado (3,54 % frente a 4,01 %). En cambio, recurren con mayor frecuencia a platos preparados (2,81 % frente a 1,91 %) y dulces (14,55 % frente a 12,65 %), una tendencia que el estudio relaciona con la falta de tiempo para planificar la compra y cocinar.

A pesar de que estos hogares también han mejorado ligeramente respecto a 2022, el informe concluye que la falta de conciliación sigue siendo uno de los principales obstáculos para mantener una alimentación saludable. El problema, por tanto, no parece ser la falta de información, sino la dificultad de llevar una dieta equilibrada cuando el tiempo escasea.

La edad juega a favor… por ahora

disfrutar de la comida en la tercera edad
Imagen: mixetto / iStock

Si hay una variable que marca diferencias en la calidad de la alimentación, esa es la edad. El estudio confirma que, cuanto mayores somos, más se acerca nuestra dieta a las recomendaciones nutricionales. Sin embargo, también detecta una tendencia preocupante: incluso este grupo empieza a alejarse poco a poco del patrón de dieta mediterránea.

La diferencia entre generaciones es notable. Los alimentos recomendados para el consumo diario —frutas, verduras, cereales integrales, pescado o grasas de calidad— representan el 37,11 % de la dieta de los menores de 35 años, frente al 47,93 % en los mayores de 65. Además, estos últimos consumen casi el doble de fruta (19,37 % frente a 11,45 %) y bastante más pescado (4,31 % frente a 2,58 %), mientras que los productos menos recomendables tienen mucho menos peso en su cesta de la compra (22,98 % frente a 30,06 %).

Sin embargo, el informe detecta por primera vez un ligero retroceso en este grupo. Entre 2022 y 2024, los hogares de mayores de 65 años redujeron en 0,90 puntos la proporción de alimentos recomendados. Puede parecer un cambio pequeño, pero apunta a una tendencia preocupante: la pérdida de la dieta mediterránea empieza a afectar incluso a la generación que más fiel se ha mantenido a este patrón alimentario.

No todas las familias comen igual

La edad influye, pero no es el único factor. El tipo de hogar también condiciona qué acaba en la cesta de la compra. El estudio detecta una relación clara: cuanto más numerosa es la familia, menor es la presencia de alimentos recomendados en la cesta de la compra. Mientras que en los hogares unipersonales representan el 74,89 % del total, en las familias de cuatro o más miembros ese porcentaje desciende hasta el 71,63 %.

Las diferencias también aparecen según el tipo de hogar. Los hogares formados por personas jubiladas presentan el perfil alimentario más saludable, con un 77,33 % de alimentos recomendados, mientras que los jóvenes independientes (69,59 %) y los hogares monoparentales (71,41 %) ocupan los últimos puestos del ranking. Precisamente las familias monoparentales constituyen el grupo más vulnerable. El informe las sitúa en la categoría de mayor riesgo nutricional, ya que combinan una alimentación por debajo de la media con una evolución negativa de sus hábitos alimentarios.

La urbanización de la dieta

Más allá de la edad o del tipo de hogar, el estudio identifica algunos cambios en los hábitos alimentarios que afectan al conjunto de la población. El más preocupante es el progresivo descenso del consumo de pescado, sustituido cada vez con más frecuencia por la carne, incluida la procesada. Un cambio que aleja nuestra alimentación del patrón de dieta mediterránea. A ello se suma el aumento de los platos preparados y otros productos de conveniencia, especialmente en las zonas urbanas, donde el ritmo de vida deja cada vez menos tiempo para cocinar.

El informe no analiza las causas de este cambio, pero apunta a que el precio no siempre es el principal responsable. “En estas decisiones también influyen la pérdida de habilidades culinarias o la percepción de que cocinar pescado es complicado”, explica Alejandro Martínez Berriochoa, director de la Fundación EROSKI. El estudio también desmonta una idea muy extendida: comer pescado no siempre es más caro que recurrir a la carne procesada. “Según datos del Ministerio, de media, un kilo de pescado cuesta unos 11 euros, mientras que un kilo de carne procesada y embutidos ronda los 11,5. Sustituir carne procesada por pescado no solo mejora la calidad de la dieta, sino que incluso puede suponer un ahorro”, concluye.

El estudio dibuja una realidad compleja. La calidad de la alimentación no depende únicamente de conocer qué es saludable, sino también del tiempo disponible, la organización familiar, la conciliación o las habilidades culinarias. Recuperar la dieta mediterránea pasa, por tanto, por decisiones individuales y por crear un entorno que facilite elegir alimentos frescos y cocinar más en casa. Porque comer bien no debería ser una carrera de obstáculos.

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