El objetivo de la encuesta era conocer sus hábitos respecto al uso de pantallas, si cuentan con normas y límites de uso, su grado de percepción de los riesgos que conlleva una sobreexposición, así como el impacto que tiene el uso prolongado de pantallas en su actividad diaria.
Hacia un entorno digital seguro
Tal y como señala Alejandro Martínez Berriochoa, director de la Fundación EROSKI, “el uso inapropiado y excesivo de pantallas en edades clave para el desarrollo cognitivo, emocional y social de los menores, así como la falta de normas y supervisión adulta, refuerza la necesidad de programas educativos y políticas públicas que promuevan entornos digitales seguros”. Con este objetivo parte la iniciativa de la Escuela de Alimentación de la Fundación EROSKI, un trabajo que comparte las mismas recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría (AEP):
- que el tiempo digital que consuman los niños esté siempre supervisado por un adulto.
- que se priorice el uso de dispositivos fijos, como ordenadores de sobremesa o televisores, frente a móviles o tabletas.
- y que se evite el uso de pantallas en espacios íntimos como dormitorios o baños, para favorecer rutinas de descanso adecuadas.
¿Estamos siguiendo estas pautas con nuestros hijos? Repasamos las principales conclusiones que se desprenden de la encuesta.
Pantallas variadas y omnipresentes
Una de las primeras conclusiones del estudio es tan evidente como contundente: las pantallas están presentes en la vida de los menores a todas horas. Televisión, móvil, tableta, consola… El repertorio tecnológico es amplio y omnipresente. Lo que antes era un entretenimiento ocasional hoy forma parte del día a día de los más pequeños, que utilizan dispositivos tanto para estudiar como para relajarse.

La televisión sigue siendo la pantalla más usada (86 %), pero el móvil y la tableta han irrumpido con fuerza: uno de cada tres menores ya posee un dispositivo propio, normalmente regalado por sus padres. Según los expertos, este acceso temprano a la tecnología modifica rutinas, incrementa la autonomía digital y difumina los límites entre actividad familiar y uso individual.
La encuesta muestra que esta presencia no se da de forma homogénea y que varía de forma muy marcada según la edad. Por ejemplo, a los más pequeños de la casa les motiva el juego y la exploración. Es lo que se advirtió en el grupo de niños y niñas entre los 8 y 10 años: la principal motivación para usar pantallas sigue siendo el juego. Videojuegos, vídeos cortos, plataformas de entretenimiento… La interacción está guiada por la curiosidad y la inmediatez.
Hasta seis horas enganchados a las pantallas
El tiempo de exposición a pantallas también es muy elevado en todas las franjas de edad, pero crece aún más en la preadolescencia.
- Entre los 8 y 10 años, muchos niños pasan entre dos y tres horas diarias frente a pantallas por ocio.
- Entre los 11 y 12, el tiempo se dispara y supera con facilidad las cuatro horas.
- A partir de los 13, el promedio supera las cinco o seis horas, sin contar tareas escolares. Esto significa que muchos adolescentes dedican al entorno digital más tiempo que a dormir, jugar al aire libre o conversar con su familia.
Además, se detecta un fenómeno especialmente preocupante: el uso nocturno. Una parte significativa de los menores reconoce usar el móvil después de acostarse, a escondidas o sin supervisión. Según los pediatras y psicólogos infantiles, este patrón está directamente relacionado con el empeoramiento del sueño, las dificultades para concentrarse, el cansancio acumulado o una mayor irritabilidad.
Por eso, a estas edades, el acompañamiento adulto es —o debería ser— más frecuente; sin embargo, el informe muestra que este acompañamiento comienza a diluirse mucho antes de lo que podría pensarse.
Un acceso temprano a las redes sociales
Para ser exactos, a partir de los 12 años las redes sociales entran en escena. Este es el gran punto de inflexión, cuando empieza un crecimiento espectacular en el uso de redes sociales y la mensajería. Los menores ya no solo juegan, ahora ya se conectan, se relacionan, se comparan y se exponen. No se trata solo de pasar tiempo delante de la pantalla, sino de ocuparla con una carga emocional mucho mayor.

Otro detalle que revela la encuesta es que, aunque la edad mínima legal para abrir una cuenta en redes sociales es de 14 años, la práctica totalidad de los niños encuestados accede a ellas antes. El 58 % aseguró que tiene cuenta propia y el 47 % dice que entra a través del dispositivo o cuenta de otra persona.
Las plataformas preferidas de los menores españoles son: YouTube (88 %), lo que demuestra que el universo de vídeos sigue siendo imbatible; WhatsApp (46 %), que lo utilizan como primera vía de socialización digital; y TikTok (34 %), la red de vídeos en formato corto conquista incluso a los más pequeños.
Niñas en redes y niños en juegos
El informe revela también diferencias llamativas entre sexos.
- Los niños tienden a usar el entorno digital para jugar online, competir, interactuar en plataformas de videojuegos o consumir vídeos relacionados con sus intereses.
- La presencia digital de las niñas, por otro lado, se orienta más hacia redes sociales, mensajería, consumo de contenido visual (fotos y vídeos) o interacción emocional. Las chicas tienden a buscar conexión y reconocimiento, y esto las expone a dinámicas diferentes: comparación física, presión estética, interacción social constante y un mayor riesgo de sentirse juzgadas o excluidas.
Estas diferencias no son anecdóticas: se reflejan en la percepción que chicos y chicas tienen de sí mismos y en la influencia que lo digital ejerce sobre su autoestima.
Exposición a contenidos de riesgo
Una de las cuestiones más sensibles del estudio es la exposición a contenidos perjudiciales. Según los datos:
- Cuatro de cada diez menores han visto contenido violento, ofensivo o inapropiado alguna vez.
- El 18 % se ha topado con mensajes de odio o insultos.
- Y el 43 % admite haberse sentido incómodo o asustado alguna vez por lo que vio.
Estos porcentajes muestran que el riesgo no es anecdótico, sino estructural. La tecnología permite un acceso inmediato y privado a casi cualquier contenido y, si ambos generan interés, el algoritmo no distingue entre vídeos educativos y vídeos agresivos. El problema se agrava cuando los niños usan pantallas sin supervisión adulta, algo que sucede en uno de cada cuatro hogares. De esta forma, muchos menores navegan solos por un océano digital cargado de estímulos que no comprenden del todo.
Los dispositivos en la vida familiar

Aunque el 77 % de los menores asegura que tiene normas de uso en casa, la mayoría son reglas no formales o se aplican de manera irregular. Un dato curioso —y muy revelador— es que 6 de cada 10 niños y niñas afirman que las normas solo se aplican a ellos, no a los adultos. Algo que les causa confusión: se pide a los pequeños que limiten su tiempo de pantalla, mientras los adultos usan el móvil durante comidas, conversaciones o momentos de descanso. A ojos del menor, la norma parece arbitraria, lo que dificulta que la interiorice.
La mitad de las familias establece momentos específicos sin dispositivos, normalmente durante las comidas o los deberes. Sin embargo, un 15 % no cuenta con ningún espacio libre de pantallas.
El 85 % de los menores asegura que no les afecta dejar de usar pantallas, pero los expertos desconfían de esta afirmación. Se ha demostrado que a estas edades, niños y niñas tienen dificultades para identificar señales de dependencia emocional o irritabilidad asociada a la interrupción del uso.
Al preguntarles por las normas del hogar, muchos perciben restricciones incoherentes o inconsistentes, y algunos expresan frustración por la falta de alternativas cuando no pueden estar frente a una pantalla. Esto revela que el reto no es solo limitar, sino ofrecer alternativas reales: juego libre, deporte, actividades sociales…
➡️ Cambian la dinámica del hogar
Por otro lado, en los resultados se aprecia que las pantallas transforman la dinámica del hogar. Si antes las familias se reunían para ver una película o comentar un programa, ahora cada miembro puede consumir contenido diferente en su propio dispositivo.
Además, muchos niños sustituyen actividades tradicionales, como el juego físico, la lectura o el mero aburrimiento creativo, por pantallas. El riesgo no está únicamente en el tiempo de uso, sino en lo que se deja de hacer durante ese tiempo.


