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Regurgitaciones: cómo reducirlas

Intentar que el bebé trague poco aire y no llenar en exceso los biberones ayudan a disminuir estas reacciones, que son normales y frecuentes

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 20 octubre de 2011

Son muy pocos los niños que pasan la lactancia sin sacar nunca alguna que otra pequeña bocanada de leche, es decir, regurgitándola. Para referirse a este hecho, las madres no emplean la incómoda palabra «regurgitación», pero tampoco dicen que el niño «vomita» sino que «devuelve». Es decir, optan por un sinónimo más suave que da ya una idea de la diferencia que hay entre vomitar y regurgitar. El vómito es la expulsión activa, brusca y molesta del contenido gástrico, habitualmente en una sola tanda, y casi siempre precedida de nauseas; mientras que al regurgitar se devuelven repetidamente y con poca fuerza pequeñas cantidades de leche, sin aviso ni incomodidad.

Imagen: katerha

Una reacción normal

Las regurgitaciones son normales en los bebés, debido a una conjunción de factores que se dan en ellos:

  • Inmadurez del mecanismo valvular de cierre de la entrada del estómago. La musculatura del esófago, el ángulo con que aborda el estómago, y el diafragma que rodea esa zona son los tres elementos que se oponen al retroceso de los alimentos que llegan al estómago, y que nos permiten estirarnos e incluso hacer el pino sin que salga la comida por la boca. Todos ellos son aún ineficientes en el bebé, lo que explica la facilidad con que se produce el reflujo de su contenido.
  • Postura horizontal. Mientras no empiezan a sentarse y la fuerza de la gravedad ayuda a vaciar el estómago, su contenido pone continuamente a prueba un mecanismo de cierre inmaduro.
  • Alimentación líquida. Por lógica, cuanto menos espeso sea el contenido del estómago, más fácil será que refluya. En general, los niños criados al pecho tienen menos tendencia a regurgitar, porque la leche materna se digiere mejor y con más rapidez que la artificial.

Es, por tanto, normal que los bebés regurgiten, sobre todo al eructar o cuando se les está cambiando. Si eso no les impide ganar peso ni hay ningún síntoma sospechoso, basta con esperar el paso del tiempo, que traerá alimentos sólidos, mayor verticalidad y un cierre de la boca del estómago más eficiente. En todo caso, para disminuir los episodios será útil:

  • Procurar que el niño trague poco aire, alimentándole sin prisas, y que lo expulse bien, ayudándole a eructar en posición vertical.
  • No aumentar excesivamente el volumen de los biberones con la pretensión de espaciar las tomas.
  • Manipularles con cuidado después de comer. 

A diferencia del vómito, la regurgitación se produce con poca fuerza, un volumen de líquido escaso, en tandas repetidas, sin náuseas ni molestias.

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