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Autopsia a la momia del Infante Don Sancho

Una reciente autopsia resuelve la duda histórica de si el infante, fallecido en 1370, fue o no envenenado

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 7 febrero de 2007
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La medicina forense, de nombre poco atractivo, lleva siglos intentando resolver algunas muertes inexplicables. Un caso especialmente llamativo es el de la momia del Infante Sancho de Castilla. Ahora, un equipo multidisciplinar de peritos médicos, coordinado por la Universidad de Granada, se ha desplazado a Toledo para llevar a cabo una autopsia a la momia del infante Don Sancho e indagar en si fue o no envenenado.

Los historiadores nunca han podido aclarar las circunstancias en las que murió el Infante Sancho de Castilla. El equipo multidisciplinar trasladado a Toledo realizó, sin embargo, un detallado estudio morfológico, anatomopatológico y toxicológico que parece descartar la muerte por envenenamiento. Con motivo de las obras de restauración del Monasterio de Santo Domingo el Real se planteó la posibilidad de acceder a los restos momificados del Infante Sancho de Castilla y poner fin a las especulaciones sobre la causa de su muerte.

Este pequeño infante, fallecido en 1370 cuando contaba solamente con 7 años de edad, fue trasladado al monasterio en el siglo XV desde la fortaleza de Toro (Zamora) donde murió. Era hijo natural del Rey Don Pedro I de Castilla, apodado el Cruel, y los datos históricos arrojan serias dudas sobre la razón de la tal muerte. Algunos historiadores sospechan que podría haber muerto envenenado mientras se encontraba recluido junto con su hermano, Don Diego.

Un asesinato que no fue

Un detallado estudio parece descartar el envenenamiento del Infante Don Sancho

El equipo médico desplazado a Toledo fue coordinado por Miguel C. Botella (Universidad de Granada), e integrado también por especialistas del Hospital Clínic de Barcelona, la Universidad de Alcalá de Henares y la Dirección General de Policía Científica de Madrid. Gracias a la autorización y la colaboración de las hermanas dominicas del monasterio y a un completo equipo endoscópico de última generación, los médicos investigadores pudieron llevar a cabo un estudio anatomopatológico y toxicológico de las partes blandas de la momia. Utilizando instrumentos flexibles de cinco milímetros de diámetro, con excelente calidad de imagen y profundidad de campo, estudiaron el interior de la momia y tomaron muestras biológicas de forma respetuosa con la integridad física de los restos. Se extrajeron pequeñas porciones de tejidos conservados, como el nervio óptico, corazón o pulmón, y se exploraron zonas como el cráneo, el interior de la columna vertebral o el abdomen, de donde también se tomaron muestras.

Dichas muestras se analizaron después mediante tomografía computadorizada y escáner de superficie 3D de alta precisión. El equipo de Botella certificó que las muestras que han ofrecido mayor información hasta el momento proceden del pulmón del Infante, que parecía tener un volumen superior a lo que cabría esperar tras un proceso de momificación. Dichas pruebas resaltan una exposición crónica al humo, probablemente procedente de una chimenea, y una frecuente presencia de macrófagos alveolares y hematíes, que podría estar asociada con un proceso patológico de naturaleza inflamatoria y hemorrágica. La microscopía electrónica de barrido no detectó, en cambio, la presencia de tóxicos como arsénico o cianuro; lo que, a la espera de nuevos resultados, permite suponer que el Infante habría fallecido por muerte natural (Botella habló claramente de una neumonía) y no envenenado.

Trama medieval

Sor María Jesús Galán, religiosa del monasterio a la vez que archivera, celebró la autopsia realizada a los restos del hijo del rey Don Pedro I de Castilla, encargada con motivo de la restauración del Retablo del Señor de las Manos Atadas, y recordó que algunos historiadores sospechaban que podría haber muerto envenenado a instancias de su tío y también responsable de la muerte de su padre, Enrique II de Trastámara. Además del Infante Don Sancho, a quienes las monjas llaman de forma cariñosa «principito o sanchito», en el presbiterio del coro del monasterio de Santo Domingo el Real de Toledo hay enterrados otros dos hijos de Pedro I el Cruel, Diego y María de Castilla, que profesó como monja y fue una de las prioras más influyentes del convento.

El rey Pedro parece ser que se ganó a pulso el sobrenombre de cruel. Para cimentar una alianza con Francia, concertó matrimonio con Blanca de Borbón en 1353. Aun así, no sólo no dio por terminada su relación con María de Padilla, sino que optó por abandonar a la reciente esposa sólo tres días después de la boda, haciéndola encerrar en el Alcázar de Toledo y provocando la ruptura con Francia, la caída de Alburquerque y el estallido de una rebelión en la capital castellana, que pronto se extendió a otras ciudades del reino. La insurrección contra el autoritarismo del Rey Pedro aunó a la nobleza con las oligarquías municipales, reclamando ambas una mayor participación en el gobierno de Castilla. Al frente de la misma se situaron el propio Alburquerque (muerto poco después) y don Enrique de Trastámara (el futuro Enrique II, uno de los bastardos de Alfonso XI).

El rey fue obligado a ceder, quedando confinado en Toro; pero pronto consiguió escapar y recuperar la iniciativa, dando pie a una guerra civil que sólo terminaría con la muerte del monarca. A medida que fue tomando ciudades, Pedro I fue ejecutando en represalia a la mayor parte de los sublevados. Muertas también la reina (se sospecha que asesinada por orden del rey) y María de Padilla, don Pedro proclamó herederos suyos a los hijos que había tenido con esta última (Sancho, Diego y María), a los que declaró descendientes legítimos. En medio de una brutal represión contra los partidarios de Enrique II, éste consiguió recuperar sus fuerzas, puso sitio a Toledo (1368) y derrotó a las tropas de Pedro I en Montiel (1369). Mientras negociaban la paz, el propio Don Enrique asesinó con sus manos al rey, poniendo fin a la dinastía castellana y asentando en el Trono a la Casa de Trastámara.

¿UN CASO MÁS RECIENTE?

La medicina legal, o forense, fue definida en el pasado siglo por el profesor Gisbert Calabuig (1922-2000) como «un conjunto de conocimientos médicos y biológicos necesarios para la resolución de los problemas que plantea el Derecho, tanto en la aplicación práctica de las leyes como en su perfeccionamiento y evolución». Recientemente la película Salvador puso en tela de juicio si la muerte de un agente de policía que sirvió para condenar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich fue o no obra de este último. A instancia de las hermanas de Salvador, el caso ha permitido localizar en un asilo catalán al forense que hizo la autopsia al policía asesinado. El Tribunal Supremo deberá dirimir ahora si el ex funcionario, Rafael Espinosa Muñoz, que cuenta con 91 años, está o no facultado para declarar en la revisión de la condena a muerte del anarquista.

El forense Espinosa, ha sido reclamado para declarar como testigo en el proceso de revisión a propósito de la autopsia que él y otro forense ya fallecido practicaron al cadáver del subinspector Francisco Anguas, el 26 de septiembre de 1973. Ramon Barjau, que se encontraba por entonces de guardia en el Hospital Clínic de Barcelona, asegura que el cadáver del policía estaba cosido a tiros por la parte derecha y la autopsia, sin embargo, sólo refleja tres impactos de bala en el lado izquierdo. Según la sentencia del consejo de guerra que condenó a muerte a Puig Antich, el 25 de septiembre de 1973 la policía tuvo noticias de un encuentro clandestino entre miembros del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), en la esquina de las calles Consell de Cent y Girona, en Barcelona, por lo que montó el correspondiente servicio.

Sobre las seis de la tarde apareció Puig Antich con otro miembro de la organización y, al ponerse en contacto con un tercero que les esperaba, fueron rodeados por seis policías. El anarquista intentó darse a la fuga pero fue detenido. Le quitaron una pistola que llevaba en el bolsillo de la americana y le metieron en un portal para esposarle. Allí, oculto a la vista desde la calle, Puig Antich forcejeó con los agentes que le detenían, se arrojó de espaldas y cayó sobre uno de los policías, al tiempo que, según el parte oficial, «sacó una segunda pistola que ocultaba en la cintura y realizó cuatro disparos contra el subinspector Francisco Anguas Barragán, alcanzando tres de ellos su destino». Ante estos hechos, el inspector Fernández Santorum hizo dos disparos sobre Puig Antich; uno le alcanzó en la región mesentérica izquierda del maxilar inferior y otro en el hombro izquierdo.

Anguas y Puig Antich fueron trasladados de inmediato al hospital Clínic, donde la versión del médico de guardia, Barjau, se contradice abiertamente con lo establecido en la autopsia. Al evocar los hechos ante la Sala de lo Militar, Barjau declaró que el policía parecía estar muerto y, tras desvestirle, comprobaron que, en efecto, había sido herido también en el lado derecho del cuerpo (contra lo reflejado en la autopsia). Si el Supremo ratifica que el nonagenario forense Espinosa Muñoz está en condiciones de declarar y si reexamina su informe de autopsia redactado hace 33 años, quizá la versión oficial pueda experimentar un vuelco. Por lo demás, la posición del núcleo duro de la Sala de lo Militar contra la revisión de las condenas del franquismo no invita precisamente a un desentierro de presuntos homicidios. En los últimos meses se han rechazado las revisiones forenses de condenas a muerte de los anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granados, así como la del ex ministro republicano Juan Peiró Belis.

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