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5 farsas sobre el alzhéimer desmontadas

Ni es una enfermedad solo de mayores ni resulta imposible de prevenir

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 18 abril de 2019

El alzhéimer pertenece a ese grupo de enfermedades al que rodean falsas creencias de todo tipo. Y todo ello, a pesar de ser muy frecuente: cada año se registran en España 40.000 casos nuevos y suma ya más de 800.000 afectados. Como ocurre con muchas enfermedades que influyen en nuestro cerebro, esta demencia es compleja. Aunque sabemos que acumula en el cerebro del paciente dos proteínas llamadas tau y beta-amiloides, se desconoce la causa. Y esto ayuda a aumentar los bulos que se generan en torno al mal de Alzheimer. Por eso desmontamos cinco mentiras comunes que sin embargo se repiten sobre la pérdida de memoria.

1. El alzhéimer es una enfermedad de mayores

Envejecer es un proceso natural, no una patología. Por eso, no puede compararse con el alzhéimer, que sí constituye una enfermedad

No exactamente. La neuróloga Andrea Slachevsky, vicepresidenta de la Corporación Profesional de Alzheimer y otras demencias (Coprad), lo explica así: "Aunque las demencias son mucho más comunes a partir de los 60 años, las mismas enfermedades pueden aparecer en personas menores a esa edad".

Según la Fundación Alzheimer España (FAE), entre el 95 % y el 98 % de los casos aparecen a partir de los 65 años. Pero hay un porcentaje para el llamado alzhéimer precoz que irrumpe antes, a partir de los 45 o 50 años. Aunque la edad conforma un factor de riesgo, esta no va necesariamente unida a la demencia; es decir, envejecer no implica desarrollar una demencia.

2. El alzhéimer constituye una demencia senil

La respuesta es negativa. Y la razón resulta sencilla de entender: la demencia senil no existe. Este término obsoleto se utiliza para denominar la pérdida paulatina de capacidades físicas -como la reducción de la masa muscular- y cognitivas características del envejecimiento, y que acompañan al paso de los años. Pero no se corresponde con ningún diagnóstico médico.

Además, envejecer resulta un proceso natural, no una patología, por lo que no puede compararse con el mal de Alzheimer, que sí constituye una enfermedad. Lo correcto es decir que el alzhéimer es una enfermedad que se manifiesta a través de la demencia.

Con la edad nuestro cerebro envejece, igual que nuestros músculos e incluso los dientes. Por ello, a ciertas edades resulta más habitual no recordar dónde hemos dejado las llaves o que nos cueste llamar a alguien por su nombre. Pero una cosa es perder parte de nuestras capacidades al cumplir años y otra muy distinta sufrir la enfermedad de Alzheimer.

Además, aunque el riesgo de padecer una demencia aumenta a medida que envejecemos, hoy sabemos que hay personas jóvenes que también sufren demencias como el alzhéimer o el párkinson.

3. Es un problema de memoria

En parte sí, pero hay mucho más. Aunque con la enfermedad de Alzheimer la primera facultad cognitiva que se pierde es la memoria, esta solo constituye el arranque. "El alzhéimer es mucho más que un problema de memoria; también hay alteraciones del lenguaje y dificultades para planificar o razonar adecuadamente", explica la Fundación Pasqual Maragall.

Esta pérdida progresiva implica una merma que dificulta otras capacidades la posibilidad de expresión. "Por eso, cada vez se hace más complicado mantener una conversación con la persona que padece la enfermedad", dicen desde esta entidad. Un obstáculo al que se une la pérdida progresiva de la compresión, identificación de objetos o de realizar gestos que antes parecían sencillos, como atarse los zapatos o utilizar los cubiertos.

Ahora bien, la enfermedad de Alzheimer sí afecta a la memoria, y mucho, sobre todo a la reciente. El problema reside en que una de las áreas cerebrales más alteradas por esta enfermedad se llama hipocampo, la región encargada de formar los recuerdos recientes y de retener lo que hemos aprendido hace poco. Por eso escuchamos con frecuencia que los enfermos de alzhéimer no recuerdan lo que acaban de hacer mientras que pueden rememorar a la perfección sucesos que ocurrieron hace muchos años, incluso durante su infancia.

4. Si mi abuelo ha tenido alzhéimer, yo también lo sufriré

No necesariamente. De hecho, lo normal es que la enfermedad de Alzheimer no se transmita de forma hereditaria. Pero lo contrario también resulta cierto: en ocasiones, los genes pueden influir y actuar como un factor de riesgo, aunque pequeño, pues según los expertos apenas representa el 1 % de los casos.

"Existen diversos factores de riesgo asociados con el aumento de la posibilidad de sufrir alzhéimer, entre ellos, la hipertensión, la resistencia a insulina o la diabetes", explica María Javier Ramírez Gil, profesora de Farmacología y Toxicología de la Universidad de Navarra. Hasta la salud bucal parece perfilarse como un posible causante, según dos investigaciones recientes que asocian padecer una enfermedad en las encías (gingivitis) con el riesgo de desarrollar alzhéimer.

5. No hay forma de prevenirla

Aunque aún no existe un medicamento que cure el mal de Alzheimer, los científicos no dejan de insistir: un cuerpo sano y una mente sana están interrelacionados. Basta echar un vistazo a los estudios sobre la diabetes y obesidad y ver que pueden duplicar el riesgo de padecer una demencia cuando nos hacemos mayores.

Los científicos también han hallado relación entre tener una presión arterial elevada o altos niveles de colesterol en la sangre con un incremento del peligro de sufrir demencia. Una filosofía de vida que celebra (sin frivolizar) el mens sana in corpore sano.

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