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La influencia de la dieta en el proceso de envejecimiento

Una dieta hipocalórica podría ralentizar el envejecimiento en personas genéticamente sensibles, según un estudio publicado en Science

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: martes 3 enero de 2006
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Saciar el hambre puede que no sea la mejor forma de alimentar la vida; por lo menos esto es lo que se desprende de una investigación llevada a cabo por investigadores de la Universidad de Washington, demostrando que una drástica reducción en las calorías ingeridas por insectos o ratones se salda con una prolongada supervivencia.

En humanos, los científicos piensan que comer menos puede rebajar sensiblemente el riesgo a padecer diabetes o enfermedades cardiovasculares, y que por esa vía puede uno vivir mejor y más años. En un artículo publicado en la revista Science, un grupo de investigación coordinado por el bioquímico Brian Kennedy da cuenta de una monitorización genómica en distintas células cultivadas a fin de averiguar qué genes y qué proteínas se ven implicados en la longevidad de un ser vivo.

Dos proteínas han sido ya identificadas: la Tor1 y la Sch9, cuya función es la de actuar como moléculas señalizadoras de las necesidades nutricionales en muy distintos organismos. «Nuestra intención es la de descifrar el papel que desempeñan específicamente estas moléculas en ratones y personas», explica Kennedy. El bioquímico estadounidense y su equipo han hallado ya 10 genes implicados en la longevidad por medio de las proteínas detalladas y su síntesis.

«Para poner a prueba nuestra teoría, introducimos una mutación de los genes reguladores de la síntesis de Tor1 en animales de experimentación sometidos a una ingestión calórica determinada; sin la expresión de esta proteína, el consumo calórico normal daba pie a una supervivencia media normal, pero si Tor1 ejercía un control restrictivo sobre las calorías, la supervivencia media se veía significativamente prolongada», aseguran los expertos.

De la proteína Sch9, los científicos resolvieron que es muy parecida a las proteínas AKT previamente identificadas en humanos y en otros mamíferos. La proteína AKT toma parte en la regulación de la insulina y su papel en la longevidad puede resultar igualmente crucial. «La idea principal es que un determinado nivel de ingestión calórica hace que nuestro organismo crezca más y más deprisa, y que si somos capaces de ralentizar la velocidad de este desarrollo podremos envejecer más despacio».

¿Cantidad o calidad?

Expertos británicos sostienen que mantener una dieta equilibrada, más que reducir el aporte de calorías, es lo que podría alargar la vida Lindsey Partos, de la Universidad de Londres (Reino Unido), pone ciertas pegas a la hipótesis norteamericana. A su modo de ver, no es comer menos lo que alarga la vida, sino comer mejor. Según Partos, la clave estaría en reducir el aporte de hidratos de carbono sin variar las calorías consumidas. Su filosofía va más allá y añade que «no hay alimentos buenos o malos, sino dietas buenas y malas; lo importante es diseñar una opción equilibrada».

Datos epidemiológicos del pasado mes de marzo hablan a las claras de que 200 millones de europeos pesan más de lo que les corresponde y, en consecuencia, «siguen una mala dieta». El sobrepeso se incrementa, además, a un promedio de 400.000 nuevos casos por año.

En un estudio publicado por la revista PLoS Biology, Partos relata su experiencia con la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster), demostrando que las moscas que viven más no se distinguen por consumir menos calorías sino por reducir en su dieta la proporción de hidratos de carbono.

Stephen Helfand y Blanka Rogina, de la Universidad de Connecticut, sacaron punta a la teoría de Partos e identificaron que la expresión genética de la proteína Sir2 es mayor en las moscas del vinagre con menor aporte calórico en su dieta. Esta proteína, al parecer, desempeña un papel central en el ciclo metabólico celular. Ambos investigadores crearon, a partir de este hallazgo, una mosca mutante con sobreexpresión de la proteína Sir2, capaz de vivir hasta un 60% más que las demás moscas.

Un reportaje de la BBC sobre la longevidad identificó a quienes eran, por lo menos hasta el año pasado, las tres personas más longevas del mundo. Se trataba de dos mujeres, ambas con 117 años; una declaró ser vegetariana y ejemplificó el hecho de que los centenarios vegetarianos utilizan los recursos sanitarios un 22% menos y fallecen un 20% menos por muerte súbita en comparación con los no vegetarianos; la otra mujer, sin embargo, odiaba la verdura y centraba su dieta en productos tan vilipendiados como los dulces, las galletas y el chocolate.

REIVINDICACIÓN CALÓRICA

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La mala prensa de las calorías, comparable a la del colesterol, no siempre está justificada. Un artículo publicado en la revista Gut ha dejado pasmados a oncólogos y gastroenterólogos al concluir que una dieta rica en calorías aumenta la probabilidad de sobrevivir a un cáncer de intestino. El cáncer de intestino, uno de los más frecuentes en la órbita del mundo industrializado, se ha vinculado tradicionalmente al consumo de carnes rojas, grasas animales y azúcares refinados. Su tasa de supervivencia es, por lo general, escasa.

Menos de la mitad de los diagnosticados supera la mediana de cinco años. Los autores del estudio tomaron a 148 pacientes (97 hombres y 51 mujeres) que habían sido intervenidos quirúrgicamente para la extirpación de un tumor maligno en el intestino. La duración del estudio fue de 10 años y los investigadores subrayaron el hecho de que 45 pacientes no llegaron a vivir cinco años. El mejor predictor de mal pronóstico fue el estado avanzado de la enfermedad en el momento del primer diagnóstico; mientras que, como predictores de mayor supervivencia se barajaron la edad por debajo de los 65 años, el sexo femenino y la localización del tumor. Tanto la práctica de ejercicio como el consumo de alcohol o el hábito tabáquico apenas marcaron diferencia alguna.

No obstante, lo que más chocó a los científicos fue averiguar que quienes consumían de forma regular una dieta baja en calorías (antes del diagnóstico) tenían hasta tres veces más probabilidad de morir en los primeros cinco años que el resto. Incapaces de determinar qué alimento o qué nivel de calorías proporcionaba la mejor protección, los científicos especularon con el hecho de que una disminución acusada de los requerimientos calóricos se traduzca en una mayor actividad de las células inmunitarias; otra hipótesis barajada fue que el régimen más calórico propiciara unas formas cancerosas de mejor pronóstico que las propias de un régimen bajo en calorías.

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