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Carmen Garrigós, jefa de Inmunización de UNICEF en Afganistán

Si no protegemos los derechos de los niños, este será un mundo sin alma y sin futuro

Imagen: UNICEF

Sabe que cuando su trayectoria profesional concluya se sentirá feliz. Carmen Garrigós, jefa de Inmunización de UNICEF en Afganistán, pondrá el broche a una vida dedicada a los demás, pero en especial a los niños y a las mujeres, con la satisfacción de haber contribuido a mejorar el estado de la infancia en el mundo. Los niños son su motivación y fuerza para luchar cada día en las batallas que se libran en zonas conflictivas. Ha estado en Yibuti, Ruanda, Somalia o Sudán y, a pesar de lo visto y lo vivido, asegura ser muy optimista para transmitir la seguridad, tranquilidad y paz que la población civil necesita en esos momentos. Su herramienta de trabajo son las vacunas, pero ella sabe que, en ocasiones, los niños necesitan más una canción para sumergirse en una normalidad que los adultos se empeñan en arrebatarles.

Ha desarrollado su trayectoria profesional en UNICEF durante más de dos décadas. ¿Cómo imagina un mundo sin UNICEF?

“Somos como un juez que se asegura de que los derechos de los niños en los países en desarrollo y desarrollados están protegidos”

Un mundo sin UNICEF sería como una sociedad sin jueces, sin un ministerio de justicia, porque los derechos de los niños no serían respetados. Por ser la parte de la población más vulnerable y quienes no votan, en ocasiones, los políticos no tienen en cuenta los derechos de los niños cuando hacen la planificación económica.

Nosotros somos como un juez que se asegura de que los derechos de los niños en los países en desarrollo y desarrollados están protegidos. Mitigamos la explotación de los niños y nos aseguramos de que toda la población sea consciente de que hay unos derechos que tenemos que proteger y que son universales. El derecho a la supervivencia, a la atención y a la protección de su vulnerabilidad es el gran mandato de UNICEF. Si no protegemos los derechos de los niños, este será un mundo sin alma y sin futuro.

Supone un paso más hacia ese gran objetivo de conseguir que la sociedad de cada país, la sociedad mundial, apueste y logre sensibilizar a los líderes y a las comunidades de la importancia que tiene proteger los derechos de los niños.

Se considera una persona muy optimista. ¿Hay que serlo para trabajar en emergencias y situaciones de conflicto?

Sí, hay que ser optimista para asegurar que en el escenario de la catástrofe, entre los sufrimientos que la gente tiene en esos momentos, les transmites paz. Recuerdo cuando en Goma, en los campos de refugiados, durante el día cantaba con los niños y, con los micrófonos en la mano, ellos cantaban también. No solo tenemos que aportar mantas, agua o medicamentos, sino que tenemos que dar a la comunidad la sensación de que estamos en un túnel, pero que ese túnel se terminará. Hay que transmitir paz y la idea de que ese momento, ese cambio, se va a pasar.

Esto es importante porque hay momentos durante el día en los que tenemos la sensación de que lo vivido no es real y es por la noche cuando somos conscientes de lo que sucede. El personal humanitario tenemos que tener mecanismos para asegurarnos de que somos capaces de evitar los traumas y reflejar paz. Tenemos que dar la seguridad de que se puede salir de ese túnel muy oscuro, aunque hay que ser fuertes para poder salir, y eso lo tenemos que irradiar. Si no, no les damos la paz que necesitan dentro de la locura de destrucción, odio, muerte y rencillas.

Ha trabajado en Yibuti, Somalia, Ruanda, Senegal, Sudán y, desde el año pasado, es jefa de inmunización en Afganistán. ¿Qué conclusión sacará de esta trayectoria cuando llegue el día de cerrarla?

“El día que me jubile, me quedaré con la satisfacción de haber intentado contribuir a que muchos niños sobrevivan”

Me quedaré con la satisfacción de haber intentado contribuir -porque siempre trabajamos en equipo- a que muchos niños sobrevivan, asegurando que las campañas de vacunación han llegado incluso a las zonas con menos accesibilidad a los servicios básicos, que muchos niños no han muerto afectados por el sarampión y han tenido una alimentación terapéutica durante los momentos de las crisis o en los desplazamientos.

Estaré satisfecha porque muchos niños habrán podido llegar a escuelas amigas de la infancia, con maestros mejor formados, que también pueden gestionar el estrés que viven los pequeños en zonas de conflicto o tras catástrofes naturales. Habré contribuido a que esos niños hayan acudido a la escuela y no hayan caído en las minas porque les hemos explicado que un objeto desconocido no se toca. Y, al mismo tiempo, sabré que me he sentido feliz contribuyendo. Soy feliz viviendo con ellos. He contribuido a mejorar la infancia en el mundo en estos países.

Después de trabajar en los países citados, cuando regresa a España y ve las condiciones en que viven los niños, ve que juegan en un parque, con una fuente donde con solo apretar un botón sale agua, comen un bocadillo o un bollo para merendar… ¿En qué piensa?

Hace unos días, caminando por mi pueblo, en un parque, vi a unos niños jugando. Uno bajó del columpio, apretó el botón de la fuente y bebió agua. Entonces pensé eso mismo: es un niño que juega, su madre le da un bocadillo o un bollo, corre dos metros, aprieta un botón y obtiene agua potable, la cantidad que quiera y cuando quiera. En ese momento, pienso en lo desnivelado que está el mundo, donde unos tenemos acceso a servicios básicos y otros, en las zonas más desérticas, tienen el agua racionada y en la selva, tienen el agua contaminada.

Pero al mismo tiempo pienso en los niños africanos, que se hacen sus juguetes, que son grandes “ingenieros” y juegan con sus amigos, y me preocupa que en Occidente todo se reduzca a máquinas de apretar un botón y de imágenes. Vamos hacia un aislamiento, incluso en la nutrición. Los niños no aprecian lo importante que es comer cuando uno tiene hambre. Por ello, en una zona estable de un país asiático o africano, hay una normalidad y un respeto al medio ambiente que hace pensar “mejor allí”.

En el caso de Afganistán, ¿qué destacaría con respecto a los niños? ¿Hay diferencias también con un niño africano?

“En Afganistán, la niña está limitada, no siempre puede jugar en las zonas donde juegan el resto de niños”

La universalidad de la infancia es que los niños son iguales en todas las partes: necesitan afecto y jugar. Sí que en Afganistán hemos observado que las niñas pueden jugar menos en las zonas donde juegan el resto de niños. Ellas juegan en las casas con patio, mientras que los niños pueden salir a la calle a jugar. La niña está limitada, pero esta es una visión europea.

¿Nos cuesta aceptar las costumbres y las culturas diferentes a la nuestra?

El secreto está en qué lupa utilizamos, de qué tipo y con qué intensidad. No tenemos que ser miopes, tenemos que tener una lupa abierta y pensar que el mundo no somos solo nosotros, sino que en el mundo hay culturas diferentes. Hemos de asegurarnos de que cuando nos ponemos la lupa sabemos mirar en el punto preciso y decir “esta es la población que vive estas circunstancias, pero que tiene las mismas vivencias que nosotros, las mismas necesidades de expresar y sentirse en una comunidad”.

En Afganistán, las mujeres salen muy poco, son los hombres quienes compran. En Kandahar, el miércoles se celebra un mercado de mujeres y solo van ese día, mientras que el jueves se reserva una parte común del parque solo para ellas. Esto, visto sin la lupa, nos hace pensar “¡cómo es posible!”. Pero las mujeres tienen espacios y tenemos que saber aprovecharlos, saber utilizar esos miércoles que van al mercado y esos jueves en el parque para trasladarles la importancia de la vacunación, de la educación de las niñas y de sus derechos universales. Es importante pensar cómo vamos a dialogar con ellas, para que sepan, y nosotros sepamos, que hay unas normas que son universales, que se tienen que respetar y que además están en el Corán. En el Corán, la mujer y la niña están respetadas y veneradas. Tenemos que usar la lupa adecuada para que ellos no piensen que queremos cambiar sus costumbres, su cultura o su religión, sino asegurar sus derechos fundamentales.

Sobre todo es preciso que los cooperantes que trabajan en terreno tengan clara esta premisa. ¿Qué es lo primero que deben saber cuando llegan a terreno?

“Ser cooperante tiene que ser una vocación”

Yo les daría dos consejos. El primero, decirles que no llevan la lámpara de Aladino, no tienen la fórmula mágica para resolver los problemas. El segundo, que tengan la humanidad necesaria para que no sea una profesión y un trabajo más, sino una vocación. Ser cooperante implica querer ayudar a los más vulnerables y tiene que ser una vocación, porque si no, es un trabajo más y no se aporta la parte emotiva que se necesita.

¿La cooperación es una obligación?

Tenemos que estar ahí, es una obligación, tenemos que asegurarnos de que las medidas que se toman se adaptan al momento. Tenemos que ayudar a África a vivir sin muletas. Los programas de desarrollo han de asegurar que África un día se valga porque es el continente más rico del mundo y los orígenes de la vida están ahí. Para ello, lo importante es formar a personal local.

Una vez en terreno, hay unos principios humanitarios que cumplir. Dos de ellos son la imparcialidad y la neutralidad. ¿Es difícil en ocasiones cumplirlos?

Hay casos y situaciones, generalizar no es bueno, pero en todos los momentos tenemos que asegurarnos de que nuestra contribución alivia el sufrimiento, sobre todo, de las madres y los niños. Tenemos que saber que unos y otros padecen en un conflicto, ninguno de los bandos se beneficia. Esto es difícil, pero no imposible.

UNICEF es el mayor proveedor de vacunas para los países en desarrollo. ¿Es fácil conseguir la vacunación o la cultura e ideas propias de algunas sociedades están en contra de la vacunación?

Depende del país y de la zona, pero en general, cuando explicamos a las madres la importancia de la vacunación para prevenir las enfermedades, la mayoría aceptan. Es importante la sensibilización en madres, pero también en las escuelas. Ahora desarrollamos el “child to child” o “niño a niño” para que el niño que oiga en la escuela por qué es importante la vacuna disemine este mensaje.

¿Es fácil llegar a los niños o para llegar a ellos primero hay que “negociar” con los mayores?

Antes de los cinco años, antes de que los niños vayan a la escuela, se llega a ellos a través de los servicios de salud. En el caso de Sudán, creamos una red de maestros y mujeres que vigilan y supervisan que no haya niños maltratados, entre otros casos. Intentamos sensibilizar a todos los actores de la comunidad para asegurarnos de que saben que el niño debe crecer en su familia y protegido por su entorno. No trabajamos directamente con ellos, sino que formamos a agentes sociales.

¿Cómo se garantiza la protección de los derechos de la infancia en situaciones de emergencia, catástrofes, conflictos?

Todas las agencias humanitarias que trabajan a favor de la protección de los niños se reúnen, se acuerda qué agencias estarán y qué prácticas terapéuticas se desarrollarán en cada campo para asegurar los servicios mínimos. Pero a la vez es muy importante utilizar las radios locales, con madres y niños que hablen en las lenguas locales, para que haya una armonía.


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