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Cambiar la caldera comunitaria: cuestión de ahorro y eficiencia

La opción elegida condicionará la factura energética y económica del edificio durante, al menos, 15 años

  • Autor: Por BEATRIZ RUBIO
  • Fecha de publicación: 5 de enero de 2010
Imagen: Andy Butkaj

La elección de la caldera en una comunidad de vecinos es una decisión importante ya que, en España, el consumo en calefacción doméstica representa más de un 45% del total de un hogar, según datos del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía (IDAE). Esta decisión condicionará la futura factura energética y económica del edificio durante, al menos, 15 años. Conviene conocer los costes, el gasto de energía y el rendimiento de cada alternativa para elegir la opción más apropiada.

Prohibidas las calderas atmosféricas

Las últimas normativas respecto a la instalación de calderas fomentan la reducción del consumo de energía y la emisión de gases contaminantes. Desde enero de este año, están prohibidos los aparatos atmosféricos, que toman el aire de la sala en la que se ubican y desembocan en una chimenea común del edificio. Quienes tengan una caldera atmosférica en su comunidad no están obligados a cambiarla, pero si se estropea y hay que sustituirla por una nueva, ésta no podrá ser atmosférica. Los trámites se facilitan si la caldera es colectiva. Los nuevos modelos deberán ser estancos, más seguros porque toman el aire del exterior y expulsan los humos mediante un sistema de tubos. Realizan la combustión en una cámara hermética. Además, a partir del 1 de enero de 2012, el Reglamento de Instalaciones Térmicas de los Edificios (RITE) prohibirá la utilización de combustibles sólidos de origen fósil en las instalaciones térmicas de los edificios. Ninguna caldera podrá ser de carbón.

¿Cuándo cambiarla?

El IDAE aconseja cambiar las calderas que tengan más de 15 años, ya que los equipos han evolucionado y un rendimiento a potencia total por debajo de un 80% se considera inadmisible. El sistema de regulación debe tener tres funciones básicas fundamentales: regulación de la temperatura de impulsión a los radiadores en función de las condiciones del exterior, posibilidad de diferentes temperaturas en distintos horarios y corte del servicio de calefacción a partir de una temperatura exterior prefijada. Este último factor permite adecuar el funcionamiento del sistema a los días de invierno con temperaturas altas. Si la regulación está obsoleta y no dispone de las funciones indicadas, debe sustituirse.

Una directiva europea de 1992 clasifica las calderas en función de su rendimiento y de la temperatura mínima con la que trabajan. Se distinguen aparatos estándar, de baja temperatura y de condensación. El calor medio en el primer caso debe limitarse a partir de su diseño. La de baja temperatura puede funcionar de forma continua entre 35º y 40° de retorno y, en determinadas circunstancias, produce condensación (calderas de condensación de combustibles líquidos). La caldera de gas de condensación es la técnica que ahorra más energía, ya que se recupera el vapor de agua, que en las calderas convencionales se desperdicia por la chimenea.

Los aparatos de baja temperatura y de condensación se consideran de alta eficiencia puesto que rinden más, tanto a plena carga como a carga parcial (30%). Las diferencias son notables: una caldera de baja temperatura alcanza un ahorro de combustible del 10% al 15% sobre una caldera estándar, mientras que una caldera de condensación ahorra entre un 17% y un 22%, según datos de Gas Natural. El precio de las calderas de condensación comunitarias a partir de 70 kilowatios ronda entre 7.000 y 15.000 euros. Si se añade la instalación, el precio asciende a entre 10.000 y 24.000 euros.

Antes de cambiar la caldera hay que considerar el coste del equipo nuevo y el consumo de energía durante su vida útil

Cuando una comunidad se plantea cambiar la caldera, deberá hacerlo por un equipo del máximo rendimiento energético y en función del régimen de funcionamiento que se estime. Será necesario contar con el asesoramiento de un profesional y comparar los precios entre las diferentes marcas; analizar la rentabilidad de la propuesta y considerar tanto el coste del nuevo equipo como el consumo de energía a lo largo de su vida útil. Una caldera más barata pero menos eficiente puede resultar cara a largo plazo. En cuanto al número mínimo de calderas, dependerá de la potencia conjunta de la instalación. La reglamentación vigente requiere dos calderas a partir de 400 kilowatios. Si se emplean aparatos de condensación, o incluso de baja temperatura, se puede justificar un número menor, si bien a carga parcial pueden incrementar el rendimiento.

Antes de decidirse, es necesario comprobar el estado de la chimenea porque algunos tipos de caldera incrementan las condensaciones de humos en esta parte de la instalación. La chimenea debe tener un buen aislamiento térmico para evitar el enfriamiento de los humos. Además, tiene que estar construida con un material que soporte las condensaciones. Si no lo hiciera, sería necesario evacuar los humos a temperaturas más altas, con lo que el rendimiento disminuiría. Las más adecuadas son las de doble pared de acero inoxidable.

¿Con qué combustible?

Las fuentes de energía para alimentar una caldera, a excepción del carbón, se dividen en dos: los combustibles convencionales -gasóleo, gas natural y gases licuados- y las energías renovables -biomasa-. Al elegir entre gas o gasóleo, hay que tener en cuenta que el segundo tiene un coste menor por caloría, pero precisa un aparato más voluminoso, un depósito de almacenamiento y, además, genera mayores niveles de olor y ruido y tiene riesgo de explosión. Uno de los inconvenientes de los gases no licuados es la necesidad de reponer el depósito de combustible con frecuencia. El gas natural resulta más cómodo porque, al distribuirse por tuberías, no precisa de atención personal para su funcionamiento. Es un combustible gaseoso, cuya combustión en mezcla con el aire se facilita y mejora el rendimiento energético.

La electricidad es la energía menos eficiente y ecológica. Una unidad energética (1 Kwh) generada de esta manera es responsable de la emisión de 450 gramos de CO2, mientras que con gas natural sólo se emiten 200 gramos y con biomasa no hay emisión.

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