
El libro se centra en el estigma que sufren las personas con sobrepeso u obesidad. ¿Qué señales sociales o mediáticas les indicaron que era necesario abordar este tema de forma académica?
Llevamos muchos años estudiando la influencia de los medios de comunicación en la estigmatización, en el rechazo sobre todo hacia las mujeres por estar gordas. Hay una creencia generalizada de que una persona gorda lo está porque no se cuida, porque es sedentaria, porque no come sano, cuando la Sociedad Española de Obesidad (SEEDO) y la comunidad científica ya están diciendo que son muchas las razones por las que una persona puede ser obesa o tener sobrepeso. Los medios no solo reproducen el estigma sino que contribuyen a su desarrollo al invisibilizar a los cuerpos gordos; no existen y eso tiene un nombre: gordofobia.
El libro insiste en que el sobrepeso es un factor de riesgo, pero no un sinónimo automático de mala salud. ¿Por qué este matiz sigue siendo tan difícil de asumir socialmente?
Numerosos académicos han constatado que la mirada centrada únicamente en el peso ha desplazado la atención de la promoción de hábitos saludables y el bienestar general, que deben ser el objetivo sanitario principal, independientemente del IMC o la pérdida de peso. La salud no es sinónimo de corporalidad; personas con hábitos poco saludables pueden mantener cuerpos delgados, mientras que otras con estilos de vida equilibrados presentan cuerpos gordos.
La diversidad corporal existe y los hábitos, la genética y el contexto social influyen de forma distinta en cada persona. Sin embargo, vivimos en una sociedad profundamente condicionada por los ideales de delgadez y presión estética que contaminan la percepción social de lo que se considera un “cuerpo sano”. Reconocer esta distorsión es esencial para romper con los prejuicios corporales y avanzar hacia una atención sanitaria más justa, empática e inclusiva.
¿Cómo se construye la estigmatización de las personas gordas y por qué es tan persistente, incluso cuando existe evidencia científica que la cuestiona?
Las personas gordas tienen más dificultades sociales, laborales y económicas; basta con escucharlas para darnos cuenta de que sufren un rechazo desde todos los ámbitos. No solo eso. Cuando son protagonistas de series, películas o campañas publicitarias tienen un papel muy definido: ‘el glotón’ como símbolo de la gula; el ‘villano’ donde la gordura se usa para que el personaje parezca más repulsivo; ‘la eterna amiga simpática sin pareja’ a la que se niega cualquier trama amorosa; o ‘el niño gordito adorable’, que solo existe como personaje tierno o para que los demás le manipulen.
Además del cine y las series de televisión, ¿qué papel desempeñan los medios de comunicación en la consolidación —o el cuestionamiento— de la gordofobia?
Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental. Contribuyen a crear y reproducir el actual canon de belleza centrado en la delgadez o extrema delgadez, no cuestionan la presión estética ni las consecuencias de que niñas de 12 años, adolescentes y jóvenes adultos maltraten sus cuerpos para formar parte de ese canon. Los medios de comunicación, las redes sociales, las campañas publicitarias, las series y películas son agentes clave en la construcción y difusión de imaginarios corporales.
¿Y esto cómo se podría cambiar?
Por un lado, tienen que acabar con la invisibilización de los cuerpos gordos, con la asociación del cuerpo gordo y la falta de autocontrol y con la promoción de discursos centrados en la pérdida de peso como imperativo moral y de salud. Estas narrativas contribuyen a legitimar jerarquías corporales y a normalizar el estigma de peso. Por otro lado, los medios también poseen un potencial transformador cuando incorporan enfoques inclusivos, como la salud en todas las tallas o la nutrición no normativa, que cuestionan los discursos dominantes.
En el libro se habla de la mercantilización del discurso del body positivity. ¿En qué momento una reivindicación política se convierte en una estrategia de marketing?
Entendemos que una reivindicación como el body positivity se convierte en estrategia de marketing en el momento en que su lenguaje, símbolos y demandas se incorporan a lógicas comerciales orientadas prioritariamente a la venta y a la construcción de marca, más que a la transformación estructural de las desigualdades corporales.
¿Por qué las redes sociales intensifican los mensajes negativos hacia los cuerpos gordos?
Uno de los resultados más preocupantes de la encuesta que hicimos a 850 personas de edades comprendidas entre los 18 y 65 años (50 % de sexo masculino y 50 % femenino) era que consideraban a Instagram como la red social que proyectaba la imagen más negativa de la obesidad, seguida de TikTok. Además, el 53 % de los encuestados percibía que en las redes sociales predominaban discursos de odio hacia las personas gordas. ¿La razón? Los algoritmos priorizan contenidos que generan mayor interacción y estos suelen estar formados por imágenes alineadas con ideales corporales normativos y discursos que incrementan la visibilidad del estigma de peso.
Esa encuesta a 850 personas revela una mayor sensibilidad entre las mujeres. ¿A qué atribuyen esta diferencia de percepción?
Somos las mujeres quienes soportamos más presión social, el objetivo de la industria del defecto. Nos dicen que no cumplimos con ese canon de belleza actual porque nos sobran kilos, nos falta pecho, nos afean las arrugas y además tenemos que estar ‘perfectas’ las 24 horas. Esa es la percepción general y, lo que es peor, la autopercepción que tenemos nosotras mismas, con las consecuencias no solo físicas, sino mentales que puede tener esa frustración de no alcanzar esa máxima de belleza. Estamos enfermas de belleza, con lo que eso supone.
El experimento con inteligencia artificial que hacen para el libro muestra sesgos claros. ¿Qué implica que estas tecnologías reproduzcan —o amplifiquen— la gordofobia existente?
El uso de la IA ya es masivo y la reproducción del estigma por el peso es más evidente que nunca; los sesgos algorítmicos son el resultado directo de las decisiones tomadas durante la construcción y los modelos de IA. Estos sistemas se desarrollan utilizando grandes volúmenes de datos obtenidos de Internet, una fuente que refleja las desigualdades y prejuicios existentes en las sociedades humanas.
Como consecuencia, las herramientas de IA no solo reproducen, sino que a menudo amplifican estándares de belleza hegemónicos, estereotipos de género y narrativas visuales que excluyen o marginalizan ciertos grupos, entre los que se hallan las personas gordas. Este estudio elaborado a modo de experimento revela que estas tecnologías tienden a sexualizar a las mujeres, representan a los hombres en roles dominantes y refuerzan la idea de que la delgadez es el estándar de belleza en las cuatro IA utilizadas para generar imágenes.

El Índice de Masa Corporal (IMC) sigue siendo una herramienta central en salud. ¿Qué problemas genera su uso acrítico en la práctica clínica?
Durante la década de 1980, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros organismos internacionales adoptaron el IMC como criterio clínico y de salud pública, estableciendo las categorías de bajo peso, peso normal, sobrepeso y obesidad que aún se emplean. Según la OMS, la obesidad se define como una acumulación excesiva de grasa corporal que puede ser perjudicial para la salud, y se considera obesidad un IMC superior a 30. Sin embargo, este índice no diferencia entre masa grasa y masa magra, ni tiene en cuenta la composición corporal o la distribución del tejido adiposo; por lo que un IMC superior a 30 no siempre se corresponde con una acumulación de grasa corporal.
De ahí que se cuestione a nivel individual…
Exacto. En la actualidad, numerosas asociaciones científicas —como la Asociación Médica Americana o los National Institutes of Health— cuestionan el uso del IMC como herramienta diagnóstica individual debido a sus limitaciones y sesgos. Su origen en una muestra europea masculina del siglo XIX explica parte de sus sesgos cuando se aplica a poblaciones con diferente etnia, edad, sexo o contexto. Además, varios estudios ponen en duda que el sobrepeso o la obesidad se asocien con un mayor riesgo de mortalidad respecto al rango de peso “normal”. Es decir, no existe una relación directa entre el IMC y el estado de salud de la persona.
¿Y cómo impacta esto en el imaginario social?
Persistir en su uso refuerza prejuicios contra los cuerpos gordos y legitima prácticas discriminatorias en la atención sanitaria. Por tanto, reducir la salud al peso corporal empobrece el propio concepto de salud, que no es solo un número ni una talla; es un proceso dinámico que incluye bienestar físico, mental y social, así como la capacidad de adaptación al entorno.
Factores como el estrés, el sueño, el apoyo emocional, las condiciones económicas o el acceso a cuidados influyen tanto o más que el peso. Cuando se evalúa el bienestar únicamente a partir del IMC, se invisibilizan estos determinantes y se refuerza la ecuación falsa delgadez = salud / gordura = enfermedad. Esta visión simplificada de la salud crea el terreno perfecto para la expansión de la llamada «cultura de la dieta».

¿Esa «cultura de la dieta» opera como sistema de control moral más allá de la alimentación?
La cultura de la dieta es un sistema de creencias que convierte la alimentación en una herramienta de control moral y corporal. Bajo su influencia, comer deja de ser un acto cotidiano y se transforma en una medida de valor personal, con graves consecuencias físicas y psicológicas. Por todo ello es fundamental determinar la forma en la que opera esta cultura y sus consecuencias sobre el bienestar y la percepción corporal. Y es en este marco donde se inscriben los denominados hábitos de alimentación saludables.
La cultura de la dieta es, por tanto, un sistema de valores que asocia la virtud con la restricción y control del cuerpo. Desde esta lógica, los alimentos se evalúan casi exclusivamente por su aporte energético o por su capacidad de favorecer una dieta hipocalórica, reduciendo la alimentación a un cálculo de calorías y prohibiciones. Bajo este enfoque, cada comida se convierte en un acto de cálculo y autovigilancia orientado más a alcanzar una forma corporal ideal que a satisfacer necesidades nutricionales o el placer de comer.
Sin embargo, dentro de ese marco general, el concepto de salutismo plantea la salud como obligación individual…
En las últimas décadas, el discurso salutista ha adquirido una centralidad notable en la vida social. Bajo la apariencia de una preocupación legítima por el cuidado personal, se ha consolidado un modelo cultural que convierte la salud en un deber moral y el cuerpo en un espacio de evaluación constante. Este paradigma promueve la idea de que el bienestar depende exclusivamente de la voluntad individual y de la adhesión a determinados estilos de vida considerados saludables, incluso cuando dicha lectura no se sostiene de manera consistente en la evidencia científica.
¿Qué consecuencias sociales tiene esto?
Desde esta perspectiva, prácticas cotidianas como comer, hacer ejercicio o descansar se inscriben en un sistema de valores que clasifica las conductas como aceptables o desviadas y que, en consecuencia, produce la distinción entre cuerpos válidos y cuerpos fallidos. Al mismo tiempo, el salutismo tiende a obviar la diversidad corporal, al asumir un modelo homogéneo de salud y bienestar que desconoce las diferencias biológicas, sociales y culturales entre los cuerpos.
En el ámbito sanitario, ¿cómo se manifiesta la gordofobia y qué impacto real tiene en la atención y el diagnóstico de las personas con sobrepeso u obesidad?
Una sociedad que valora a las personas en función de su imagen refuerza la cultura de la dieta y favorece una relación conflictiva con la comida y con el cuerpo. Esta presión estética puede derivar en conductas de riesgo socialmente legitimadas como “saludables” que, en algunos casos, desembocan en trastornos de la conducta alimentaria. Sin embargo, estas no son las únicas consecuencias para la salud ejercida por la presión estética.
¿Qué otras han detectado?
En entornos gordofóbicos, que se presentan discursivamente como preocupados por la salud de las personas gordas, el estigma del peso acaba generando un impacto negativo directo sobre su salud física, psicológica y social con problemas como depresión, ansiedad, alteraciones de la conducta alimentaria y disminución de la autoestima. Además, puede afectar negativamente a la calidad de la atención sanitaria, favoreciendo la evitación de los servicios de salud, empeorando los resultados clínicos y aumentando el riesgo de mortalidad.
Si este libro tuviera que provocar un cambio concreto en políticas públicas, en medios o en la práctica sanitaria, ¿cuál les gustaría que fuera?
Más campañas de concienciación públicas sobre la diversidad corporal, en las que se ponga el foco en la importancia de la salud más allá del peso y la corporalidad, así como más formación en todos los ámbitos, entre los que se hallan el sanitario, educativo y mediático; un mayor control y responsabilidad sobre lo que se publica, se comparte y se viraliza.

