
Xabi Martinez Mendia es investigador predoctoral en OPIK, el Grupo de Investigación en Determinantes Sociales de la Salud y Cambio Demográfico de la Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU), que se centra en determinar la relación entre los factores sociales y la salud de la población. Charlamos con este graduado en Farmacia y especializado en Salud Pública que se ha fijado en la encuesta ESPAD (Proyecto Europeo de Encuestas Escolares sobre Alcohol y otras Drogas) de 2019 para estudiar cómo influyen las diferencias de género y los factores económicos en el consumo de psicofármacos con datos de casi 97.000 adolescentes de entre 15 y 16 años en 32 países europeos.
¿Qué son los psicofármacos y para qué sirven?
Son fármacos que actúan en el sistema nervioso central para alterar estados cognitivos y emocionales o generar impacto en aspectos emocionales, sensoriales, etc. Se utilizan para tratar cuadros clínicos que tengan que ver con salud mental. En nuestro estudio nos centramos en los ansiolíticos e hipnosedantes, que específicamente se emplean para calmar cuadros de ansiedad, favorecer el sueño… y son prescritos por un facultativo. E incluimos el consumo con y sin receta, porque se sabe que estos psicofármacos se consumen de forma considerable fuera del círculo clínico.
Según los datos, España está entre los primeros países en el consumo de estos psicofármacos.
En el último informe no está el primero, pero suele estar liderando el consumo de benzodiacepinas, que es grupo farmacológico más conocido y más empleado dentro de los ansiolíticos. España está entre los consumos más altos a nivel global.
Y, además, las mujeres consumen el doble de psicofármacos que los hombres. ¿A qué se debe esa brecha?
En todos los estudios las mujeres suelen mostrar consumos superiores a los hombres. Y es curioso que empiece a darse en la preadolescencia. Según lo que vemos en los registros clínicos de edad, a los 12 años se inicia una brecha de consumo de ansiolíticos en hombres y mujeres, que se establece con la edad y se va agrandando.
¿Tan pronto? ¿Lo han visto en sus investigaciones?
En este estudio empleamos una encuesta que se realiza a estudiantes europeos de 15 y 16 años. Pero en los registros clínicos estatales vemos que, en torno a los 11-12 años, los consumos que al principio eran muy bajos e iguales entre chicos y chicas, de repente se distancian y las chicas empiezan a consumir más. Y ya esa brecha se agranda en la adolescencia, se establece y se mantiene en todos los periodos de edad.
¿Y en el resto de Europa?
Los datos de otros contextos europeos también muestran que la brecha de género en salud mental se empieza a manifestar justo en la entrada de la adolescencia.
¿A qué se debe? ¿Se sabe la razón?
Ahí está la cuestión. Los planteamientos que se enfocan más en determinantes biológicos, como los procesos biológicos que se dan a la entrada de la adolescencia, se quedan cortos. Para explicar las desigualdades entre hombres y mujeres no hay una justificación meramente biológica que pueda sostener que haya una mayor razón para que las mujeres consuman.
¿Entonces?
Se tiende a explicar por evidencias que tienen que ver con el género, como el cuidado, la precariedad o la presión estética que afecta más a las mujeres. Y, especialmente, también con la manera en que como sociedad abordamos la salud mental, a cómo las mujeres tienden más a ir al médico a expresar su situación de sufrimiento y cómo en la propia consulta suelen tener una mayor probabilidad de recibir un diagnóstico en salud mental y una prescripción médica. Es decir, el abordaje también tiene sesgos de género. Y todo este proceso multifactorial acaba traduciéndose en que las mujeres muestran estar más medicadas y con peores indicadores de salud mental.
Pero desde 12 años… es llamativo que haya esa brecha de género. Las madres y los padres somos quienes les llevamos al pediatra y contamos lo que les pasa. ¿Tenemos culpa? ¿Somos responsables de esto?
Yo no diría que responsables. La sociedad es responsable de cómo aborda sus propios malestares y soluciones. Creo que en la adolescencia se empiezan a establecer diferentes dinámicas e, incluso, a asumir algunas normas de género, pues en este periodo de muchas y grandes trasformaciones vitales es muy susceptible que sean abordadas cada vez más desde el ámbito médico. Ahí, evidentemente compete a la familia, pero también al ámbito médico y a los propios adolescentes, que están familiarizados cada vez más con el ámbito de la salud mental que reciben tanto en informaciones como en redes sociales.
¿Están muy bombardeados?
No creo que solo los adolescentes. Como sociedad, lo estamos todos. Cabe hacer una reflexión al respecto.

Según su estudio, ¿el consumo de psicofármacos en la adolescencia es un problema de salud pública a nivel global?
Sí. Nuestros datos son europeos, pero en Occidente y otros contextos también se está produciendo un aumento en el consumo de psicofármacos. Y es un problema de salud pública en tanto que corresponde a toda la población y repercute en toda la población.
¿Cuál es la situación en Europa? ¿Qué le ha llamado más atención?
Lo que más me llamó la atención, y fue la razón por la que planteamos este estudio, era que los consumos de psicofármacos son muy dispares entre países, incluso limítrofes, y con unos márgenes importantes: en el país con menos consumo (Ucrania), el 4 % de los jóvenes había tomado alguna vez algún ansiolítico, y en el país donde más (Letonia), se llegaba al 28 %.
Pues sí que hay diferencia.
Nos interesaba ver qué podría explicar semejantes variaciones, y no solo en las probabilidades de consumo, sino también en las brechas de género, porque había países donde chicos y chicas consumían muy parecido, y en otros donde había unos márgenes muy considerables. Apuntaba a posibles variaciones geográficas, pero no era fácil de estudiar. De hecho, el estudio hace una invitación a dónde mirar y obtiene algunos resultados. Pero también abre muchas preguntas, porque no es una relación superlineal causal entre el consumo de psicofármacos y los indicadores que utiliza el estudio: es un proceso muy complejo que no se puede explicar con una asociación lineal.
¿Cómo es esa brecha de género en Europa?
La brecha de género se da en casi todos los países. Solo había dos (Grecia e Irlanda) donde los chicos consumían un poco más de ansiolíticos que las chicas. En el resto, las chicas. Otra cosa es la magnitud de esa diferencia. Normalmente, en los países donde más se consumía, la brecha era mayor; es decir, donde más normalizado y más presente está el consumo de ansiolíticos en la juventud queda demostrada una mayor brecha entre chicos y chicas.
¿Esa brecha disminuye en los países con mayores indicadores de igualdad?
Efectivamente, vimos que en aquellos países donde la brecha de género en términos sociales, económicos o políticos era menor, el consumo también era un poco menor.
La diferencia en el consumo de psicofármacos a estas edades en España es justo de un punto: en el caso de las chicas es del 14,6 % y del 13,6 %, el de los chicos. Esta brecha de género no parece considerable, ¿o sí?
Según esta encuesta, el consumo de ansiolíticos es ligeramente superior a la media europea, pero la diferencia entre chicos y chicas es relativamente más baja. El indicador de desigualdad de género que hemos utilizado coloca a España entre los países más igualitarios, así que el resultado podría tener sentido. Sin embargo, otras encuestas nos alertan de una brecha de género mucho más alta, así que tenemos que ser prudentes.
Entonces, ¿las desigualdades de género y las económicas son determinantes?
Podríamos decir que sí, aunque esto abre preguntas. El modelo estadístico que empleo dice que hay razones de relevancia estadística para afirmar que es así, pero también que esta respuesta tiene una capacidad modesta para responder la pregunta; es decir, que también hay factores, que yo no estoy incluyendo en el estudio, que también tienen mucho que decir.
¿Por ejemplo?
Seguramente, y es lo que planteamos nosotras, todos los factores que tengan que ver con los sistemas sanitarios (cómo están planteados, qué tipo de cobertura tienen, la capacidad médica que tienen) y especialmente los factores culturales —Europa es muy diversa—, y que tampoco están captados en el estudio, igual podrían explicar mucho más todavía estas variaciones en los consumos.
¿Esos factores sanitarios y culturales tendrán mucho que decir en España?
Este estudio no recoge las variaciones entre regiones. Pero otras compañeras de OPIK han podido ver que la variante de comunidades autónomas es relevante, muy grande, y también seguramente haya que estudiar a nivel estatal qué tipo de características de cada autonomía podrían repercutir en las diferencias. El indicador que utilizo de igualdad de género se hace a nivel global, y no existe un valor para cada autonomía.
En otro estudio de OPIK, concluye que el nivel educativo de las madres influye en el consumo de psicofármacos de los hijos.
Sí, otro estudio que realicé empleando una encuesta estatal (ESTUDES) mostraba que cuando el nivel educativo materno era menor, el consumo de las hijas aumentaba. Y justo en la encuesta europea daba el mismo resultado: el nivel educativo más primario de la madre se asociaba a un mayor consumo de psicofármacos en hijos e hijas. Como el nivel educativo es una manera de acercarse a la clase social, esto nos invitaba a plantear que habría más preguntas, porque seguramente que las familias donde los niveles educativos sean más bajos se asocia a sectores de trabajo más precarios, a abordajes dentro de las casas en situaciones de dificultad más tendentes a lo médico…
¿No cree que faltan psicólogos, o recursos para poder pagarlos por lo privado, y entonces se medicaliza mucho la salud mental de los adolescentes?
Es una de las posibles explicaciones, pero me genera muchas dudas porque creo que el papel de los psicofármacos en nuestra sociedad trasciende a la gestión que se está haciendo en el sistema médico. El consumo no médico es bastante considerable y, por lo tanto, la sociedad está dotando de mayor centralidad a los psicofármacos, más allá de la vía por la que se obtengan. Desde luego, el sistema sanitario tiene un papel primario en contrarrestar esta tendencia.
¿Pero la psicoterapia no ayudaría a reducir el consumo?
Los procesos de psicoterapia podrían ayudar a reducir el uso de psicofármacos, y podríamos pensar que su uso podría estar supliendo la falta de psicoterapia en el sistema sanitario, pero todavía no tenemos datos que indiquen que esté dándose la conexión “menos psicoterapia, mayor consumo”. Y tampoco sabemos si sería la solución, porque la psicoterapia no deja de ser a veces un abordaje individual y muy centrado en casuísticas personales que, como los psicofármacos, solo se centran en el problema que tiene el adolescente, y no tanto en su contexto o lo que se esté haciendo mal desde la escuela, la familia, el contexto económico… No es ni por demonizar a los psicofármacos ni por idealizar la psicoterapia como solución. Las dos tienen sus peligros y beneficios.
A la luz de estos datos, ¿qué considera que se puede hacer a nivel de salud pública?
Estos estudios contribuyen al debate en salud pública y también a las políticas de salud pública, porque amplían la mirada del consumo de psicofármacos en adolescentes a un marco mucho más estructural y que compete a más esferas que la sanitaria. Creo que revalida esa visión en salud pública que aboga porque la salud se dé en todas las políticas.
¿Esto en quése traduce?
Significa que luchar por la igualdad de género también ayuda en el ámbito de la salud mental, que las políticas de igualdad, justicia y bienestar también ayudan a la salud mental. Creo que es importante derivar esfuerzos de salud pública a la gestión en el ámbito sanitario de salud mental y optimizar protocolos de prescripción, pero también ampliar la responsabilidad de la salud pública a otros terrenos que se compatibilizan, pero que no tienen que ver con la salud.

