Más de mil años de cuchara
El skyr se presenta a menudo como un alimento vikingo milenario. Distintas obras medievales islandesas lo mencionan, aunque no conservamos una receta detallada que permita saber hasta qué punto se parecía al actual. Su elaboración permitía aprovechar y conservar la leche durante más tiempo. Su antigüedad no lo hace más saludable, pero sí ayuda a entender que no nació como un alimento proteico para deportistas. La industria moderna ha adaptado una técnica tradicional a las demandas del consumidor actual.

Skyr vs. yogur, ¿cuál es mejor?
El skyr suele aportar bastante más proteína que un yogur natural convencional: alrededor de 9–12 g por cada 100 g, frente a unos 3–4 g. También suele contener menos grasa que un yogur natural entero, pero eso no lo convierte necesariamente en un producto superior: no todas las dietas necesitan reducir la grasa láctea. El yogur natural suele ser más barato, mientras que el queso fresco batido puede ofrecer una cantidad de proteínas similar a la del skyr.
Tampoco puede considerarse automáticamente un alimento probiótico. Fermentado y probiótico no son sinónimos: para utilizar este último término es necesario identificar cepas concretas y demostrar un beneficio. Un pequeño estudio de intervención observó que el consumo diario de skyr modificaba algunos componentes y actividades de la microbiota intestinal, pero todavía no se ha demostrado que el skyr, como categoría, produzca un beneficio clínico específico atribuible a sus microorganismos. Esto dependería de las cepas y de las cantidades presentes en cada producto.
La fermentación y el escurrido también reducen parcialmente la cantidad de lactosa, pero el skyr convencional no está libre de ella. Quien necesite evitarla debe elegir una versión etiquetada como “sin lactosa”.

¿Merece la pena?
El skyr es versátil, rico en proteínas y tiene una textura muy apreciada. Además, puede tomarse solo o con fruta, frutos secos y cereales, pero también utilizarse como base de salsas y aliños, en cremas, untables, batidos o postres, y en algunas masas y preparaciones de repostería. Sin embargo, todas estas características y usos no lo convierten en un superalimento ni significan que sea, por definición, mejor que otros lácteos.
¿Merece la pena pagar más? Dependerá de lo que busquemos. Si nos gusta su textura y queremos un lácteo con un elevado contenido en proteínas, puede ser una buena opción. Pero un yogur natural o un queso fresco batido también encajan perfectamente en una alimentación saludable. Al final, la elección puede basarse en cuestiones como el sabor, el precio, los ingredientes y el uso que vayamos a darle.
Skyr, yogur, kéfir… ¿Cuál elegir según lo que buscamos?
- 1. Para tomar habitualmente: yogur natural.
- 2. Para disfrutar de una textura muy cremosa: yogur griego.
- 3. Para obtener más proteína con poca grasa: skyr o queso fresco batido.
- 4. Para emplear en salsas y recetas: skyr, yogur natural o queso fresco batido.
- 5. Para gastar menos: yogur natural.
- 6. Para obtener mayor variedad de fermentos: kéfir.

