Vacaciones y discusiones de pareja

Una de cada tres parejas pone fin a su relación sentimental tras la época estival
Por Azucena García 21 de junio de 2006

Las rupturas sentimentales se disparan tras el verano. Así lo constatan diversos estudios y estadísticas que desvelan que anualmente en España 200.000 parejas contraen matrimonio y que 50.000 se separa. Convivir más tiempo del habitual saca a la luz diferencias que durante el resto del año apenas se perciben debido a que la convivencia diaria de la pareja es mínima. La tendencia marca que son las mujeres quienes dan el primer paso en la ruptura, desencantadas de la relación y con unos ingresos, derivados de su incorporación al mundo del trabajo, que les permite vivir con independencia económica.

Origen del problema

El verano es tiempo de vacaciones, pero también de discusiones. Según datos del Instituto de Política Familiar, una de cada tres parejas rompe su relación al acabar la época estival. ¿El motivo? El exceso de horas que las parejas pasan juntas durante las vacaciones y el mayor roce que se produce. “Además, hay otra explicación sencilla”, completa el director de la Escuela Vasco Navarra de Terapia Familiar, Roberto Pereira: “Antes de tomar una decisión como la de separarse o divorciarse, decisión que crea una situación de mucho estrés por tratarse de una de las más difíciles que hay que tomar en la vida, es habitual que la pareja se dé una última oportunidad”. El momento elegido para hacerlo es a menudo el verano, porque en esta época se dispone de más tiempo para reflexionar. “Se piensa que se va a encontrar un momento en el que sea más fácil descubrir si se pueden arreglar las cosas. No es nada raro que antes de tomar una decisión de este tipo las parejas se tomen unos días de vacaciones juntos y traten de ver si pueden arreglar los conflictos entre ellos”, precisa Pereira.

Origen del problema

En este caso pueden ocurrir dos cosas: que la pareja averigüe que aún se quiere y puede arreglar los problemas o que, en la intensa convivencia que supone compartir las 24 horas del día, se agudicen las dificultades existentes y cada uno se de cuenta de que la relación es definitivamente insalvable. En este caso, según Pereira, “la convivencia es el elemento que agrava las dificultades previas grandes y que rara vez ayuda a solucionarlas”. “Así que -agrega- en esos momentos de intensa convivencia de la familia es más que posible que aumenten las dificultades entre ellos, que aumenten los conflictos y que al final de las vacaciones se tome la decisión de separarse”. Una decisión que, cada vez más, culmina en un proceso de divorcio, ya que tal y como reconoce el presidente de la Asociación Española de Abogados de Familia, Luis Zarraluqui, la nueva Ley del Divorcio facilita este extremo al eliminar la figura previa de la separación y permitir que se pueda solicitar directamente el divorcio transcurridos tres meses desde el matrimonio.

No obstante, para Zarraluqui “no hay que hacer mucho caso de las estadísticas, porque pueden ser un poco ligeras”, aunque sí reconoce que es después del verano, en septiembre, se da un aumento del número de rupturas, favorecido también porque el mes de agosto es inhábil para formular demandas. “También a comienzos de año se da un incremento en el número de rupturas, pero por razones distintas. Los comienzos de año son las fechas que los seres humanos nos marcamos cuando tenemos que tomar determinadas resoluciones. Tenemos tendencia a fijar fechas, como cuando decidimos dejar de fumar, y son los comienzos de año los momentos elegidos. Además, las parejas prefieren dejar pasar estas fiestas familiares sin decir nada para no amargar a los suyos y es luego cuando anuncian una decisión de este tipo”, explica.

En cuanto a las razones que llevan a tomar esta decisión, dependen siempre de cada pareja, aunque el verano puede ser un periodo perturbador para la vida conyugal porque cada miembro de la relación está acostumbrado a un tipo de vida que en verano debe adaptar a las necesidades del otro. “Estamos acostumbrados a que el hombre y la mujer se vayan a trabajar cada uno por su lado o tengan costumbres diferentes que les mantienen alejados físicamente durante un tiempo, lo que oxigena su relación y les da un ámbito de libertad o independencia. Cuando cambiamos esto en el verano y la pareja se encierra todo el día juntos, los conflictos se hacen más visibles”, mantiene Zarraluqui. En realidad, no es tanto que el verano sea la época en la que se pierde el amor, como la época en la que se arrastra una situación de dificultades hasta que se produce el detonante, que puede ser una simple discusión por el lugar elegido para las vacaciones. “No es que una pareja se lleve maravillosamente bien y al llegar el verano se lleve fatal, sino que esas incomprensiones o infelicidades están más o menos encubiertas o escondidas y se ponen de relieve cuando hay una convivencia mayor”, resume el abogado.

Diferentes parejas, diferentes conflictos

Establecer el perfil de las parejas con mayor tendencia a separarse tras la época estival es tan difícil como determinar las causas, pero sí pueden distinguirse varios grupos de riesgo. En este sentido, destacan en primer lugar las parejas que se separan casi inmediatamente después de empezar a convivir porque tienen la sensación de que se han equivocado, porque creían que el matrimonio era algo diferente o porque confiaban en que las pequeñas distorsiones aparecidas durante el noviazgo se podían solucionar después. Además, también se da un incremento de las rupturas entre quienes no vivían juntos antes de casarse y, al compartir sus vidas, la convivencia con el otro se les hace muy difícil. “Luego hay otros casos en los que, al cabo de tres o cuatro años, el matrimonio entra en la monotonía, el aburrimiento, la reiteración y la falta de ilusión. Algo que también se puede producir a los diez años o a los quince”, señala Zarraluqui. De hecho, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2004 se divorciaron 35.172 parejas y se separaron 57.416. De todas ellas, 7.426 apenas llevaban dos años juntos, 13.703 entre tres y cinco años, 18.414 de seis a diez años, 15.549 de once a dieciséis años, 9.471 de dieciocho a veinte años y el resto más de veinte años.

Diferentes parejas, diferentes conflictos

Pero hay más causas, como la denominada crisis de los 40, en las que alguno de los miembros de la pareja, o los dos, comienzan a sentir que se le escapa la juventud e intentan aprovechar al máximo el tiempo que les queda para vivir la vida. Estas épocas de crisis también se producen, cada vez con más frecuencia, durante la jubilación, cuando desaparece la obligación de ir a trabajar fuera de casa y se dispone de más tiempo para convivir en el hogar. “Cuando se cambian las reglas del juego, a veces es para bien y a veces es para mal”, reconoce el jurista. “Ese hombre o mujer que se iba a las ocho de la mañana y volvía a las ocho de la noche, ahora se queda en casa, no tiene nada que hacer, y se convierte en una ‘molestia’ para la otra parte porque no ha desarrollado otras aficiones y anda por casa dando la lata”, ejemplifica.

En oposición a todos estos casos, se encuentran las parejas que, en lugar de disfrutar de más tiempo unidos durante las vacaciones, optan por distanciarse. En esta situación, según Pereira, cuando se trata de una decisión acordada por ambos, pactada, “el resultado es bueno”. “Sin embargo -continúa-, puede ocurrir que cuando cada uno se va por su lado éste sea el último paso de un distanciamiento previo”. Si una pareja ha tenido dificultades importantes de convivencia y toma la decisión de no pasar juntos las vacaciones, esto les puede servir para comprobar que se las pueden arreglar perfectamente solos, que no necesitan a su pareja para todo o, incluso, en ese periodo de separación, puede ser que conozcan a otra persona con la que se sientan más a gusto, “y eso también puede traer consigo el tomar la decisión de separarse”, concluye el terapeuta.

Terapias

Cuando los problemas han surgido no es fácil evitar que se produzca la ruptura. Explica Pereira que la principal dificultad radica en la necesidad de emplear un grado de racionalización que no todos pueden alcanzar: “Es como el hecho de casarse, la mayor parte de las parejas se casan sin tener en consideración lo que realmente significa el matrimonio. Pues para que una pareja funcione, hay que pensar sobre la relación”. A su juicio, entre los dos miembros de una relación, existe siempre un contrato intangible, “que no se explicita y que genera muchas complicaciones, es el contrato en el que se recoge lo que uno espera y lo que espera el otro”. En este sentido, es muy importante hablar y exponer los intereses, los puntos de vista sobre determinados temas y las claves que cada uno cree necesarias para que la unión salga adelante.

Sentadas bien las bases, el siguiente punto de inflexión llega con la convivencia, que se hace cada vez más estrecha. Para evitar los problemas que puedan surgir, “que de hecho no es nada raro que surjan”, aclara Pereira, “hay que organizar y adaptar nuestra propia rutina a la rutina de los demás”. Los horarios actuales hacen que las horas de convivencia se reduzcan enormemente o incluso que haya una separación física. No es extraño que algunas parejas tengan su puesto de trabajo en una ciudad diferente a la ciudad en la que vive su pareja, lo que conlleva que entre semana no convivan y los fines de semana se conviertan en una especie de situación extraordinaria en la que apenas da tiempo a que surjan los conflictos. Por ello, cuando ambos están juntos, deben ser conscientes de que el puzzle de su vida cuenta con una pieza más y es necesario hacerle un hueco.

Por último, un terapeuta familiar puede ayudar a solventar los posibles conflictos, ya que se trata de un profesional, generalmente un médico, psiquiatra o psicólogo clínico, que utiliza una determinada serie de técnicas sistémicas para abordar los problemas de cada relación. Es habitual que cuando se acude a un terapeuta, éste solicite al resto de miembros de la familia ayuda para conseguir los objetivos. “El terapeuta familiar les ayuda porque tiene una experiencia de trabajo en este tipo de problemas, ha aprendido una serie de técnicas para resolver una serie de conflictos más o menos generales y porque supone siempre una mirada externa de alguien que se coloca en una posición de no juzgar y que es equidistante a los miembros de la pareja”, explica Pereira.”Puede devolver un punto de vista que les ayuda a entender mejor qué es lo que ocurre entre ellos y a tomar decisiones con más base”, añade.

Quién toma la decisión

Además de constatarse un aumento en el número de rupturas tras el verano, en los últimos años se ha constatado también un incremento del número de mujeres que interponen las demandas de separación o divorcio. La principal causa parece ser la mayor independencia económica de ellas tras su incorporación al mundo del trabajo, lo que les permite no depender de los ingresos del marido y no tener miedo a seguir adelante con su vida, pero solas. “Cada vez más la mujer es quien da el primer paso. El hombre siempre ha tenido una convivencia más llevadera porque ha sido él quien con más frecuencia se ha ido a trabajar fuera y ha tenido una vida con sus compañeros de trabajo. También a él se le ha perdonado más que se fuera con los amigos a cenar o una aventura con otra persona”, reflexiona Zarraluqui, quien afirma, además, que cuando el hombre es menos decidido a romper la relación se debe a motivos económicos, “porque, en general, se ve abocado a quedarse sin hijos, sin casa y a pagar las pensiones”. Por su parte, la mujer prefiere separarse a tener que aguantar durante más tiempo una situación que le disgusta. “Desde el punto de vista psicológico, profesional y económico, la mujer ha aguantado durante mucho tiempo lo que hiciera falta porque tenía un miedo visceral a un porvenir separado y la mujer separada estaba mal vista, pero hoy todo eso ha cambiado radicalmente y la mujer tiene mayor independencia económica y, sobre todo, una mayor fuerza psicológica”, añade.

Por su parte, Roberto Pereira confirma que la independencia económica de la mujer ha supuesto un gran paso y ha favorecido que sean ellas quienes propongan la ruptura, “a pesar de que separarse o divorciarse suele traer consigo, entre otras cosas, un aumento de las dificultades económicas o, por lo menos, pérdidas de dinero”. “De hecho, otro de los motivos por los que las parejas conviven es porque se trata de un acuerdo rentable. Si hay un miembro de la pareja, hasta ahora habitualmente la mujer, que cuando se separa se enfrenta con una situación económica muy difícil, que cree que los problemas a los que va a tener que enfrentarse van a ser mayores a los que tenía previamente, es probable que esto le retraiga a la hora de separarse”, apunta, para concluir con satisfacción que “la independencia económica de las mujeres ha permitido que ahora no tengan que pensárselo tanto y aguantar tantas cosas, porque pueden arreglárselas solas y eso no les supone pasar por unas situaciones de penuria”. No obstante, conviene matizar que en la actualidad cada vez más mujeres cobran sueldos muy similares al de sus parejas o incluso mayores, de manera que la situación de desamparo -en este caso económico- la sufre el hombre, que tiene que ver como se reduce notablemente su sueldo después de pagar un alquiler y la pensión de los hijos.