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Había una vez… ¡Ciencia!

Un grupo de niñas y niños de 8 a 10 años publica un artículo en una revista científica

Había una vez una escuela en un pueblecito de unos
pocos centenares de habitantes llamado Blackawton, en el condado de Devon,
Inglaterra. Había una vez un grupo de estudiantes de entre 8 y 10 años que se
empezaron a hacer preguntas sobre las abejas que observaban en los alrededores
del colegio. Había una vez un artículo científico publicado por niños de
entre 8 y 10 años en la revista Biology Letters, de la Royal Society. No es un cuento. El relato de un descubrimiento científico realizado por alumnos de Primaria sirve de base para preguntarse en este texto por qué en las escuelas no se enseña ciencia haciendo ciencia.

Imagen: Daniel Galleguillos

Que a jugar al fútbol se aprende jugando
a fútbol es algo tan obvio que hasta sonroja recordarlo. Sin embargo, en lo
que respecta a la ciencia y otros campos del conocimiento, la cosa no parece
tan clara. En la escuela se nos transmiten muchos conocimientos científicos e
incluso, en ocasiones, llegamos a diseñar y realizar experimentos, a manipular
aparatos y objetos para responder una pregunta. En la mayoría de los casos, la
pregunta no es nueva, con lo cual la actividad no responde al mecanismo de la
curiosidad que alimenta la verdadera ciencia. Además, la contestación se conoce de antemano, hecho que bloquea la emoción asociada a todo
proceso de descubrimiento. Así las cosas, en la mayoría de los centros educativos los alumnos
llevan a cabo, como mucho, simulacros de lo que es la verdadera actividad
científica. Solo en contadas ocasiones se hacen estudios científicos en
los cuales se busca respuesta a una pregunta nueva
.

Alumnos de entre 8 y 10 años formularon una
pregunta, diseñaron un experimento para responderla, realizaron las
observaciones correspondientes y llegaron a sus propias conclusiones

Ese fue el caso de un grupo de 25 alumnos
de entre 8 y 10 años de la escuela de Blackawton, en Inglaterra. Estos estudiantes formularon una
pregunta, diseñaron un experimento para responderla, realizaron las
observaciones correspondientes y llegaron a sus propias conclusiones.
Asesorados por el neurocientífico Beau Lotto y por David Strudwick, uno de los
profesores de la misma escuela, desarrollaron un proyecto de
investigación científica que respondía con datos y observaciones una interrogante
que nunca nadie había formulado antes. Por lo tanto, este grupo ha contribuido
a ampliar el conocimiento científico con nueva información. Además, durante el proceso descubrieron algunos aspectos sobre el carácter y el funcionamiento de
la ciencia que desconocían.

Una vez llevado a cabo el experimento en
Blackawton y resuelta la pregunta, llegó el momento de escribir el artículo
científico. “Había una vez…” fue la fórmula que utilizaron los alumnos para
abrir el artículo en el que explicaban los resultados de su estudio
sobre la influencia de los patrones de color en el proceso durante el cual las
abejas escogen una flor para alimentarse
. Además de la ya mencionada “Había una
vez…”, en él aparecen frases y expresiones como “Después pusimos el recipiente
con las abejas en la nevera de la escuela (e hicimos pastel de abeja :-)”, “Fase de entrenamiento 2 (el puzzle? ta ta taaaaaa)”. La
discusión de los resultados se abre con la frase “Este experimento es
importante porque, por lo que sabemos, nadie en la historia (incluidos los
adultos) ha realizado este experimento antes”. Y el artículo concluye así: “La
ciencia es divertida porque haces cosas que nadie ha hecho antes”.

“Este experimento es importante porque, por lo que sabemos, nadie en la historia (incluidos los adultos) ha realizado este experimento antes. La ciencia es divertida porque haces cosas que nadie ha hecho antes”, comentaban en sus conclusiones

Aunque el diseño y la realización de los
experimentos se hicieron en cuatro meses, la publicación de los
resultados llevó cuatro años. El artículo, titulado ‘Blackawton bees’ y redactado por los niños e ilustrado también por
ellos con dibujos pintados con lápices de colores, se envió a las revistas
Nature, Science, Current Biology y PLOS ONE. Con buenas palabras, estas
revistas rechazaron su publicación aduciendo que el artículo no se adaptaba a
sus parámetros editoriales.

Pero Beau Lotto estaba decidido a que se apreciara
el trabajo desde un punto estrictamente científico, y no solo desde el
punto de vista formal. Así que envió el artículo a dos neurocientíficos de
prestigio internacional para que lo valorasen. Una vez leído, ambos asesores corroboraron
el interés científico de los resultados que se exponían en el
texto. Estas opiniones fueron una ayuda fundamental para que el editor de la
revista Biology Letters acabara
publicando el estudio
.

Ante esta historia, la pregunta que surge
es: “¿Unos niños de ocho años han publicado un artículo científico en
una revista de prestigio internacional?”. Y después de recibir una nueva
confirmación, se suele oír: “¿Son superdotados?”. Y cuando se responde que no,
uno se encuentra ante caras que no consiguen alejar la incredulidad. Pero la
pregunta clave e interesante aquí es por qué esto no sucede
más a menudo, es decir, ¿por qué en las escuelas no se enseña ciencia haciendo
ciencia?
Si se piensa un poco en esta cuestión, es muy difícil justificar que
no se haga. Se trata, en última instancia, de que los alumnos formulen
preguntas significativas para ellos y que las respondan utilizando un protocolo
científico. Seguro que los 25 autores del artículo ‘Blackawton bees’ tienen hoy una idea de la ciencia distinta de la
que tienen la mayoría de estudiantes, que se dedican a memorizar con abnegación
las partes de una célula o a reproducir experimentos de laboratorio esperando
obtener un resultado definido de antemano. Poca gente duda que la curiosidad y
la emoción del descubrimiento son los auténticos motores de la verdadera ciencia.
¿Por qué no aprovecharlos más en las escuelas?

Para finalizar, recomendamos
visionar este vídeo en el que el mismo Beau Lotto y Amy
O’Toole, una de las autoras del artículo, explican su experiencia.

El artículo ‘Blackawton bees’, por cierto, está colgado en
la web de la revista Biology Letters y se puede consultar de forma gratuita.

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