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Desnutrición hospitalaria

La desnutrición asociada a estancias hospitalarias puede ocasionar discapacidad mental y física, enfermedades e incluso la muerte si no se previene adecuadamente

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: viernes 26 mayo de 2006

Según el Manual Internacional de Clasificación de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la desnutrición es una complicación médica potencial pero prevenible e influye sobre el resultado de los tratamientos. En el ámbito hospitalario, los pacientes malnutridos son más susceptibles de prolongar su estancia ya que se les asocia un incremento de la incidencia de infecciones y un retraso en la cicatrización de las heridas, entre otras consecuencias. Todos estos signos se ven agravados en el caso de los ancianos, que pueden presentar el síndrome de inmovilismo, un deterioro rápido de la funcionalidad y de la independencia en su movilidad.

En los países desarrollados la desnutrición es aceptada como un factor común en la práctica clínica durante las estancias hospitalarias. A la desnutrición, que puede darse en mayor o menor grado antes incluso del ingreso en un centro sanitario, se le atribuye un aumento de la estancia hospitalaria, morbilidad y mortalidad en los pacientes hospitalizados, debido al alto riesgo de complicaciones como infecciones, flebitis, embolismo pulmonar, fallo respiratorio, alto riesgo de padecer úlceras por presión y baja tasa de cicatrización de heridas. Todo ello origina un incremento considerable de los costes sanitarios y sociales.

Diferentes estudios han puesto de manifiesto la escasa atención concedida al estado nutricional en la historia y práctica clínica, lo que determina el desconocimiento de las condiciones del paciente en el momento del ingreso en el hospital y, por tanto, la imposibilidad de prevenir la malnutrición hospitalaria. La valoración nutricional debe formar parte integral de toda evaluación clínica con el fin de identificar pacientes que requieren un soporte nutricional agresivo y temprano. Con ello se disminuirían los riesgos de morbimortalidad secundarios a la desnutrición preexistente en los pacientes.

Los primeros trabajos al respecto fueron publicados en 1936. Según los resultados, los pacientes que habían sufrido una pérdida de peso superior al 20% presentaban una tasa de mortalidad 10 veces mayor que los que conservaban un peso normal. Después de 70 años, la realidad muestra que no se han hecho grandes avances. Estudios realizados en 1997, mostraron una prevalencia de malnutrición entre los pacientes hospitalizados de entre el 45% y el 62% dependiendo del método de evaluación (mediante valores antropométricos o bioquímicos, respectivamente).

Una correcta actuación nutricional limita los efectos derivados de la acelerada pérdida de peso que puede darse durante las estancias hospitalarias.

Según otros análisis publicados recientemente, un 75% de enfermos hospitalizados con valores de células sanguíneas indicativas de malnutrición normales presentaron durante su ingreso disminución en alguno de dichos marcadores. Hay que tener en cuenta que la tercera edad es el principal factor de riesgo para sufrir desnutrición, una situación que padece el 10% de los mayores de 65 años no hospitalizados. En esencia, como resultado de los cambios fisiológicos que surgen a medida que envejecemos debido a la aparición de un paquete de alteraciones fisiológicas como disminución de la actividad física, problemas dentales y de deglución, alteraciones sensoriales (gusto, olfato) y problemas mentales como el aislamiento social o la pérdida de memoria.

Enfermedad y desnutrición

Un paciente hospitalizado tiene per se factores de riesgo desde el punto de vista nutricional debido, en parte, a la dinámica de los centros hospitalarios: ayunos dilatados por pruebas diagnósticas que frecuentemente se retrasan o sueroterapia prolongada mientras se espera que el paciente recupere el tránsito intestinal o la tolerancia a alimentos sólidos. Hay que recordar que la sueroterapia sólo aporta al organismo agua y electrolitos de forma intravenosa. Si esta situación se dilata, cabría la necesidad de plantearse la nutrición enteral o parenteral, que se administra mediante sondas que llegan a cavidad gástrica o intestino o por vía endovenosa, respectivamente. Además, este tipo de alimentación incluye en su composición carbohidratos, proteínas, vitaminas y oligoelementos, entre otros componentes.

Otro aspecto a tener en cuenta es el estado hipercatabólico que sufre la persona enferma, o lo que es lo mismo, un proceso acelerado centrado en la producción de energía para la realización de las actividades físicas externas e internas. El catabolismo implica también el mantenimiento de la temperatura corporal con la degradación de las moléculas químicas complejas (glúcidos, lípidos y proteínas) en sustancias más sencillas (ácido acético, amoníaco, ácido láctico, dióxido de carbono o urea), que constituyen los productos de desecho expulsados del cuerpo a través de los riñones, el intestino, los pulmones y la piel.

Por otra parte, estas necesidades basales se ven aumentadas en situaciones especiales como sangrado activo, fiebre elevada, diarrea y vómitos. Existen situaciones agudas (intervenciones quirúrgicas, anemias, hemorragias, enfermedades crónicas, úlceras cutáneas), convalecencia y afecciones del aparato locomotor en que el organismo requiere un elevado proceso de regeneración tisular y síntesis proteica para llegar a la recuperación.

Desnutrición y enfermo oncológico

Diferentes investigaciones advierten de que el 84% de pacientes oncológicos están desnutridos en el momento de su diagnóstico, lo que aumenta la toxicidad del tratamiento. Los expertos reunidos en el Congreso Nacional de Enfermería Oncológica celebrado en Sevilla en mayo de 2006, concluyeron que un correcto estado nutricional «es clave en el paciente oncológico, ya que supone una mejor tolerancia y efectividad del tratamiento».

Estudios recientes revelan que la desnutrición en pacientes oncológicos puede acelerar de forma notable su estado terminal

A pesar de ello, estudios norteamericanos igualmente recientes atribuyen un índice de mortalidad en pacientes oncológicos de entre un 20% y un 40% debido a un déficit nutricional, antes que por el desarrollo de la propia enfermedad. La pérdida de masa muscular es muy común entre los enfermos oncológicos, y aunque la nutrición no cura el cáncer, aumenta la calidad de vida del paciente porque permite conservar la movilidad y la capacidad para realizar labores cotidianas. Entre estos pacientes, un 22% presenta caquexia (desnutrición con pérdida exagerada de peso, astenia y anemia).

Nutrición adecuada

El Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud prevé que desde el sistema sanitario se gestione una correcta calidad asistencial, incluyendo proporcionar al paciente hospitalizado un mínimo de asistencia y ser diagnosticado de cuantos problemas sea portador, bien sean reales o potenciales. Algunos de estos problemas, no obstante, todavía no están incluidos en su redactado o no están contemplados en toda su extensión.

Entre las estrategias que se demandan desde algunos sectores profesionales se encontrarían una avaluación exhaustiva de todos los pacientes ingresados para dar un diagnóstico certero, con el consiguiente seguimiento y evidentemente, adoptando las medidas correctoras adecuadas en cada momento. Estos mismos sectores reclaman la necesidad de hacer hincapié en aquellos pacientes con riesgo elevado, ya sea por patología o edad, de presentar desnutrición.

En el mercado existen soluciones específicas para cubrir las necesidades de personas con algún tipo de discapacidad sea temporal o definitivo, y concretos para determinadas patologías. Entre estos hay productos energéticos, proteicos, energético-proteicos y gelidificantes, en diferentes presentaciones, texturas y sabores.

VALORACIÓN DEL ESTADO NUTRICIONAL

El estado nutricional refleja si las necesidades del organismo están cubiertas para lograr que se mantenga sano, pueda realizar actividades fisiológicas normales, crecer, desarrollarse, mantener el desgaste del tejido, realizar actividades laborables, intelectuales y recreativas, entre otras. Estas necesidades están sujetas a cambios fisiológicos (enfermedad, embarazo, edad y sexo). La evaluación debe formar parte del examen rutinario de la persona por profesionales sanitarios.

En la valoración del estado nutricional, a parte de conseguir información sobre los hábitos alimentarios, posibles enfermedades concomitantes y la relación con actividad física, también deberían incluirse datos antropométricos. De todos estos datos, los que han demostrado ser de mayor utilidad son el peso, la talla, el perímetro del brazo y el grosor del pliegue cutáneo. En lactantes también se mide el perímetro craneal. Comparando estas medidas se han establecido índices tabulados que facilitan la tarea, como el Índice de Masa Corporal, Índice Nutricional y valoración de la Masa Magra Corporal.

También existen pruebas de laboratorio imprescindibles para una valoración exhaustiva, como hemoglobina y hematocrito, el hierro sérico o ferritina, la albúmina y la transferrina, el ácido fólico y las vitaminas C, A y D, entre otras.

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