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Testamento vital

El paciente expresa su deseo de no ser mantenido con vida por medios artificiales, ante una enfermedad incurable, dolorosa y mortal

Respetar al moribundo

El testamento vital o documento por el que cualquier persona determina cuáles son las atenciones médicas de las que no quiere ser objeto en caso de sufrir una enfermedad terminal regula los derechos del paciente a decidir sobre el final de su propia vida.
Se trata de “otorgarle una mayor participación en la toma de decisiones que atañen a su salud”, apunta el secretario general del Colegio de Médicos de Barcelona, Jaume Padrós.

Conviene reseñar que no es necesario llegar a una situación donde la vida peligre, porque “cualquier persona bien informada, en plenitud de condiciones mentales y sin estar sometida a presiones, puede suscribir un testamento vital”, subraya.

Por otro lado, se debe establecer un clima de diálogo y confianza previo entre médico y paciente, o con el equipo de profesionales que atienda al enfermo. En este sentido, desde el órgano colegial el documento de voluntades anticipadas es visto como “una gran oportunidad para que el paciente participe de forma activa en aquello que afecta a su vida y a su bienestar y para acercar al médico a conocer los sentimientos y forma de pensar de dicho paciente”. Por ello, desde el Colegio se recomienda contar con un médico de cabecera de confianza, “como interlocutor válido de sus pensamientos, angustias, trayectoria vital y expectativas en una situación determinada”, afirma el doctor.

Sin embargo, en la actualidad, esta premisa no siempre se cumple debido a la intervención de algunos familiares. En este sentido, un estudio del Servicio de Medicina Intensiva del Hospital del Mar de Barcelona advierte que la mayoría de los allegados de pacientes hospitalizados en estado terminal no respetan la voluntad de sus parientes. Dicho informe, publicado el pasado 15 de marzo en la revista Medicina Clínica, tacha la actitud de algunos familiares respecto a la muerte de “paternalista”; bien “por razones de tranquilidad interior” (se ha hecho todo lo posible) o “animados por el avance de la Medicina”, lo que fomenta el denominado “encarnizamiento terapéutico”, es decir, el uso de tratamientos y métodos artificiales para retrasar la muerte.

En este último punto es donde surge la duda: ¿hasta qué punto es conveniente o no aplicar determinadas terapias o administrar fármacos en un enfermo terminal? O dicho de otro modo, ¿cuándo un tratamiento pasa de prolongar la vida y salvar al enfermo a incrementar su agonía y hacerle sufrir? “Cuando deja de poder curar”, afirma Sofía Ansotegui, de la Asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) en Madrid. “El médico no sabe cuánto va a durar la vida de un paciente, pero sí cuándo su enfermedad es irreversible y no va a tener curación”, apostilla. A partir de ese momento se aplican cuidados paliativos para atenuar los síntomas del enfermo y procurar que sufra lo menos posible.

El estudio del hospital barcelonés muestra las respuestas de los familiares de 88 pacientes ingresados entre junio y diciembre del año 2000, en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del citado centro sanitario. Las conclusiones demuestran el desconocimiento que, tanto los pacientes como sus familias, tienen sobre este asunto, ya que, en ningún caso, aparecía un documento de voluntades anticipadas o testamento vital, y tan sólo en el 12,5% de los casos se había nombrado un representante del enfermo.

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