
¿Desde cuándo hay evidencia científica sobre los efectos del ejercicio físico en el cáncer?
Se remonta a finales de los años los 80 y principios de los 90. La primera evidencia tiene que ver con un trabajo que hicieron unas enfermeras en Estados Unidos, que vieron la relación entre la práctica de ejercicio y un menor número de efectos secundarios de los tratamientos. Después, aparecieron artículos de epidemiología que empezaron a ver cómo el hacer ejercicio prevenía el cáncer y después del diagnóstico disminuía el riesgo de muerte.
Si se sabe desde hace tres décadas, ¿por qué ha tardado tanto tiempo en prescribirse?
Muchos hemos reivindicado desde hace tiempo que el ejercicio era una herramienta contra el cáncer de la que no se podía prescindir. Hay varios motivos por los que ha tardado en prescribirse. Por un lado, ahora hay una evidencia de más nivel y hace imperativo que ningún paciente se quede sin esta recomendación. En segundo lugar, ha faltado presión, y me explico: por ejemplo, cuando tenemos un medicamento que es eficaz, hay un propietario que defiende mucho su uso y se encarga de que llegue a todos los prescriptores, pero el ejercicio no tiene un propietario que se haga responsable de ejercer esa presión.
¿Qué tipo de ejercicio es más beneficioso para un paciente: de fuerza, aeróbico o una combinación de ambos?
Una combinación. Lo que hay que defender es que un paciente con cáncer está sujeto a las mismas recomendaciones de ejercicio que cualquier otra persona. Es decir, una persona debería realizar entre 150 y 300 minutos de actividad física entre moderada y vigorosa a la semana. Eso rige para la población general, pero también para la población con cáncer. Algunos pacientes no serán capaces de adherirse a esas recomendaciones, pero deben hacerse. Esa actividad debe combinarse con ejercicios de fuerza, si es posible, dos veces por semana, y también de flexibilidad.
Si un paciente no puede alcanzar ese objetivo, ¿qué ejercicio puede hacer?
El hecho de que una persona con cáncer no sea capaz de adherirse a las recomendaciones no debe llevarnos al extremo de que no haga nada. Si no puede hacer 300 minutos a la semana y hace 100, es mucho mejor que no hacer nada. El mensaje que debemos dar es que en el cáncer cualquier ejercicio es mejor que la ausencia de ejercicio, que uno más intenso es mejor que uno menos intenso, y que el ejercicio combinado es mejor que un solo tipo de ejercicio.
¿Puede ser suficiente caminar?
Es verdad que la mayor parte de la evidencia científica de la que se dispone en la actualidad tiene que ver con un ejercicio tan sencillo como es salir a andar. Aunque defendamos que lo ideal es combinar los tipos de ejercicio y hacer ejercicio intenso, siempre hay que recordar que caminar diariamente es una herramienta imprescindible para el ser humano porque tiene unos beneficios en salud tremendos.

¿Hay recomendaciones específicas para algún tipo de cáncer?
En algunos tipos, como el cáncer de colon, está bastante establecido que para conseguir beneficios hay que hacer bastante ejercicio y que seguramente no vale con 30 minutos al día. Pero tampoco podemos hablar de una gran individualización en las recomendaciones según el tipo de cáncer.
¿Qué efectos secundarios reduce más la actividad física?
Lo primero que se vio a finales de los 80 fue que las pacientes con cáncer de mama que hacían ejercicio vomitaban menos. Después se han comprobado otros efectos. Hay uno muy común: la fatiga. Es el síntoma más prevalente, y se sabe que el ejercicio es una herramienta muy poderosa para manejarla. También parece que, en general, previene otro bastante limitante, la neuropatía, que es un daño en los nervios periféricos potencialmente reversible, pero no siempre.
¿Se puede decir que influye sobre el sistema inmune?
Sin ninguna duda. Lo que pasa es que falta por saber biológicamente cómo lo hace. Se ha publicado un artículo muy interesante sobre cómo el ejercicio tiene un impacto sobre la forma en la que nuestro sistema inmune envejece, muy vinculado también a un mecanismo biológico: la inflamación.
¿Un paciente con cáncer debería incorporar el ejercicio a su rutina diaria después del tratamiento?
Absolutamente sí. Tenemos un reto social con el sedentarismo y con el uso del ejercicio como herramienta para mejorar la sostenibilidad del sistema sanitario. El impacto que tiene en la autonomía tanto de un ser humano como en la de un superviviente de cáncer es tan importante que cada vez está más claro que tenemos que integrarlo obligatoriamente si queremos tener personas capaces de ser autónomas, de trabajar después de un diagnóstico de cáncer y de ser felices.
¿El objetivo es tener más calidad de vida?
Las personas que han tenido cáncer son capaces de vivir con alegría, con una cierta tranquilidad o con una cierta felicidad. El ejercicio ayuda mucho a conseguir eso. Pero es que, además, nos enfrentamos a una población muy envejecida, y muchas de esas personas van a tener cáncer. Necesitamos que tengan una condición física suficientemente buena como para que les podamos dar el tratamiento apropiado.
¿Además de efectivo, es, por así decirlo, un ‘medicamento’ barato?
Lo digo desde la convicción más absoluta, apasionada y basada en datos: el ejercicio es una herramienta imprescindible, barata y costoefectiva para la sostenibilidad del sistema sanitario, sin ninguna duda.
¿Cómo han introducido la actividad física en la prescripción? ¿Cuál es el proceso cuando un paciente llega a la consulta?
Tenemos programas de investigación, algunos proyectos con pacientes en los que evaluamos exactamente cuál es el impacto que tiene en algunos resultados de salud. Ahora estamos trabajando en el área de la prehabilitación, es decir, utilizar el ejercicio como una herramienta de soporte mientras el paciente recibe un tratamiento previo a la cirugía.
¿Mientras recibe qué tipo de tratamiento?
Me dedico al cáncer digestivo, y el tratamiento multidisciplinar es la norma. Antes de la cirugía, un comité de tumores decide que ese paciente tiene que llevar un tratamiento, bien con quimioterapia, bien con radioterapia o con las dos cosas. Ese tiempo es una ventana de oportunidad para preparar al paciente para que llegue a la cirugía en las mejores condiciones.
¿En qué consiste esa preparación?
Ofrecemos un programa de prehabilitación trimodal, que es un entrenamiento supervisado de ejercicio con estrategias de motivación para que el paciente entienda la importancia que tiene cambiar el estilo de vida. Esa es una de las patas, y las otras dos son la nutrición y el soporte psicológico.
¿Todos los pacientes se benefician de esa iniciativa?
Es un programa financiado por la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), pero no lo ofrecemos a todos los pacientes porque carecemos de esos medios. Sin embargo, desde hace muchos años el Servicio de Oncología Médica del Hospital Puerta de Hierro tiene un compromiso firme con la prescripción de ejercicio físico. Yo dedico una buena parte de mi consulta a explicar a los pacientes la importancia que tiene durante el tratamiento y también después para tener supervivientes de cáncer con menos discapacidades.

¿Cuál es la experiencia de los pacientes que hacen ejercicio?
El paciente con cáncer quiere que el oncólogo le informe acerca de los beneficios del ejercicio, le dé seguridad sobre esa práctica y le explique qué ejercicio puede hacer. Hay algunos que no pueden, pero la mayor parte sí. En los programas de investigación que tenemos de ejercicio de alta intensidad, los pacientes se ven muy reconfortados cuando comprueban que están entrenando a un nivel alto y eso les está proporcionando una mejor condición física.
¿Qué transmiten al equipo médico?
Hay cosas muy bonitas que los pacientes cuentan. Una es que sienten que están luchando contra el cáncer. Es decir, el ejercicio les da un protagonismo, experimentan que pueden contribuir a lo que está haciendo el oncólogo. La segunda es bastante común: dicen que, cuando sudan, sienten que están expulsando la parte mala de la quimioterapia.
¿Esa experiencia tiene base científica?
Obviamente, eso no tiene un correlato científico. No es verdad que haya que sudar la quimioterapia, pero que el paciente sienta que de alguna forma el ejercicio le está ayudando a liberarse de una parte que él considera mala y que le haga sentir más limpio, por así decirlo, es también una parte muy bonita de la percepción de los efectos del ejercicio físico.
¿Qué más cuentan?
Otra cosa muy bonita que nos dicen es que el ejercicio les ayuda a reconectar con las personas que fueron tras la catástrofe emocional que supone un diagnóstico de cáncer. Otro comentario muy común es la ayuda que les supone cuando en el momento del diagnóstico les ofrecemos la posibilidad de entrenar en el ámbito de las investigaciones que tenemos. Les da la oportunidad de pensar en otra cosa y les ayuda mucho a gestionar ese momento del diagnóstico.
Algo que nos han enseñado los pacientes es que nosotros podemos hacer mejor ciencia y mejor práctica clínica, si contamos con las personas a las que van dirigidas. El «todo para el paciente» pero sin el paciente no tiene sentido.
¿Ese papel activo del paciente era impensable cuando usted comenzó a ejercer como oncóloga?
Esa es una gran victoria de los pacientes y una enseñanza para los profesionales, que también estamos aprendiendo todo el tiempo. Algo que nos han enseñado los pacientes es que nosotros podemos hacer mejor ciencia y mejor práctica clínica, si contamos con las personas a las que van dirigidas. El «todo para el paciente» pero sin el paciente no tiene sentido. Si tú no escuchas o no te crees lo que dicen los pacientes, tienes mucho más difícil ayudarles.

