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Dioxinas y alimentos

Ni todas las dioxinas son un peligro ni todas las no dioxinas carecen de actividad dioxina

Dioxina, dioxinas y alimentos

Dioxina es el compuesto 2,3,7,8-tetracloro-dibenzo-p-dioxina (2,3,7,8-TCDD), uno de 22 posibles isómeros de las dibenzo-p-dioxinas tetracloradas, y uno de los 75 posibles congéneres de las dibenzo-p-dioxinas policloradas (PCDD). Entender esta jerga es necesario para hablar con propiedad de un tema del que demasiadas veces se hace demagogia, tanto para estigmatizar como para banalizar.

Si la 2,3,7,8-TCDD es la más conocida de este grupo de compuestos orgánicos clorados es porque es la más peligrosa y tóxica de las PCDD: basta menos de 1 µg (un microgramo es una millonésima de gramo) por vía oral para matar un animal como el cobaya. Se la considera habitualmente, por tanto, como el compuesto artificial más letal jamás sintetizado, intencionada o involuntariamente, por el hombre. Remárquese lo de artificial, pues no pocas toxinas -llámase así a los tóxicos que sintetizan los organismos vivos- resultan marcadamente mucho más mortales. Tal es el caso de las toxinas que fabrican microorganismos con el “Clostridium botulinum” o el “C. Tetan”, causantes del botulismo y del tétanos, respectivamente.

Por otra parte, otras especies empleadas como animales de experimentación no son tan sensibles como el cobaya a los efectos tóxicos inmediatos de la 2,3,7,8-TCDD. Algunos roedores requieren dosis mil veces superiores para morir. No pocos matarratas y algunos insecticidas de los que se emplean de forma corriente resultan mucho más peligrosos si se toman como referencia esos datos. De otro lado, parte del problema está en determinar si los seres humanos se sitúan entre las especies más sensibles, o entre las menos, a estos efectos agudos de la 2,3,7,8-TCDD.

Efectos a medio y largo plazo

Lo que más preocupa de las dioxinas es lo que produce o puede producir a medio o largo plazo. En particular, sus potenciales propiedades teratogénicas (malformaciones en el feto) y carcinogénicas (aparición de tumores malignos). Hay que advertir que la evidencia de que las PCDD son carcinógenas en humanos es bastante débil, y que casi toda ella proviene de extrapolaciones de estudios experimentales con animales. Suficiente, en cualquier caso, para tener más que fundadas sospechas de que pueden también serlo para nosotros.


Si la duda científica existe es, sobre todo, porque a una rata se le puede administrar el producto en condiciones controladas de laboratorio, hacer un seguimiento y observar qué ocurre. Con un humano eso no es ni legal ni factible, y la aproximación más cercana que se puede llevar a cabo es el estudio epidemiológico de poblaciones expuestas de forma accidental, como la de veteranos del Vietnam o la de la población de Seveso, aunque aquí la interpretación resulta siempre difícil por la cantidad de factores confundentes (por ejemplo, la dieta, el alcoholismo o el tabaquismo).

Un último punto a tomar en consideración es que no todas las dioxinas presentan la gran actividad biológica adversa que presenta la 2,3,7,8-TCDD y resultan, por ende, bastante “inocuas”. Más todavía, compuestos que no son químicamente dioxinas (o, mejor, PCDD), sí la presentan. Tal es el caso de algunos dibenzofuranos policlorados (PCDF) y de algunos bifenilos policlorados (PCB), aunque hay todavía otros ejemplos menos abundantes y conocidos. Por ejemplo los análogos a PCDD, PCDF o PCB pero que, en lugar de cloro, llevan bromo (son, por tanto, polibromados).



(*) Raimon Guitart es Profesor Titular de Toxicología, Universitat Autònoma de Barcelona. http://quiro.uab.es/tox

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