El mal de las vacas locas

Por xavi 12 de abril de 2001

España, al igual que media Europa, lleva unos años enfrentándose a la crisis alimentaria más virulenta de los últimos tiempos. La causa es el llamado “mal de las vacas locas”, una encefalopatía espongiforme de carácter transmisible capaz de superar la barrera de las especies. La crisis, originada en Gran Bretaña por el uso masivo de harinas cárnicas en alimentación animal, ha generado una enorme alarma social al tiempo que un despliegue científico sin precedentes para poner cerco al prion, el agente causal, y a sus mecanismos de transmisión.

El mal de las vacas locas

El llamado mal de las «vacas locas», o Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB), empezó a cobrar vida en 1986. Primero de forma inadvertida, luego de forma ya más generalizada, empezaron a detectarse en Gran Bretaña animales enfermos que presentaban alteraciones nerviosas manifiestas que culminaban con su muerte. El análisis al microscopio de su cerebro revelaba un aspecto que recordaba en mucho al de las esponjas. Nacía así el enigma de la EEB, una enfermedad que ha sido capaz de saltar la barrera de las especies.

Al tratarse de una enfermedad que afecta al sistema nervioso, produce cambios en el comportamiento de los animales. Por este motivo, el ganado vacuno, debido a la elevada presencia de sus carnes y productos derivados en el mercado y a las posibilidades de transmisión directa, se ha convertido en el de mayo riesgo para consumo humano. La enfermedad suele manifestarse en animales de dos o más años, en su gran mayoría vacas lecheras. Como medida de precaución, se ha restringido el consumo de su carne a animales menores de 30 meses.

Una vez que se conoció la enfermedad animal, y creyendo que se trataba de un proceso que sólo afectaba a animales, se describió una nueva enfermedad en el hombre en el año 1996 (nueva variante de la enfermedad de Creutzfeld-Jakob), que se ha asociado a la existencia de priones similares a los de vacuno. A partir de aquí, los consumidores perdieron su confianza en las autoridades sanitarias y rechazaron el consumo de carne y de productos cárnicos, mientras que las autoridades británicas procedían a desarrollar estudios que permitiesen conocer las causas de la nueva enfermedad y cómo controlarla.

El sistema de control más eficaz se evidenció en el consumo de harinas elaboradas con residuos de animales enfermos o portadores de priones. Es entonces cuando el gobierno británico prohíbe las harinas de origen animal para la alimentación de rumiantes en su territorio, pero permite su exportación a otros países, lo que provoca la diseminación del proceso a toda Europa.

A partir del mes de noviembre de 2000, la Unión Europea comienza a tomar conciencia del problema y se comienzan a aplicar medidas que eviten el consumo de las harinas animales. Este proceso se ha dado en toda Europa aún cuando se conocía el riesgo de su existencia en otros países e incluso, habiendo legislación concreta para evitar su diseminación. Así, en estos últimos años (desde 1994-1995) se han publicado diversas normas dirigidas a establecer las medidas de protección contra la enfermedad.

Entre el conjunto de normas, hay que destacar aquellas que afectan muy directamente a los productores de carne, prohibiendo el empleo de harinas animales en la alimentación de rumiantes, y a los mataderos, como filtros sanitarios, ya que establecen la obligatoriedad de separar y retirar de las cadenas alimenticias humana y animal los denominados Materiales Específicos de Riesgo (MER): cráneo, ojos, amígdalas, médula espinal de vacuno, ovinos y caprinos de más de 12 meses de edad, y el bazo de ovinos y caprinos de todas las edades.

No obstante estas medidas fueron burladas. Los ganaderos, consciente o inconscientemente, emplearon estas harinas en la alimentación del ganado, especialmente en los animales lecheros (los más susceptibles de padecer la enfermedad), y las autoridades agrarias no tomaron ninguna medida preventiva especialmente rigurosa en el control de la enfermedad. En consecuencia, la enfermedad se presenta como crisis alimentaria y ganadera a finales de 2000, situación en la que nos encontramos hoy.

El agente del mal

Las enfermedades espongiformes están causadas por la alteración de priones, formas proteicas presentes en todos los vertebrados superiores.

El prión (PrPsc), una molécula de naturaleza proteica, es el agente responsable de las enfermedades espongiformes (EET). Se trata de un agente transmisible (causante de una infección) no convencional, muy similar al que causa el prurigo lumbar de los ovinos y caprinos (scrapie en inglés), también denominado tembladera del ganado ovino. Se le atribuyó el término de prión, en la medida en que la única molécula detectable, vinculada a la infección, es una proteína resistente a los sistemas de detoxificación o inactivación naturales (proteasas en general y, en particular, la proteasa K). Los priones proceden de proteínas normales, denominadas PrP, y son frecuentes tanto en personas como en animales.

Los priones, por mecanismos todavía poco conocidos, puede cambiar su estructura normal y sana por otra anómala. Es esta segunda forma la que, en contacto con las membranas celulares de neuronas, inicia la propagación de la enfermedad. Es en las membranas de las células nerviosas donde la transformación de priones normales en anómalos es progresiva y no se detiene. Este fenómeno es lento y requiere mucho tiempo, pero la consecuencia final es siempre la misma: el bloqueo de la membrana y la muerte celular. Como consecuencia, el tejido, en este caso el encéfalo, sufre graves alteraciones hasta provocar finalmente la muerte del individuo.

Los priones, según ha podido constatarse en estudios experimentales, es una forma proteica muy resistente a la temperatura, a los cambios de acidez y a los desinfectantes. Así, no se altera por acción de las bajas temperaturas (ni de refrigeración ni de congelación). Sin embargo, se elimina por la acción del calor. A pesar de que resiste elevadas temperaturas, puede destruirse calentando los materiales contaminados o sospechosos en autoclave a 134-138ºC durante 18 minutos con al menos 3 atmósferas de presión.

Del mismo modo, determinados desinfectantes pueden disminuir la contaminación de materiales y superficies. Así, por ejemplo, las soluciones de hipoclorito de sodio (lejía) que contengan más del 2% de cloro disponible (la lejía concentrada doméstica tiene aproximadamente el 5% de cloro activo) o hidróxido de sodio (sosa) 2 N, aplicados durante más de una hora a 20ºC, son suficientes para inactivar al prión adherido a las superficies de trabajo en carnicerías o en granjas. No obstante, si hay que proceder a desinfectar material que pueda estar en contacto con alimentos o con otros animales, hay que dejar en contacto el desinfectante durante una noche (más de 8 horas).

Las medidas de descontaminación recomendadas reducen la concentración de proteína infecciosa activa, pero pueden resultar parcialmente ineficaces si el material tiene un nivel de contaminación elevado, y sobre todo, si el agente infeccioso está protegido por materias orgánicas secas. Esto se debe a que la suciedad secuestra los desinfectantes, reduciendo la cantidad de producto activo y aísla la proteína de las condiciones que la puedan destruir.

De esta forma, el agente infeccioso, posee una elevada persistencia (3 años) en los cadáveres de los animales sacrificados, incluso después de los tratamientos de desinfección habituales que se puedan realizar en matadero, así como en el suelo o en el medio ambiente.

Las claves de la epidemia

La EEB es una enfermedad producida por una proteína infecciosa, un prión anómalo, que transforma a la proteínas sanas en dañinas alterando su forma. Este mal se encuadra dentro de las denominadas encefalopatías espongiformes transmisibles, que incluye otras similares como el Scrapie, que afecta a ovejas y cabras, y la enfermedad crónica caquectizante del ciervo y del alce. Además, existe un grupo de enfermedades que afectan al hombre como el kuru humano o la enfermedad de Creutzfeldt Jacob (CJD).

La patología no sólo afecta a los bovinos domésticos.La enfermedad se puede reproducir en ovejas, cabras, ratas, visones, titíes y macacos y puede estar relacionado con enfermedades similares de ñalas (Tragelaphus angasi), cudúes mayores (Tragelaphus strepsiceros) y probablemente en órices del Cabo (Oryx gazella), órices de Arabia (Oryx leucoryx), elanes del Cabo (Taurotragus oryx), órices blancos (Oryx dammah) y bisontes (Bison visón). De la misma forma, se ha detectado en gatos domésticos y se sospecha en otros félidos como guepardos (Acinonyx jubatus), pumas (Felis concolor), ocelotes (Felis pardalis) y tigres (Panthera tigris).

La incidencia de la enfermedad en bovinos, durante la epidemia desatada en Gran Bretaña, es relativamente baja. En los rebaños afectados, la incidencia anual máxima detectada ha sido del 3%. No obstante, y dado que la EEB es una enfermedad mortal, se impone, por razones éticas, la eutanasia de los animales afectados o de los que existe la sospecha de que puedan estarlo.

Los mecanismos de transmisión

La EEB en los animales, especialmente en los domésticos, está provocada por la ingestión de piensos que contengan harinas de carne y huesos contaminados. Algunos datos indican un riesgo de transmisión materna para los terneros nacidos de madres afectadas. Aún no se conocen los mecanismos biológicos, pero esta vía no tiene significación epidemiológica, ya que una vez controlada la alimentación, la prevalencia del proceso disminuye incluso hasta desaparecer. Por otra parte, no existen pruebas de transmisión horizontal de la EEB entre bovinos.

Aunque esta parece la hipótesis más verosímil, hay quien plantea que el origen de la infección estuvo en una mutación genética en algunos animales. Esta teoría no puede justificar cómo se transmite de unos animales a otros. En cualquier caso, sí que hay una predisposición genética a sufrir la enfermedad, por lo que es una de las condiciones previas para que un animal enferme. En cualquier caso, la transmisión sigue una vía alimenticia.

La aparición de una nueva variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (1996 en el Reino Unido), que afecta a los humanos, indica la posibilidad de una transmisión al ser humano por vía oral, por el consumo de productos animales, especialmente de los denominados Materiales Específicos de Riesgo (MER).

Fuentes del agente patógeno

El agente patógeno se acumula especialmente en el sistema nervioso central (incluidos los ojos) de los animales clínicamente afectados (infección natural). No obstante, este tejido no es el único que se relaciona con la enfermedad. También se consideran MER los tejidos linfoides (ganglios linfáticos, amígdalas, timo y bazo). Es un tejido que actúa como primera línea de defensa del organismo y en él se encuentran las células de defensa. Probablemente, los priones se localizan en este tejido, quedando recluido en él durante un tiempo variable (más de 24 meses).

Distribución geográfica

El episodio principal, de fuente común, se registró en Gran Bretaña. Se han producido casos de EEB en otros países tras la exportación por Gran Bretaña de bovinos infectados o de harinas de carne y huesos contaminadas.

En el Reino Unido ha tenido un desarrollo muy rápido, afectando a gran número de animales de todo el país. No obstante, gracias a las medidas tomadas se consiguió reducir el número de casos casi en un 90% en 5 años. En otros países como Suiza, Irlanda, Portugal y Francia se han detectado casos de esta enfermedad debidos, posiblemente, a la importación de animales y principalmente por el consumo de harinas de origen animal contaminadas procedentes del Reino Unido. También han aparecido casos en Dinamarca, Italia, Bélgica, Liechtenstein, Luxemburgo y Países Bajos.

La enfermedad y su prevención

El período de incubación medio de la EEB suele a ser de 4 a 5 años. En el vacuno es una enfermedad de evolución, es decir, los síntomas van apareciendo, siendo inicialmente leves y terminando en un proceso mortal.

En los animales, después de un período en el que no manifiestan ninguna sintomatología (24-30 meses tras la infección), se produce una diseminación de los priones desde los tejidos linfoides hacia el Sistema Nervioso Central. Una vez localizado en las membranas nerviosas se induce a una degeneración neuronal, con la consiguiente muerte celular. Como consecuencia, se producen cambios en el comportamiento de los animales.

Estos cambios pueden evidenciarse sólo por pequeñas modificaciones en la reacción de los animales a los estímulos exteriores, como depresión o irritabilidad, dificultad para moverse o incluso pueden ser indicadores de una posible enfermedad neuronal cualquier tipo de cambio en el comportamiento habitual de los animales.

Los principales signos clínicos son de índole neurológica (aprensión, miedo, sobresaltos excesivos o depresión), movimientos anormales (fibrilación, temblores), ataxia locomotora con hipermetría y problemas neurovegetativos (disminución de la ruminación, bradicardia y alteración del ritmo cardíaco). Al mismo tiempo pueden presentarse prurito lumbar, aunque este signo no sea predominante, pérdida de peso y alteración del estado general.

Transcurrido un tiempo de evolución de la enfermedad, se evidencia incoordinación de movimientos, imposibilidad de mantenerse en pie los animales y, finalmente, se produce la muerte en el 100% de los casos.

Infección en humanos

La EEB se transmite a las personas por el consumo de tejidos contaminados procedentes de animales enfermos. Hasta el momento se han detectado “90” casos en el Reino Unido y otros tres en Francia. Se calcula que en el Reino Unido se liberaron a la cadena alimentaria unos 400.000 animales afectados por el mal. Esto significa que hasta el día de hoy hay una relación de un caso humano por algo más de 4.000 animales consumidos.

La enfermedad en las personas es lo que se denomina la nueva variante del síndrome de Creutzfeldt-Jakob. Es un proceso que se inicia con depresión y cuadros variables de tipo neurológico. A diferencia de la enfermedad clásica, suele afectar a personas relativamente jóvenes. Los síntomas se manifiestan tras un período de incubación comprendido entre 5 y 10 años y se resuelve con la muerte del individuo afectado tras una evolución clínica normalmente inferior a un año.

Diagnóstico

Inicialmente, cualquier cambio en el comportamiento de los animales puede ser sospechoso. No obstante, para poder entender lo complicado del diagnóstico hay que entender primero cómo se distribuye en los animales.

Los priones se ingieren, y entran en el animal o la persona, por alimentos contaminados. Una vez en el sistema digestivo son absorbidos directamente en el intestino delgado, acumulándose en unas áreas concretas que se denominan placas de Peyer. El tejido de esta zona está caracterizado por tener una elevada cantidad de células linfoides (glóbulos blancos). Estas células son una primera línea de defensa, de forma que los agentes extraños son retenidos, impidiéndose su diseminación.

Los priones se retienen durante largos períodos de tiempo en este tipo de tejido (más de 2 años en vacuno y de 5 a 10 años en personas). Transcurrido este tiempo se distribuyen por la sangre, pero no libres, sino en células mononucleadas (un tipo de células linfoides). Esto impide o limita su detección en la sangre, mediante análisis directos y dificulta su detección en animales vivos.

Durante la fase de diseminación, los priones van a llegar al tejido nervioso, iniciándose entonces el proceso que presentará signos clínicos y que finalizará con la muerte del individuo.

Tras la muerte, no se observan cambios o modificaciones visibles a simple vista en la autopsia. Sin embargo, se aprecia la presencia de una encefalopatía espongiforme característica en la mayoría de los casos.

Pruebas de laboratorio

Hoy por hoy no existe ninguna prueba de diagnóstico para detectar el agente de la EEB. El único método disponible para detectar la infecciosidad en fase terminal en los bovinos o los animales de otras especies es la inoculación parenteral de tejido encefálico en ratones. No obstante, esta técnica no es utilizable en la práctica ya que los períodos de incubación son de unos 300 días.

Del mismo modo, la ausencia de respuesta inmunitaria detectable en la EEB u otras encefalopatías espongiformes transmisibles excluye todas las pruebas serológicas.

La detección de la enfermedad propiamente dicha sólo es posible mediante un examen histopatológico del encéfalo de los animales clínicamente afectados a fin de buscar las modificaciones espongiformes características de la sustancia gris, que se encuentra simétricamente en los dos hemisferios, y luego evidenciación inmunohistoquímica de las acumulaciones de PrPsc específicas de la enfermedad.

Otra opción es el examen de las fibrillas, que evocan a las asociadas al prurigo lumbar, por técnicas de microscopia electrónica o electroforesis e immunoblotting a fin de detectar la isoforma específica de la PrPsc en muestras de tejido encefálico no fijado, fresco o congelado.

Recientemente se están desarrollando estudios para poder detectar el prión en sangre, bien de forma directa, tras el análisis de los glóbulos blancos o mediante la detección de determinadas substancias que se aprecian en la sangre de todos los afectados.

En todos los casos, las muestras de análisis se extraen preferentemente del encéfalo. Éste se extrae entero si se trata de un animal procedente de un país en el que acaba de aparecer la EEB o en el que la incidencia es baja; en función de la incidencia de la enfermedad, debe extraerse también el tronco cerebral o la médula espinal. La extracción para el examen histopatológico se ha de efectuar cuanto antes después de la muerte del animal.

Prevención y tratamiento

Hasta la fecha no ha podido desarrollarse ningún tratamiento eficaz para la EEB. Ello obliga a que los animales sospechosos de haber contraído la enfermedad deban ser sacrificados. El método usado es una inyección con una sustancia letal que no dañe el tejido cerebral, el cual se utilizará para el diagnóstico.

Pese a que no existe ningún tratamiento, pueden ponerse en práctica distintas medidas profilácticas a fin de evitar la extensión de la enfermedad. Las recomendadas son:

En países libres de la enfermedad:

– Vigilancia patológica orientada a la detección de síntomas nerviosos.

– Medidas de protección relativas a la importación de rumiantes vivos y/o de productos derivados.

– Decisiones reglamentarias para la importación de embriones.

En países donde se han registrado casos de EEB:

– Sacrificio con indemnización, para obtener confirmación de los casos.

– Control del reciclado de las proteínas procedentes de mamíferos.

– Sistema eficaz de identificación y rastreo de los bovinos.

Profilaxis médica

El personal de laboratorio que manipula tejidos procedentes de animales presuntamente afectados por la EEB debe usar ropa de protección adaptada y respetar estrictamente un código de buenas prácticas para evitar cualquier exposición al agente patógeno, altamente resistente a los tratamientos físicos y a muchos tratamientos químicos. La aparición reciente de una nueva variante de la enfermedad de Creutzfeld-Jakob indica que el agente patógeno puede ser infeccioso para el ser humano. La enfermedad no es contagiosa, por lo que en las operaciones de laboratorio se deben evitar principalmente las exposiciones iatrogénicas, oculares u oronasales accidentales.