Imprimir fotos digitales en casa

Los laboratorios profesionales ofrecen calidad a buen precio, pero el aficionado a la fotografía digital también puede montar el suyo en casa
Por Nacho Rojo 16 de agosto de 2004

Es muy difícil competir en calidad y precio con los laboratorios fotográficos, la mayoría de los cuales ofrecen la impresión de copias en papel fotográfico a partir de imágenes digitales. La inversión en impresora, papel de calidad, tinta y tiempo echa para atrás al aficionado más tenaz. Sin embargo, la impresión casera es una opción válida para trabajos inmediatos o que no exijan altísima calidad, con la posibilidad, además, de personalizar todo el proceso.

Impresoras, papel, tinta…

Existen diversos pasos que influirán en la calidad final de una imagen impresa en casa: la captura de la foto (en la cámara digital o en el escáner), el retoque de la imagen en un programa de edición y la impresora, papel y tinta utilizados.

Al enviar una foto por email, o publicar en Internet, lo importante es reducir el ‘peso’ de la misma y ajustarlo para su correcta visualización en un monitor; al contrario, cuando se trata de imprimir fotografías, el tamaño y la resolución de la imagen determinan la posibilidad de realizar mayores o menores ampliaciones en papel. A mayor tamaño (dimensiones en píxels -puntos de luz- de la imagen) y resolución (número de píxeles por pulgada o ppp) las ampliaciones en papel serán de mejor calidad. “El ojo humano no es capaz de apreciar diferencia a partir de 200 ppp. Pasar de ese nivel no conlleva en ningún caso una mejora de la calidad de la imagen”, explica Enrique Álvarez Labiano, de Pixelin.com.

Uno de los grandes atractivos de la fotografía digital son las enormes posibilidades de manipulación de la imagen. Con programas como Adobe Photoshop (de pago) o The Gimp (libre y gratuito) se pueden hacer auténticas diabluras con los píxeles o limitarse a hacer las mínimas correcciones para mejorar el brillo, contraste, color, enfoque y ajustar el tamaño y encuadre. El retoque de la imagen mediante un editor de imágenes vale tanto para imprimir la foto en casa como para entregarla en un laboratorio.

Las impresoras caseras más comunes son de inyección de tinta y ofrecen una resolución suficiente para imprimir fotos, aunque para un resultado óptimo habrá que irse a por las de “calidad fotográfica”, con resoluciones superiores a los 2.400 dpi (puntos por pulgada). Existen impresoras diseñadas especialmente para imprimir fotografías que utilizan seis o más colores de tinta en lugar de los cuatro estándar, utilizan otras tecnologías como sublimación térmica e integran distintas formas para no hacer necesario el ordenador: pantallas para previsualizar imágenes y hacer retoques básicos, puertos USB para conectar la cámara directamente, ranuras para alojar tarjetas de memoria, etc. Estos modelos orientados a la impresión fotográfica dejan en un segundo plano la velocidad de impresión para centrarse en la calidad de las copias.

Por descontado, también es vital saber manejar correctamente la impresora, desde cargar el papel hasta la configuración para establecer tamaño, orientación, resolución, velocidad de impresión, tipo de papel, etc., así como realizar el mantenimiento oportuno mediante la alineación y limpieza de cabezales.

Elegida la impresora, es igual de importante utilizar un papel de calidad y una tinta apropiada. La alternativa a la prueba-error y el derroche de papel es seguir las recomendaciones del fabricante, que básicamente son que la marca del papel y la tinta coincidan con el de la impresora. Un papel de calidad para la impresora es una buena inversión, ya que será determinante en el resultado final de la imagen. Los papeles especiales para imprimir fotografías reproducen mejor el color, ofrecen mayor contraste y retienen las gotas de tinta (en lugar de absorberse demasiado rápido y extenderse como en un papel normal), a la vez que se secan antes para evitar que la imagen se emborrone. De la misma forma, rellenar los cartuchos con tinta china o escoger marcas alternativas más económicas no son las mejores formas de garantizar un acabado perfecto.

Algunos consejos

Otra de las ventajas de la fotografía digital es que al aficionado no le tiembla el dedo a la hora de apretar el disparador. La dedicación y esmero que se pone al tomar una foto sobre un negativo -valorando las fotos que quedan y con el precio del carrete, el revelado y la copia en la cabeza- se resuelven con una cámara digital con la que tirar cientos de fotos sin gastar nada más que batería.

Sin embargo, el principal problema se encuentra cuando las imágenes descargadas en el ordenador se quieren pasar a papel. En este proceso es más fácil gastar papel, tinta y tiempo suficiente como para perder la paciencia. Por eso no está de más que el usuario que decida imprimir en casa en lugar de encargar las copias en un laboratorio siga algunos consejos que aportan los profesionales en fotografía digital para que su afición no derive en pesadilla:

  • Al descargar las fotos desde la cámara al PC es importante asegurarse que bajan a la mayor resolución, que será en la que se imprima, ya que hay algunos programas que adaptan los tamaños para enviar las imágenes por email.
  • Cerciorarse de que la foto que aparece tan lustrosa en la pantalla tiene suficiente calidad para ser impresa y también tener en cuenta el tamaño (el tamaño en pantalla no tiene nada que ver con el tamaño al que saldrá impresa). Existen diversos parámetros que sirven de guía para saber qué pasará en la impresora con determinada foto: pensando en copias de hasta 20×25 de aceptable calidad podemos mirar que el fichero pese al menos 400K o, más preciso, que contenemos con una resolución de 1600×1200 o superior.
  • Abrir la foto en un editor de imágenes para tratar de mejorarla antes de imprimirla. En pocas ocasiones la foto tomada con la cámara digital viene con el encuadre, el contraste, el color y la definición perfecta. Ajustar estos parámetros sin entrar en más detalles es bastante sencillo -también se puede confiar en los niveles automáticos del programa- y si no se obtiene un resultado satisfactorio basta con no guardar los cambios.
  • Conviene tener en cuenta que cada vez que manipulamos la imagen y la volvemos a guardar en el formato JPEG (el más común), ésta va perdiendo algo de información. La solución es realizar todos los cambios de una sola vez, guardar la nueva imagen con otro nombre para conservar el original o realizar los retoques en el formato TIFF, que no compromete la calidad y, sólo al final, la última vez que demos a guardar los cambios, se debe utilizar el formato JPEG.
  • Habida cuenta de que el papel fotográfico no es especialmente barato, conviene poner cierto cuidado en su manejo: no tocar ambas caras del papel para no dejar huellas, guardarlo en su embalaje original en lugar seco y fresco, y no exponerlo a altas temperaturas ni a humedad. Tras la impresión, es importante no manipularlo ni guardarlo (ni dejar que una foto caiga sobre otra en la bandeja de la impresora) hasta que esté completamente seco (no menos de 10 minutos).
  • Para aprovechar el papel hay que ajustar las imágenes a los bordes, y así poder imprimir nuevas fotos en el sobrante de la misma hoja y asegurarse de que las preferencias de impresión son las correctas antes de dar al botón.
  • La tinta también es cara y no se debe derrochar. Si se va imprimir una imagen de gran resolución en un formato pequeño bastará con elegir una calidad de impresión estándar, pues en la máxima calidad la impresora tirará más tinta de la necesaria sin que se note en el acabado de la fotografía.
  • Esperar al menos seis horas antes de enmarcar una foto y no colgarla en una pared expuesta directamente el sol.

¿En casa o en el laboratorio?

Aunque las impresoras son muy baratas, no lo es el papel fotográfico ni la tinta, por lo que la opción más cómoda y barata es acudir a un laboratorio profesional, que además ofrece garantías sobre el resultado.

Precio

Una foto 10×15 en laboratorio cuesta entre 0,21-0,30 euros, más o menos lo mismo que el ‘papel fotográfico’ de calidad normal para impresora (una hoja A4, con la que podríamos realizar muy justas dos copias 10×15, cuesta alrededor de 0,50 euros). A eso habría que añadir el precio de la tinta, unos 0,20 euros por hoja, y la amortización del precio de la impresora. “El coste del papel, los cartuchos de tinta y la impresora suponen un coste unitario muy elevado: se calcula que de media cuesta un 400% más imprimir en casa que revelar el laboratorio”, según Álvarez Labiano.

Para hacerse una idea, las impresoras especiales para imprimir directamente desde la cámara digital, sin necesidad de ordenador, aseguran un gran ahorro por foto, cuando el coste medio por copia 10×15 es de 0,39 euros según Epson y hasta 0,80? en los modelos de Kodak, siempre más caro que en los laboratorios.

Calidad

En el laboratorio Dinasa aseguran que, sin entrar en precios, una impresora casera difícilmente puede competir con sus equipos profesionales (dos impresoras digitales con una resolución de 400 dpi de tono continuo, comparable a una resolución de 4.000 dpi en impresoras de inyección de tinta), y también creen que el papel fotográfico que utilizan es mejor que el que se vende en las tiendas para impresoras personales.

Mauricio Blanco, supervisor técnico de Kodak España, explica que lo más utilizado para imprimir fotos digitales son las impresoras láser, tanto en laboratorios industriales (con equipos más avanzados) como en los mini-laboratorios instalados en las tiendas. “Los cañones láser pintan la imagen sobre papel fotográfico tradicional, que se revela con el proceso químico de toda la vida, exactamente igual que se hace con las fotos analógicas, con la salvedad de que en estas es necesario escanear previamente el negativo”.

Los equipos de revelado “requieren una inversión mucho más elevada que las impresoras a cambio una resolución mejor”, según Álvarez Labiano. “En la impresión se depositan una serie de gotas de dimensiones minúsculas sobre un papel de mejor o peor calidad, formando una matriz de puntos de colores que constituye la imagen. En el revelado, sin embargo, se proyecta ópticamente sobre papel una imagen que lo ‘vela’, y se introduce posteriormente en los baños químicos que revelan la foto, fijan los colores y los estabilizan.

De la misma forma, continúa Álvarez Labiano, “el papel fotográfico utilizado en el revelado se diferencia del de la impresión en que es fotosensible. Aparentemente los papeles (tacto, grosor, apariencia) parecen similares. La diferencia no se aprecia en un primer momento, pero pasados unos años la foto revelada en baño químico mantiene los colores vivos durante más de 30 años, mientras que la foto impresa se estropea pasados unos meses”.

Gana el laboratorio

Parece evidente que la impresión casera a partir de imágenes digitales sólo está justificada si existe una gran afición de por medio. Para empezar, hace falta un buen equipo y material: “una impresora de seis tintas y 2.880×2880 dpi junto a papel de buena calidad y alto gramaje”, recomienda Hugo Rodríguez (www.hugorodriguez.com), profesor de técnica fotográfica en el IEFC. Y después, “mucho gasto en tinta, tiempo y, sobre todo, conservar las fotos enmarcadas para evitar que el aire circule, pues es el culpable de que las imágenes se decoloren a los pocos meses”, añade.

Hugo Rodríguez opina que es “totalmente cierto” que los laboratorios ofrecen mayor calidad a menor precio, “si se da por supuesto que en el laboratorio se trabaja con profesionalidad, algo que en ocasiones es mucho suponer”. El profesor de fotografía ha comprobado en las copias de sus alumnos que existen algunos laboratorios que hacen “trabajos nefastos, especialmente si revelan una película que luego escanean e imprimen a partir del escaneo”.

Para Rodríguez imprimir en casa tiene sus ventajas “por la inmediatez y para cosas pequeñas, pero no para copias perdurables o trabajos de alta calidad”. Es verdad, asegura, que en casa se puede conseguir la calidad de los laboratorios, si no se tienen en cuenta “la durabilidad ni lo difícil que es conseguir constancia y fidelidad en los colores”. En cuanto al precio, si se es realista, hay que tener en cuenta el papel y tinta gastados en pruebas que van a la basura, la limpieza periódica y realineación de cabezales. Tampoco hay que olvidar las ocasiones en que a la impresora no le apetece imprimir bien, lo poco que duran los colores y, en consecuencia, la necesidad de repetir la impresión al cabo de un tiempo, por lo que merece la pena acudir al laboratorio. “Incluso sin tener todo esto en cuenta, el coste de papel y de tinta con impresoras de calidad fotográfica de 6 o 7 tintas, está por encima del coste de imprimir en un laboratorio”, añade.