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Ningún niño sin comida
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Susceptible adolescencia

La adolescencia es una etapa crítica en la que las inquietudes de los jóvenes se traducen en conductas y actitudes muchas veces incomprensibles

  • Autor: Por MONTSE ARBOIX
  • Fecha de publicación: 26 de marzo de 2007
Imagen: Carf / Flickr

Bien es sabido que la adolescencia, un periodo crítico en las etapas de desarrollo, comporta cambios físicos y psicológicos que hacen que el individuo adquiera una identidad propia. Debido a los notables cambios, el adolescente vive en un mar de problemas, inseguridades, dudas y contradicciones que se traducen en cambios bruscos de humor. Ahora, investigadores estadounidenses sospechan que una hormona ayudaría a explicar estos cambios de humor y ansiedad exteriorizada por muchos jóvenes.

En la búsqueda hacia una nueva identidad los adolescentes deben desarrollar confianza en sí mismos y el sentido de la autonomía, de la iniciativa (tienen una imaginación y una ambición sin límites) y de laboriosidad (elegir profesión). La necesidad de establecer un concepto de sí mismo le impone aceptarse, con sus debilidades y sus fortalezas. Habitualmente, los adolescentes que se sienten aceptados y queridos por sus familias tienden a ganar confianza y sentirse bien consigo mismos. Por el contrario, los que tienen dificultades a este nivel muchas veces tienden a no integrarse en grupos afines por problemas para establecer relaciones, desarrollan una imagen desfavorable de sí mismos y tienen una baja autoestima.

El concepto que los adolescentes perciben de sí mismos depende en gran parte de la impresión que ejercen sobre los demás, sobre todo del grupo de amigos. Todo este escenario dificulta el desarrollo de una identidad estable y suele traducirse en cambios de humor, discusiones, poca comunicación con los adultos y un sinfín de reacciones desconcertantes. Además, en ocasiones surgen dudas sobre la identidad sexual, que va desde el autoerotismo hasta la heterosexualidad genital manifiesta, lo que no hace si no empeorar la situación. Un estudio realizado por expertos estadounidenses acaba de identificar ahora el papel que juega una hormona en todos estos cambios.

La alopregnanolona

Una hormona que habitualmente sirve para apaciguar a adultos y a niños pequeños en situaciones estresantes aumenta la ansiedad en los adolescentes, según un estudio reciente publicado en Nature Neuroscience. La investigación, coordinada por Sheryl Smith del SUNY Downstate Medical Center de Nueva York (EEUU), ha demostrado este particular efecto en ratones hembra adolescentes centrándose en la hormona alopregnanolona (THP). La TPH, que se produce en respuesta al estrés y suele actuar para reducir la ansiedad, tiene una respuesta atípica en los ratones adolescentes: actúa en un inusual receptor inhibitorio provocando un incremento del estrés.

Aproximadamente el 50% de los adolescentes que experimentan una depresión grave tienen probabilidades de seguir presentando depresión en la edad adulta

Los expertos afirman que si el mecanismo se produjera de forma similar en los humanos, explicaría por qué el estrés genera tanta ansiedad a los adolescentes. En muchas especies, la pubertad marca el momento de abandonar el núcleo familiar, y la ansiedad en este momento de desarrollo puede contribuir a mantener una actitud de alerta que aumentaría las probabilidades de supervivencia. Pese a ser necesarios más estudios para concretar qué sucede en el adolescente humano, este descubrimiento es muy significativo. Los cambios emocionales que sufre en esta etapa no siempre son buenos; las respuestas al estrés se incrementan y la ansiedad aparece por primera vez, con una tasa superior en mujeres, junto al riesgo de suicidio.

Prevenir la depresión

La depresión constituye un problema frecuente con tasas de prevalencia elevadas que alcanzan el 8% en las personas jóvenes. Por lo general, la enfermedad depresiva empieza en la adolescencia o los años de adulto joven. Alrededor del 15 al 20% de los adolescentes en EEUU ha presentado un episodio severo de depresión, que es similar a la proporción de adultos. La depresión en jóvenes se caracteriza por un sentimiento constante de tristeza, desánimo, pérdida de la autoestima y ausencia de interés en las actividades habituales. Los especialistas afirman que puede darse como respuesta a situaciones de estrés, a consecuencia del proceso de maduración de la influencia de las hormonas sexuales y de los conflictos de independencia con los padres.

Los adolescentes que presentan baja autoestima o que perciben poco sentido de control sobre los sucesos negativos son muy autocríticos y presentan un riesgo particular de deprimirse frente a situaciones de estrés. El tratamiento habitual suele ser efectivo y puede prevenir además episodios posteriores. Sin embargo, aproximadamente el 50% de los que experimentan una depresión grave tienen probabilidades de seguir presentando depresión en la edad adulta. La depresión, que frecuentemente está asociada a otros trastornos psiquiátricos como ansiedad, suele interferir con el rendimiento escolar y las relaciones personales y también se relaciona con comportamiento imprudente y violento.

El National Health and Medical Research Council asocia la depresión en los jóvenes con bajo rendimiento académico, disfunción social, abuso de alcohol o sustancias estupefacientes, intentos de suicidio y casos de suicidio consumado. Además, debido a las características de comportamiento de esta etapa de desarrollo, el diagnóstico es complejo. La preocupación de las autoridades sanitarias en todo el mundo por este tema se ha traducido en la elaboración de gran número de programas de prevención. Una revisión de la Biblioteca Cochrane sobre el efecto de las intervenciones psicológicas y educativas para prevenir la depresión en niños y adolescentes constata que los programas psicológicos de prevención son efectivos para prevenir la depresión a corto plazo con, además, una disminución en la enfermedad depresiva durante un año. No obstante, los revisores observaron que la mayoría de los ensayos se centraron en intervenciones psicológicas y existen pocos estudios sobre intervenciones educativas.

CONDUCTORES ADOLESCENTES

Aprender a conducir, a parte de ser un gran reto para los adolescentes y sus padres, conlleva muchos riesgos. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2002 los accidentes de tráfico se cobraron 1,18 millones de vidas y causaron traumatismos a unos 30 millones de personas más. Si la tendencia actual se mantiene, en 2020 el número anual de muertes y discapacidades por accidentes de tráfico habrá aumentado en más del 60%, convirtiéndose en el tercer factor más importante en la lista de la OMS de los principales factores de mortalidad (en 1990 los accidentes de tráfico ocupaban el noveno lugar).

En España, los accidentes de tráfico constituyen la quinta causa más frecuente de muerte, sólo por detrás de las enfermedades cardiovasculares, las neoplásicas, las respiratorias y las digestivas. Pese a que los adolescentes tienen la sensación de ser más hábiles y con más reflejos, la conducción imprudente sigue llevándose vidas adolescentes por delante. La mitad de las víctimas en la carretera suelen ser jóvenes y adolescentes de entre 15 y 24 años, fundamentalmente de sexo masculino, un grupo de población en los que confluyen factores de riesgo añadidos como la inexperiencia al volante o el consumo de alcohol y drogas durante los fines de semana.

Son multitud los factores que ayudan a ocasionar accidentes en carretera: después de oscurecer por que los reflejos y las habilidades del conductor novel están desarrollándose en los primeros meses, cuando se conduce con amigos o por diversión. Los expertos en prevención insisten que, durante los seis primeros meses después de obtener la licencia correspondiente, los nuevos conductores deberían ganar experiencia antes de conducir en horas de diversión, sobre todo, nocturnas. Por no abrocharse el cinturón, por somnolencia que provoca más accidentes que el alcohol, después del consumo de alcohol, marihuana o cualquier otro tipo de alucinógeno, y por distracción, como cualquier otro conductor, al realizar acciones como encender un cigarrillo, poner la radio, comer, beber, maquillarse o utilizar el móvil.




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