El accidente cerebrovascular se produce cuando el flujo sanguíneo que llega al cerebro se interrumpe (ictus isquémico) o cuando un vaso sanguíneo se rompe (ictus hemorrágico), lo que provoca la muerte de las células cerebrales en cuestión de minutos.
En España, miles de personas conviven con secuelas derivadas de un ictus que pueden afectar a la movilidad, la comunicación, la memoria, la conducta o la autonomía personal. Esto tiene un impacto profundo no solo a nivel individual, sino también en el ámbito familiar, social y comunitario.

Prevenir para frenar la ‘pandemia silenciosa’ del ictus
A pesar de su gravedad, la evidencia científica es clara: hasta el 90 % de los ictus podrían prevenirse, si se controlan de manera adecuada los principales factores de riesgo y se adoptan hábitos de vida saludables de forma sostenida.
Lejos de disminuir, la incidencia del ictus continúa siendo motivo de preocupación. Estudios recientes indican que en España no se ha producido una reducción significativa de los casos en la última década, lo que pone de manifiesto la necesidad urgente de reforzar las estrategias de prevención primaria.
Además, se ha observado un incremento cercano al 25 % en la incidencia entre personas adultas de 20 a 64 años. Este dato, especialmente relevante, desmonta la idea de que el ictus sea una enfermedad exclusiva de edades avanzadas y evidencia la influencia creciente de factores de riesgo no controlados, pero sobre los que es posible intervenir.
Frente a esta realidad, la prevención primaria se presenta como la herramienta más eficaz para frenar la llamada ‘pandemia silenciosa’ del ictus. En este contexto, la educación para la salud, el seguimiento continuado y el acompañamiento a lo largo de las distintas etapas de la vida resultan fundamentales.
Factores de riesgo de un ictus
Como potenciales causantes del ictus, existen diferentes factores de riesgo que multiplican las posibilidades de padecerlo. Estos factores de riesgo son como papeletas que metemos en una tómbola en la que el premio es una enfermedad que nos acompañará de por vida.
Para hacernos una idea más clara, conviene diferenciar entre los factores sobre los que podemos actuar (cambiar nuestra forma de vida para, así, disminuir el riesgo) y aquellos que no.
👉 Principales factores de riesgo modificables
Podemos prevenirlos y, además, son los que más influyen: tensión elevada/hipertensión arterial, obesidad (o exceso de peso), dislipemia (colesterol elevado), sedentarismo (no hacer suficiente ejercicio físico…) o consumo de tabaco y/o alcohol.

👉 Principales factores de riesgo no modificables
No podemos prevenirlos: sexo (el ictus afecta más a la población femenina), haber padecido otro u otros ictus previamente o estar tomando tratamiento anticoagulante.
Importancia de seguimiento y control de factores de riesgo
Con un buen control de los factores de riesgo que podemos modificar (tensión, peso, colesterol, sedentarismo, tabaco, alcohol) es posible reducir en gran medida el riesgo de tener un ictus, así como de desarrollar más complicaciones en caso de sufrirlo. Por lo que es fundamental actuar antes de que aparezca la enfermedad para evitar el daño o minimizar sus consecuencias si se produce. Para ello, es necesario:
- seguir las recomendaciones del personal médico y de enfermería de Atención Primaria.
- tener bajo control las enfermedades crónicas.
- realizar los controles pertinentes en las fechas marcadas, tanto del hospital como de Atención Primaria.
- mantener un estilo de vida saludable y activo.
Para más información, puedes consultar a tu enfermera o enfermero de Atención Primaria, quien te orientará sobre las medidas más adecuadas para tomar en tu caso concreto.
✍️ Eduardo Coto (Asociación Galega de Enfermería Familiar e Comunitaria – AGEFEC) y Noelia Rivadas (Dano Cerebral Galicia).


