Entrevista

«Cada enfermo de sarampión puede contagiar a 18 o 20 personas»

Jaime Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología
Por Francisco Cañizares de Baya 16 de abril de 2026
entrevista Jaime Pérez Martín
Los avances en salud pública no son, aunque a veces lo parezca, ni lineales ni irreversibles. En ocasiones se producen retrocesos. La retirada a España del estatus de país libre de sarampión por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es un ejemplo. Gozaba de esta situación desde 2017, pero la reducción en las tasas de vacunación ha hecho que los brotes sean cada vez más frecuentes. Jaime Pérez Martín, presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV), alerta sobre el peligro potencial de un agente infeccioso desconocido para la mayor parte de la población e invita a reflexionar sobre la vacunación, la más eficaz de evitar sus efectos, y sobre la conspiranoia sobre las vacunas, un fenómeno creciente cuyas consecuencias pueden alcanzar a toda la población.
¿Qué supone para la salud pública que el sarampión vuelva a estar en circulación?

España era un país en el que podíamos estar seguros con respecto a la transmisión o contagio del sarampión y, sin embargo, ahora ya no podemos estarlo, aunque afortunadamente no tenemos las cifras que se registran en otros países. Hay que puntualizar que la certificación de estar libre de sarampión no asegura que no vaya a haber casos, sino que no va a haber una transmisión continuada.

La valoración se ha hecho basándose en los datos de 2024. ¿Cómo ha sido la evolución desde entonces?

Las cifras de 2025 han ido en aumento. Es algo a tener muy presente porque el incremento de casos de sarampión nos pone en riesgo a todos: a los niños que no se han podido vacunar porque todavía no tienen la edad, a las personas inmunodeprimidas que no pueden vacunarse (entre el 5 % y el 10 % de la población), así como a cualquier otra persona que no lo haya hecho.

¿Puede tener una repercusión grave?

En la medida en que se controle no tendrá una trascendencia grave para la salud pública. Pero si no conseguimos controlarlo y ocurren brotes como en otros países de nuestro entorno y de América, nos encontraremos cara a cara con una enfermedad que produce aproximadamente un 30 % de hospitalizaciones, complicaciones con la inmunidad en un número importante de casos y, por desgracia, con muertes: un 2 % o un 3 % de cada 1.000 pacientes fallecen.

¿Es una infección muy contagiosa?

Junto con la tosferina, es la enfermedad más contagiosa que tenemos en el calendario vacunal. Cada enfermo puede llegar a contagiar a 18 o 20 personas. Esta capacidad hace que para cortar los brotes haya que actuar muy rápidamente y comprometa en ocasiones otras actividades del sistema sanitario.

¿Qué porcentaje de la población debería estar vacunada para evitar la transmisión?

Al menos el 95 % tiene que estar vacunada con dos dosis. Es algo que en los últimos años no se viene consiguiendo en España. Tenemos de media un 94 % y algún año menos de ese porcentaje. Hay comunidades autónomas que están lejos de ese 95 %.

¿El hecho de que muchas personas desconozcan los efectos que puede tener la enfermedad contribuye a que hayan bajado las tasas de vacunación?

Es uno de los factores que más influye: no se tiene miedo. El sarampión ha estado muy controlado en España durante años y eso repercute en que las personas, incluso los profesionales sanitarios, no hayan convivido con él. Con lo cual, la sensibilidad hacia la enfermedad es menor y, al mismo tiempo, la capacidad de diagnóstico también es menor.

¿Influye el movimiento antivacunas en el descenso de la vacunación?

Aunque aquí no sea tan potente como en otros países, sí que ha sumado algunos adeptos en los últimos años. Es una pena, porque algo que todos tenemos que tener claro es que el sarampión representa un peligro para la salud pública y, sobre todo, para la salud individual de cada persona que no se vacuna.

Jaime Pérez Martón AEV
Imagen: Sociedad Española de Vacunología
Una encuesta de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECIT) dice que el 50 % de los encuestados considera que las compañías farmacéuticas ocultan los peligros de las vacunas. ¿Los efectos adversos pueden ser peligrosos?

Todas las vacunas, incluso las que son muy seguras como la del sarampión, pueden producir febrícula, sobre todo a los siete u ocho días de administrarla. En general, suele quedarse ahí. Es verdad que alguna reacción adversa puede ser más grave, pero son muy poco frecuentes.

¿Hay una crisis de credibilidad de las vacunas?

No tendría sentido que la hubiera. El umbral de seguridad que tienen las vacunas es mucho mayor que el de otros fármacos. Eso tiene que quedar muy claro. Hay que pensar que son un producto biológico que no está libre de reacciones adversas, pero su alcance es muy limitado. Lo que caracteriza a las vacunas no son las reacciones adversas, sino la seguridad, clarísimamente.

¿En cuántas personas se prueba una vacuna?

Pueden ser aproximadamente 40.000, pero a veces el efecto adverso se registra en una de cada 100.000. Los que son muy raros sí pueden escapar a los controles de un ensayo clínico, pero el resto se detectan, y son los que tienen en cuenta las agencias del medicamento, española, europea y estadounidense a la hora de evaluar y autorizar las vacunas.  

¿Qué efectos adversos pueden pasar desapercibidos durante los ensayos clínicos?

Aquellos que sean muy infrecuentes y que, por el número de personas que participan en un ensayo clínico, no se detectan.

¿Cómo son los controles tras la comercialización de una vacuna?

Ahí entra en juego la farmacovigilancia, en la que los laboratorios no intervienen absolutamente nada en la producción de datos. Son tanto los profesionales sanitarios como los propios pacientes y la población los que declaran posibles efectos adversos que han tenido con una vacuna o con cualquier medicamento. Y lo hacen directamente a las agencias del medicamento.

¿Es frecuente que las agencias del medicamento rechacen una vacuna en algún momento del proceso que describe?

Hay casos, por supuesto. Ocurrió en la pandemia de covid-19 y retrasó las campañas de vacunación cuando estaba muriendo gente. No es algo teórico, es público. Hay vacunas que no se han autorizado. Por ejemplo, una vacuna frente a la meningitis B de un laboratorio archiconocido no se autorizó en niños pequeños por su perfil de seguridad. No se rechazó porque porque tuviera efectos adversos muy graves, sino porque la reactogenicidad (efectos adversos) no era tolerable en la población a la que iba destinada.

¿La industria farmacéutica puede llegar a ocultar esos efectos adversos?

No. Son muchas las personas que podemos, a través de nuestras acciones, declarar los efectos adversos de una vacuna o un medicamento. El ejemplo palmario es lo que pasó con las vacunas de la covid-19, en concreto de dos laboratorios. Los fabricantes no hubieran tenido ningún interés en que se hubiera conocido. La gente puede estar tranquila porque no se puede ocultar.

¿Tiene algún fundamento la conspiranoia sobre las vacunas?

Creo que hay que abogar por el pensamiento racional, el razonamiento lógico y no por la conspiranoia, que a veces es muy atractiva, de una gran mano que mueve el mundo.

Sin embargo, esa conspiranoia cobra fuerza. ¿Es muy variado el perfil del antivacunas?

El rechazo a las vacunas, en general, es menor en las personas que tienen mayor nivel de estudios, de conocimientos y económico.

Pero, a veces, la desconfianza en las vacunas también se abre paso en personas de muy alto nivel cultural.

Es verdad que, independientemente de la formación, a veces una persona adopta una posición más basada en creencias que en datos contrastados. Tú puedes ser muy culto y haber leído mucho, pero no eres técnico en un asunto concreto, y lo lógico es fiarse de aquellas personas expertas en un tema que se dedican a él plenamente. Nadie está libre de saber mucho del área y, al mismo tiempo, cometer errores importantes en aquellas ajenas a su campo de conocimiento.

¿La desconfianza de parte de la población revela que falla la educación en salud?

Sin duda. Las autoridades de salud pública han dejado de hacer, en general, campañas informativas a la población. Y, luego, la educación en salud, como tal, no existe, y sobre vacunas en concreto no está muchas veces ni en algunos medios universitarios. Por otra parte, la educación en salud en la escuela debería impulsarse de forma mucho más clara. También falta una estrategia de comunicación que aborde todos estos temas de una forma integral.

Sigue a Consumer en Instagram, X, Threads, Facebook, Linkedin, Whatsapp, Telegram o Youtube