No hace falta el calor del horno para que un queso pierda el control de su grasa y comience a sudar. Basta con sacarlo de la nevera para ver cómo cambia la textura de su superficie y empieza a brillar. ¿Por qué ocurre esto? El secreto está en el tipo de grasas que contiene el queso y en la rotura de las proteínas. El tecnólogo de alimentos Mario Sánchez nos lo explica con detalle en este vídeo.
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