Los reclamos publicitarios han ido sembrando, poco a poco, entre la población general, la idea de que el consumo de complementos es recomendable o incluso necesario para reforzar las defensas, potenciar la memoria, aumentar la vitalidad y la energía, o prevenir las enfermedades cardiovasculares o el cáncer. Tales afirmaciones no están respaldadas por los ensayos clínicos realizados con personas sanas.
Las promesas del colágeno
Entre los complementos estrella destaca el colágeno. Los productos con esta proteína suelen tener un lugar destacado en las farmacias, por las ventas y el margen de beneficios que suponen. Además, no son pocos los médicos que aconsejan su consumo para diversas indicaciones, como proteger las articulaciones, disminuir el impacto de enfermedades articulares como la artrosis, mejorar la salud de la piel y los músculos, o prevenir la desmineralización de los huesos que puede terminar en osteoporosis.

El colágeno es la proteína más abundante del cuerpo humano y da estabilidad estructural a los tejidos: huesos, músculos, cartílago, piel, corazón, pulmón. Con la edad, su producción va disminuyendo, lo que influye, por ejemplo, en la aparición de arrugas en la piel. En enfermedades como la artrosis, asociada al envejecimiento, se destruyen el cartílago y varias proteínas, entre ellas el colágeno.
El colágeno se descompone cuando lo ingerimos
Como el colágeno es esencial en la composición de tantos tejidos y su producción disminuye con la edad, a alguien se le ocurrió una idea en apariencia lógica: si tomamos colágeno, compensaremos ese déficit y aportaremos más colágeno a nuestros tejidos. Es lo que la cultura popular resume en «de lo que se come, se cría».
Sin embargo, esta idea se aleja de la realidad. En primer lugar, el colágeno es una proteína enorme que no puede absorberse directamente en el intestino: antes debe degradarse en aminoácidos (glicina, prolina y lisina) para atravesar la barrera intestinal, llegar a la sangre y distribuirse por las distintas células del cuerpo. Es decir, cuando tomamos complementos de colágeno, aunque sea hidrolizado, no absorbemos colágeno, sino sus aminoácidos por separado, que además se emplean para fabricar multitud de proteínas distintas, no solo colágeno.
¿Cómo sabe nuestro organismo que esas moléculas deben destinarse justamente a producir más colágeno y no otras proteínas? Pues no lo sabe. Tampoco hay pruebas de que aportar más aminoácidos estimule la propia síntesis de colágeno. De hecho, si la producción de esta molécula disminuye con la edad, lo más probable es que se deba al envejecimiento celular, no a un déficit de aminoácidos.

El efecto placebo y la dieta habitual
No se trata solo de que el mecanismo propuesto carezca de lógica: los estudios de más calidad con personas sanas muestran que estos productos tienen un efecto equivalente al placebo a la hora de proteger las articulaciones, aliviar los síntomas de la artrosis o aportar otros beneficios.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) concluyó en 2011 que no existía relación de causa y efecto entre el consumo de colágeno hidrolizado y el mantenimiento de las articulaciones. Años después determinó que tampoco se habían demostrado efectos beneficiosos sobre la piel.
A todo esto se suma un dato clave: salvo dieta pobre en proteínas, nuestra alimentación cotidiana ya aporta los nutrientes suficientes para producir colágeno o cualquier otra proteína. En personas sanas, con una dieta saludable y sin requerimientos especiales, consumir complementos de colágeno es absolutamente innecesario. A diferencia de lo que dice el refrán, la realidad es que «de lo que se come, no se cría».


