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Medios y bulos sobre alimentación: cuando a los adultos nos engañan como a niños

La información sobre nutrición y salud también incide en las elecciones alimentarias de los adultos y la dieta de los pequeños. Analizamos el papel de los medios y los puntos débiles

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: martes 2 noviembre de 2021
bulos alimentación niños Imagen: Getty Images

A diario, los profesionales de la información que escriben sobre salud y nutrición reciben numerosos comunicados. Esa abundancia de noticias y la búsqueda de titulares llamativos provoca que muchas veces los medios se conviertan en meros transmisores de bulos. Por eso, para los padres y las madres no siempre es fácil reconocer qué es cierto y qué no, algo muy importante cuando la salud de sus hijos está en juego. Analizamos cómo funciona la información sobre nutrición y cómo las noticias falsas pueden afectar la alimentación de los niños y las niñas.

Falta de rigor y confusión

La nutrición interesa. En los últimos años ha ido calando en la población el mensaje de que una buena salud lleva necesariamente aparejada una alimentación equilibrada y saludable. El público quiere saber más y los medios de comunicación convencionales han visto un filón para atrapar a esos lectores que leen con agrado noticias sobre aquello que pueden poner en el plato o comprar en el supermercado.

Sin embargo, la nutrición se sigue entendiendo como una división menor dentro de la salud y no siempre se aborda con el rigor que debería. Bombardeados por las marcas comerciales, seducidos por la inmediatez de las redes sociales y, muchas veces, conjurados por el poder del famoso clickbait (encandilar con un titular potente, aunque el cuerpo de la noticia no tenga nada que ver), en ocasiones los periodistas se convierten en transmisores involuntarios de medias verdades o bulos.

Los padres y las madres, por su parte, compran productos infantiles convencidos de que son buenos para sus hijos, porque se lo dicen la publicidad, los publirreportajes y algunos influencers. Las noticias falsas llegan a las familias porque ese filtro previo —que se supone que debería hacer el buen periodismo— en muchas ocasiones se ha perdido.

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Imagen: Andy Leung

Otras veces, confluyen mensajes confusos o interesados por parte de la industria, que llevan a los padres a comprar ciertos productos que acaban favoreciendo la obesidad de los pequeños. Por ejemplo, informaciones que hablan de que “la vitamina C es necesaria para mejorar las defensas respiratorias” son usadas por los fabricantes de zumos envasados para promocionar su contenido de vitamina C. Las familias, preocupadas por la salud de sus pequeños, acaban por darles cada día este producto que contiene azúcares libres, lo que aumenta el riesgo de que el niño acabe con sobrepeso.

Algo similar sucede con las galletas o los cereales enriquecidos con vitaminas y minerales. Basta un artículo aparentemente inofensivo haciéndose eco del observatorio de un conocido fabricante, que revela que los niños que siguen una dieta rica en vitamina B sacan más sobresalientes, para que los padres busquen mejorar las notas de sus hijos de la forma más fácil: con galletas, cereales u otros productos enriquecidos. Se pasa por alto que estos alimentos normalmente tienen una carga calórica alta y un alto contenido en azúcares añadidos, dos elementos que inciden en la obesidad infantil.

Sin embargo, se suele pasar de puntillas sobre un hecho muy relevante: nuestros niños cada vez duermen menos y eso incide en un menor rendimiento escolar. Este dato lo incluye el estudio ‘PASOS 2019’ de la Fundación Gasol. La falta de horas de sueño no solo lastra las notas, se asocia con una probabilidad de más del doble de presentar sobrepeso u obesidad a lo largo de la infancia y adolescencia.

Conflicto de intereses

Como sucede con todas las ciencias aplicadas, la nutrición no es una ciencia exacta. Está en continua evolución y admite matices. Incluso entre los propios nutricionistas no siempre hay consenso. A veces, se forman corrientes antagónicas que pueden hacer que el periodista se sienta entre dos aguas.

Para la periodista especializada en temas de salud y alimentación Marta del Valle, “la evidencia científica sobre la nutrición no cambia tanto. Las únicas investigaciones que añaden ruido son las que llegan auspiciadas por la industria. Por eso, lo primero que debe hacer un buen periodista es analizar de dónde le llega esa información, quién está detrás, antes de dejarse deslumbrar por el mensaje. Si eliminas los estudios con conflicto de interés o financiados de forma interesada por la industria, no hay tanta novedad”.

Sucedió, por ejemplo, hace tres años cuando, en mitad del debate entre azúcares libres e intrínsecos y su papel en la obesidad, la Asociación Española de Fabricantes de Zumos (Asozumos) ponía el foco en un estudio de SGF Internacional que concluía que “el contenido en hesperidina del zumo de naranja es mayor que el de vitamina C”. A este micronutriente se le atribuía un papel cardioprotector.

SGF es, en realidad, un organismo autorregulador creado por la industria de los zumos. Es decir, se trataba de una información interesada que, en palabras de Eduard Baladia, fundador de la Red de Nutrición Basada en la Evidencia, “además de no aportar datos concluyentes sobre esa supuesta acción cardioprotectora, habría que ver si en un vaso de zumo hay suficiente hesperidina para evitar un evento cardio o cerebrovascular. Y lo siguiente sería evaluar el riesgo-beneficio, porque los zumos son bebidas que aportan azúcares libres, clasificados como perniciosos para la salud y cuyo consumo hay que limitar”.

La nutrición no es de ‘segunda fila’

Uno de los problemas que arrastra la información en temas nutricionales, a juicio de Del Valle, es que muchas veces el periodista no es consciente de la relevancia de este tipo de noticias. “Cuando se informa sobre cáncer o la covid-19 se entiende que los datos deben ser pulcros y exactos, pero cuando se trata de nutrición se asocia a estilo de vida, a algo ligero, y se tiende a bajar la guardia”, asegura. Para la experta, encargárselo a alguien sin formación o sin experiencia en nutrición es un error, aunque es lo más habitual. Pero, precisamente al tratarse de temas menos densos, alcanzan mayor audiencia.

No hay que perder de vista que la nutrición tiene impacto en la salud. De hecho, sabemos que la mala alimentación está relacionada con muchas patologías adquiridas en las sociedades occidentales, como la obesidad infantil.

Para Josu Mezo, de Malaprensa.com y colaborador con la Fundación Maldita, organización sin ánimo de lucro que se dedica a la comprobación de noticias, “el buen periodista debe ser buen investigador y narrador. Esto implica saber manejar bien las estadísticas para evitar errores lógicos, malas interpretaciones de datos a partir de estudios científicos o gráficos mal hechos”.

La mano que mece el bulo

Rocío Benavente, coordinadora de Maldita Ciencia, señala que el periodismo científico debe transmitir de forma rigurosa y útil información que ayude a los ciudadanos a tomar buenas decisiones en temas tan importantes como la salud o la alimentación.

Sin embargo, hasta con un estudio riguroso y veraz se pueden dar titulares muy alejados de la verdad. En algunas ocasiones, por intereses de la industria. Otras veces, las noticias falsas nacen simplemente porque los medios de comunicación buscan el clickbait o ciberanzuelo.

Su incidencia ha aumentado con la pandemia por la preocupación ciudadana por la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya habla de “infodemia”, al constatar que en dicha sobreabundancia de información se incluyen intentos deliberados por difundir información falsa. Por ello, está desarrollando el sistema EARS (siglas en inglés de Herramienta de Respuesta Temprana con Escucha Social), una inteligencia artificial que detecta dónde hay debate en las redes, analiza si hay vacíos de información y articula una respuesta en tiempo real con información de alta calidad basada en la evidencia científica, así como recomendaciones de intervención para los administradores de sistemas de salud. Aún está en fase piloto.

Famosos que también opinan

Mencionar a la OMS como aval de cualquier información, en especial en los titulares, aunque el texto luego diga otra cosa, suele ser un indicio de un posible bulo. Además, que un político abrace una teoría o defienda un tipo de nutrición no significa que sea correcta. Por ejemplo, Donald Trump llegó a agasajar a sus invitados en la Casa Blanca con hamburguesas.

Con la reciente polémica de las declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre la ingesta excesiva de carne, muchos políticos, desde el ministro de Agricultura, Luis Planas, a la portavoz de Agricultura del PP en el Congreso, Mila Marcos, salieron a defender su consumo sin matices. Olvidaban que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), junto a investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN) y el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA), participan en el proyecto V-PLACE, que estudia las alternativas vegetales al consumo de productos de origen animal. El ruido ocasionado por la polémica volvió a llenar el debate social de falsas argumentaciones, medias verdades y muchos bulos.

Etiquetas que no se entienden

Al ruido en los medios se suma otro problema: las etiquetas de los alimentos no siempre se entienden. Un fallo habitual es confundir las calorías de la etiqueta, expresadas por ley en 100 gramos, con las calorías totales del producto o ración y considerar que un alimento es menos energético de lo que realmente es.

Sucede, por ejemplo, con los yogures, que pesan 125 gramos. Las marcas aprovechan este despiste para camuflar las cifras de azúcar añadido. Si una marca contiene 12,5 g de azúcar por 100 gramos de producto, lo que realmente se ingieren son 15,6 g, la cantidad que contiene cada unidad.

También lo hacen los fabricantes cuando destacan que sus nuevos batidos tienen un 50 % menos de azúcar añadido y apunta que solo llevan 2,1 g por 100 ml. Sin embargo, un batido de esos que los niños se toman al salir del colegio tiene 200 ml. Esto duplica la cantidad de azúcar hasta los 4,2 g por unidad. Teniendo en cuenta que la OMS determina que hasta los ocho años no se deberían superar los 16 g de azúcar, esa merienda láctea aporta algo más de la cuarta parte de todo el azúcar que el niño debería ingerir a lo largo del día.

Otro ejemplo de la dificultad para leer las etiquetas lo contaba el dietista-nutricionista Julio Basulto en su cuenta de Twitter. Tras enseñar la imagen de una palmera de chocolate con 2.300 kcal (las recomendadas para todo un día), varias personas lo acusaron de haber realizado mal los cálculos, porque leyeron que el producto tenía 2.700 kilojulios. “No, no hice mal los cálculos. Que mucha gente se haya confundido es la prueba fehaciente de que las etiquetas parecen diseñadas para que las entienda una mínima parte de la población”, denunciaba Basulto.

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