Cocinar en casa, una práctica en declive
La cocina casera, durante décadas uno de los pilares culturales y sociales de la vida doméstica española, pierde terreno. Los datos lo confirman. Según el estudio ‘Turismo y gastronomía (II)’ del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), el 46,5 % de los españoles cree que cocinar en casa está siendo sustituido por la comida rápida y los pedidos a domicilio.
Las razones apuntan en la misma dirección: falta de tiempo, ritmos de vida acelerados y la dificultad de conciliar. A ello se suma el acceso fácil e inmediato a los alimentos ultraprocesados, listos para consumir y presentes en cualquier lineal del supermercado. El estudio del CIS muestra un dato especialmente llamativo: el 12,6 % de los encuestados reconoce que no sabe cocinar, una carencia que se concentra sobre todo entre los más jóvenes.
Los mayores tampoco preparan comidas caseras
Pero el abandono de los fogones no se limita a los jóvenes. Pasa entre las personas mayores, pese a que su impacto en la salud física y mental es especialmente relevante en esta etapa vital.

Para entender esta relación y comprobar cómo influye el hecho de cocinar —o no hacerlo— en la población senior, el Instituto de Ciencias de Tokio ha realizado un estudio. El trabajo, publicado en Journal of Epidemiology & Community Health, siguió durante seis años a casi 11.000 personas mayores de 65 años. Los investigadores registraron con qué frecuencia cocinaban, qué tipo de platos preparaban y su grado de autonomía en la cocina. Después, compararon esos hábitos con la evolución de su salud cognitiva.
Las principales conclusiones del estudio fueron las siguientes:
- Cocinar al menos una vez por semana reduce hasta un 30 % el riesgo de demencia.
- Pequeños cambios producen grandes beneficios: pasar de no cocinar nunca a hacerlo una vez a la semana reduce el deterioro cognitivo un 23 % en hombres y un 27 % en mujeres.
- El mayor beneficio se da en quienes menos cocinaban: en personas con poca experiencia culinaria, empezar a preparar platos desde cero de forma habitual disminuye el riesgo de deterioro cognitivo entre el 67 % y el 70 %.
La elaboración de recetas estimula (y mucho) el cerebro
Uno de los hallazgos más importantes de este estudio es que el beneficio cognitivo es mayor entre quienes tienen menos experiencia culinaria. Las personas que ya cocinan de forma habitual presentan cierta protección, pero aumentar la frecuencia apenas modifica sus resultados. En cambio, quienes cocinan poco experimentan mejoras mucho más marcadas cuando empiezan a hacerlo con regularidad.
Los investigadores creen que esto se debe al esfuerzo mental que exige aprender tareas nuevas o poco automatizadas. Seguir una receta, organizar los pasos, calcular cantidades o cocinar con ingredientes desconocidos obliga al cerebro a trabajar más. Ese esfuerzo favorece la llamada “reserva cognitiva”, la capacidad del cerebro para compensar el envejecimiento y resistir mejor el deterioro neuronal.

Volver a los fogones, una estrategia contra el deterioro cognitivo
Aunque se trata de un estudio observacional y no puede establecerse una relación directa de causa y efecto, sus conclusiones tienen importantes implicaciones para la salud pública. Cocinar activa múltiples áreas cerebrales al mismo tiempo y convierte esta actividad cotidiana en un estímulo constante para las personas mayores.
Además de la estimulación mental, cocinar supone otros efectos beneficiosos para la salud: refuerza la independencia, la autoestima y la participación en la vida diaria, factores clave para el bienestar emocional en la vejez. Preparar la propia comida ayuda a mantener rutinas, mejora la alimentación y puede fortalecer los vínculos sociales cuando la cocina se comparte con familiares o cuidadores. “Crear entornos donde las personas mayores puedan seguir preparando sus propias comidas puede ser una pieza clave en la prevención global de la demencia”, concluyen los autores del estudio.
¿Qué otros hábitos reducen el riesgo de demencia?
El deterioro cognitivo no depende de un único factor, sino del conjunto de hábitos mantenidos a lo largo de la vida. Además de cocinar, existen otras prácticas asociadas a un menor riesgo de demencia:
- Actividad física regular: caminar, nadar, bailar o realizar ejercicios de fuerza mejoran la circulación y protegen la salud cerebral.
- Vida social activa: reduce el aislamiento y ayuda a preservar funciones como la memoria y el lenguaje.
- Alimentación saludable: la dieta mediterránea, rica en verduras, frutas, pescado, legumbres y aceite de oliva, se asocia con un menor deterioro cerebral.
- Dormir bien y controlar enfermedades crónicas como la hipertensión o la diabetes.
- Mantener la mente activa mediante la lectura, los juegos de estrategia o el aprendizaje de nuevas habilidades.


