Pistas para detectar la ‘barataflación’ en un producto

Los cambios en la composición de los productos que caracteriza a la 'barataflación' suelen pasar desapercibidos, pero hay maneras de comprobar si se producen
Por Óscar Granados 16 de septiembre de 2025
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Imagen: Dollar Gill
En ocasiones, nos topamos con productos en los que notamos que la calidad ha empeorado, pero su precio no ha bajado. En esos alimentos, servicios, prendas de vestir… se ha adoptado una tendencia económica al alza: la barataflación. Y es más frecuente de lo que pensamos. Pero muchas veces no somos conscientes de que la calidad que tenía antes ha disminuido. Por eso, revisar la lista de ingredientes nos puede dar las claves si alguno ha desaparecido o si cuenta con más almidones o grasas vegetales. Pero hay más formas de saber si estamos ante un producto sometido a esta práctica que afecta a nuestra salud. Te lo contamos a continuación.

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¿Qué dice la ley sobre la ‘barataflación’?

El reglamento (UE) 1169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor establece un marco claro para garantizar que los usuarios reciban información veraz, clara y comprensible sobre los alimentos que adquieren. En particular, contempla la posibilidad de que algunos ingredientes sean sustituidos por otros, siempre que dicha modificación se comunique de forma adecuada.

Cuando se produce, el etiquetado debe incluir, además de la lista completa de los componentes, una indicación clara y visible sobre el ingrediente que ha sido utilizado en la sustitución. Dicha información, según el reglamento, tiene que aparecer muy cerca de la denominación del producto —que suele estar encima de la lista de ingredientes— y con un tamaño de letra suficientemente destacado para que el usuario pueda detectar de manera fácil el cambio.

En España, este reglamento se complementa con el Real Decreto 126/2015, que amplía las exigencias en materia de información alimentaria, especialmente en el caso de alimentos no envasados y para la hostelería. “El sector alimentario puede recurrir legalmente a modificar las recetas de los productos, pero siempre debe cumplir ciertos requisitos de información y transparencia”, abunda José María Ferrer, responsable del departamento de derecho alimentario del Instituto Tecnológico de la Alimentación Ainia. La clave está en evitar lo que comúnmente se conoce como dar gato por liebre.

La barataflación, en definitiva, revela cómo, en un contexto de inflación persistente, las empresas reconfiguran sus productos para adaptarse al nuevo equilibrio económico. Más allá de la industria alimentaria, se trata de un fenómeno transversal que afecta a la calidad y durabilidad de múltiples productos. Una tendencia silenciosa, pero cada vez más presente.

Cómo detectar la ‘barataflación’

👉 Lista de ingredientes

Leer atentamente la lista de ingredientes es crucial para saber los componentes de un producto. Un aumento en estabilizantes o almidones en alimentos que antes solo llevaban leche y fermentos puede indicar una reducción de calidad en el producto final.

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Imagen: Gustavo Fring

👉 Rendimiento y durabilidad

¿Te has dado cuenta de que ahora necesitas más detergente para poner las mismas lavadoras? La reducción de eficacia o durabilidad es una señal clara de que algo ha cambiado en el producto que compramos.

👉 Cambios sutiles

Flanes menos cremosos o prendas que se deforman rápido pueden indicar reformulaciones o materiales más baratos. La Organización Europea de Consumo destaca que los consumidores suelen pasar por alto estos cambios.

👉 Envases

Comparar envases antiguos y nuevos es un buen sistema de comprobación. Hay que revisar las diferencias en los ingredientes, peso neto o valores nutricionales. Si hay cambios, se reflejarán en el etiquetado.

👉 Nueva fórmula

Las asociaciones de consumidores recomiendan desconfiar cuando los productos tengan frases como “mejorado” o “nueva fórmula”. Esto puede suponer un recorte en la calidad de un producto.

¿La ‘barataflación’ puede afectar a la salud?

Más allá de su impacto económico, la barataflación puede suponer un riesgo para nuestra salud al reducir el valor nutricional de algunos alimentos mediante la sustitución de ingredientes de calidad por otros más baratos, como la grasa láctea por grasa vegetal o el aceite de oliva por aceites refinados. Estas reformulaciones pueden aumentar la cantidad de grasas saturadas y aumentar los azúcares, aditivos y almidones, alterando el perfil nutricional. De acuerdo con el British Medical Journal, estos cambios elevan el riesgo de enfermedades metabólicas, como la obesidad, la diabetes tipo 2 o la hipertensión arterial, debido al uso de aditivos y grasas industriales.

En la misma línea, el Instituto Nacional de Salud Pública de Francia señala que los cambios imperceptibles en alimentos procesados tienen un efecto acumulativo en la dieta global de las personas, reduciendo su densidad nutricional sin que estas lo perciban. Como explica la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN): “La confianza en el etiquetado y la composición es fundamental para que el consumidor tome decisiones informadas. Cualquier cambio sin una adecuada comunicación puede tener efectos negativos en la percepción de la seguridad alimentaria”.

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