Todos estamos expuestos a los PFAS en un ciclo sinfín. Mayores y pequeños. Y están en nuestro cuerpo. Un estudio llevado a cabo en 2017 por el Centro Nacional de Sanidad Ambiental (CNSA) ya reflejaba en un mapa que cinco de estas sustancias estaban en el suero de prácticamente toda la población. Y hace poco, una investigación reciente de la Universidad del País Vasco (EHU) revelaba que se ha detectado en el plasma de niños y niñas de 4, 8 y 14 años 18 compuestos entre los 42 estudiados, con tasas de aparición de entre el 70 % y el 97 % en los más comunes.
La industria fabrica estas sustancias químicas desde 1950 y las vierte al medio ambiente. Las personas estamos expuestas a ellas al comprar los productos que las contienen y parte de estos compuestos acaba en la naturaleza como residuos. Y, de nuevo, ingerimos PFAS a través de la alimentación (pescados, carnes, vegetales y agua) que proviene o se nutre de aguas y suelos contaminados. También los inhalamos y nos exponemos a ellos por contacto.
Efectos de los PFAS en la salud
De todo este ciclo fuimos más conscientes desde principios de siglo y desde entonces se van dando pasos para intentar disminuir su impacto. Y es que estudios científicos han demostrado que la exposición a algunas de estas sustancias está relacionada con diversos efectos en la salud. Entre ellos destacan los ácidos sulfónicos perfluorooctanos (PFOS) y el ácido perfluorooctanoico (PFOA), dos de los compuestos de los que más conocimiento se tiene sobre ello. Como explica la Federación Internacional de Obstetricia y Ginecología (FIGO), los datos epidemiológicos asocian los PFAS con:
- aumento de los niveles de colesterol.
- cambios en las enzimas del hígado.
- cáncer de testículo y de riñón.
- hipertensión arterial y preeclampsia en el embarazo.
- alteraciones en la tiroides.
Todo ello dependerá del tiempo, frecuencia y dosis de exposición, además de otros factores individuales y el acceso a agua segura, por ejemplo.
Por qué los niños y adolescentes son más vulnerables a las PFAS
Aun así, los niños, niñas y adolescentes son el colectivo más vulnerable frente a las sustancias perfluoroalquílicas y polifluoroalquílicas. Los peques están en pleno desarrollo, lo que aumenta su fragilidad frente a estos tóxicos.
Su piel es un 30 % más delgada que la de un adulto y puede absorber mayores cantidades de sustancias químicas. Además, como comentan desde el Institut de Salut Global de Barcelona (ISGlobal), están más expuestos a los PFAS porque consumen más alimentos que los adultos en relación con su peso, y lo mismo ocurre con el volumen de aire que respiran o la cantidad de agua que beben.

Por otro lado, en los bebés la barrera del cerebro que ayuda a bloquear su entrada (hematoencefálica) no se forma hasta pasados seis meses desde el nacimiento. Asimismo, tienen más posibilidades de entrar en contacto con ellos: gatean, se llevan todo a la boca, se transfieren por la leche materna… Y, por si fuera poco, hasta antes de nacer ya se han visto expuestos a estos compuestos, ya que durante el embarazo estos contaminantes conservan el poder de atravesar la placenta.
La adolescencia es una etapa de rápido crecimiento con cambios hormonales y desarrollo óseo y muscular. Ahí intervienen los PFAS, actuando como disruptores endocrinos, que aumentan su presencia gracias a los hábitos de consumo y estilo de vida de los adolescentes, tan diferentes a los que tenían en su infancia. Muchos de esos compuestos están en su comida, bebida, ropa, productos menstruales, envases, cosméticos…
Efectos de los PFAS en la salud infantil
¿Son perjudiciales los PFAS para los bebés? La exposición temprana (perinatal) a las sustancias perfluoroalquílicas y polifluoroalquílicas interfiere en los más pequeños. En los bebés se ha observado:
- bajo peso al nacer.
- crecimiento reducido.
- menor respuesta de anticuerpos a algunas vacunas y, por tanto, mayor propensión a sufrir infecciones, en el caso de PFOS y PFOA.
Y también tienen diversos efectos en la infancia y la adolescencia. Pero se sigue investigando para aclarar cuál es su impacto real.
Así, la exposición a las PFAS en los niños se asocia a un deterioro de la función renal e inmunológica y a efectos adversos en el desarrollo del cerebro y del sistema nervioso. En concreto, hay estudios que han encontrado vínculos entre la exposición a PFAS y el desarrollo cognitivo y conductual en los menores, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), un coeficiente intelectual más bajo y ansiedad.
Además, también se conocen investigaciones que vinculan una alta exposición prenatal a PFAS con una mayor incidencia del asma infantil. “El riesgo de desarrollar asma era aproximadamente un 40 % entre los hijos de madres con una exposición muy alta a PFAS por agua contaminada”, afirman los autores de un estudio sueco reciente.
También se han documentado alteraciones en la salud reproductiva. Así, la exposición posnatal a estos compuestos incide en el inicio de la pubertad: retrasa la primera menstruación en torno a medio año.
Efectos de los PFAS en la salud de la adolescencia

Durante la adolescencia también las PFAS siguen produciendo una alteración del equilibrio hormonal “que puede tener consecuencias perjudiciales sobre su desarrollo y capacidad reproductiva”, como sostiene un equipo del CIBERESP en Instituto de Investigación Biosanitaria de Granada (ibs.GRANADA) y la Universidad de Granada. No en vano, la disminución de la fertilidad está entre los efectos asociados.
Esta etapa de la vida es un periodo crítico de desarrollo y crecimiento vulnerable. Así lo reconocen científicos de la Universidad de Hawái (EE. UU.) en un estudio reciente donde han visto que a estas edades niveles sanguíneos altos de dos de estas sustancias —ácido perfluorooctanoico (PFOA) y ácido perfluoroheptanoico (PFHpA)— se relacionan con una mayor probabilidad de hígado graso. De hecho, encontraron que los adolescentes con el doble de PFOA en sangre tenían casi tres veces más probabilidades de padecer EHMet (enfermedad del hígado esteatósico asociada a disfunción metabólica), antes denominada hígado graso no alcohólico (HGNA).
👉 Huesos más débiles
La adolescencia es un momento clave en el desarrollo óseo: los huesos experimentan un rápido crecimiento y fortalecimiento. En este proceso, el “estirón”, tiene que ver la genética y la alimentación, pero sobre todo las hormonas y los factores ambientales. Además, en este periodo se va incrementando la densidad mineral ósea, hasta alcanzar su punto máximo en torno a los 20 y 30 años, para luego ir disminuyendo lentamente. Y esto es importante, pues la densidad mineral ósea máxima en la adolescencia ayuda a predecir si una persona desarrollará osteoporosis más adelante.
Pues ahí es precisamente donde también los PFAS tienen su influencia, como sugieren diversos estudios. En este trabajo publicado en la revista Environmental Research se siguió durante año y medio a cerca de 450 adolescentes (11 años) y adultos jóvenes (19 años). Los investigadores encontraron que los niveles más altos de ácido perfluorooctanosulfónico (PFOS) se asociaron con una disminución promedio en la densidad mineral ósea.
Otra investigación estadounidense más reciente en Endocrine Society se centró en estudiar las concentraciones sanguíneas de PFAS de 218 adolescentes al nacer y a los 3, 8 y 12 años de edad. Y al medir la densidad ósea, los resultados fueron parecidos a los recogidos en el anterior trabajo.
Hallaron que los adolescentes con niveles más altos de ácido perfluorooctanoico en sangre (PFOA) presentaban menor densidad ósea en el antebrazo. Para otros PFAS, como ácido sulfónico perfluorohexano (PFHxS), ácido sulfónico perfluoroctano (PFOS) y ácido perfluorononanoico (PFNA), la relación con la densidad ósea varió según el momento de la exposición, “lo que sugiere que ciertas etapas del desarrollo pueden ser especialmente vulnerables”, dicen los autores en una nota. Además, observaron que esas asociaciones entre los niveles de PFAS y menor densidad ósea fueron más fuertes entre mujeres que en hombres.
Cómo reducir esos efectos en la infancia y adolescencia
Todos estos hallazgos se suman a la creciente evidencia de que la exposición a los PFAS durante los primeros años de vida puede tener consecuencias a largo plazo para la salud. De ahí que muchos expertos en sus conclusiones estén pidiendo iniciativas que reduzcan la contaminación en el agua potable y los productos de consumo.
Si bien las administraciones están más activas en este sentido (la última normativa, esta medida europea en el agua potable), aún queda mucho para eliminar estos compuestos por completo. Por eso, como padres y madres podemos tomar ciertas precauciones que recomiendan los expertos en pediatría:
- Revisa las etiquetas de los productos y descarta productos que contengan PFAS: ropa y calzado resistentes manchas o impermeables; cosméticos que contienen perflúor en la lista de ingredientes o maquillajes identificados como “duraderos” o “resistentes al agua”; y utensilios de cocina antiadherentes.
- Limpia el polvo con regularidad usando un paño húmedo y aspira las alfombras.
- Reduce el consumo de comida envasada en papel, plástico o cartón resistente a la grasa, como las palomitas de microondas.


