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Ventajas y desventajas de las alternativas al plástico

Reducir nuestra huella ambiental es clave para conseguir un desarrollo sostenible, pero los materiales alternativos al plástico también tienen impacto medioambiental

Imagen: Sarah Richter

La crisis del plástico es un problema que debemos afrontar desde ya. Pero ¿cómo hacerlo? Siempre que sea posible, es preferible evitar directamente el consumo de productos o envases de un solo uso e intentar decantarse por opciones reutilizables. Pero en algunos casos, como ocurre en los productos con alérgenos (el apio, por ejemplo), el envase resulta necesario para evitar la contaminación cruzada. ¿La solución pasa entonces por emplear otros materiales? Lo analizamos en el siguiente artículo.

En busca de otras opciones

Los plásticos tienen unas características, como su
ligereza, transparencia y moldeabilidad, que han potenciado
su aplicación en muchos usos, entre ellos los
envases. Sin embargo, se han desarrollado otros materiales
alternativos: vidrio, papel, cartón, tela…, aunque
no son necesariamente más sostenibles. Cada caso requeriría un análisis pormenorizado que valorase sus
riesgos y sus beneficios, así como una mirada contextual
que tenga en cuenta la situación medioambiental
de los lugares en los que generará algún impacto,
con especial detenimiento en los aspectos medioambientales
más críticos de cada zona a la que afectará.

Europa ya ha aprobado la llamada Directiva de Plásticos 2019/904 (UE), que prohíbe, a partir del 1 de enero de 2021, la venta de artículos de plástico de un solo uso, como cubiertos y platos de usar y tirar, bastoncillos,
bolsas y, cómo no, las pajitas. Ante la entrada en vigor de esta normativa, los fabricantes se preparan
y plantean alternativas a las pajitas.

Unos, por ejemplo,
apuestan por la celulosa, pero tiene sus inconvenientes:
sigue siendo de un solo uso y tiende a deshacerse
si permanece mucho tiempo en contacto con la bebida. El papel y el cartón, además, requieren una enorme
cantidad de agua, tanto para su fabricación como
para su reciclaje. Según la Unesco, para producir una
hoja de papel A4 se gastan 10 litros de agua. Además, la
producción de estos materiales implica, algunas veces,
un proceso de deforestación que, entendido de forma masiva, podría ser inasumible. Por eso, a la hora
de elegir estos materiales habría que fijarse en algunas
certificaciones como el sello Forest Stewardship Council
(FSC), que garantiza que la materia prima proviene
de plantaciones forestales donde los árboles nativos se
replantan como parte del proceso.


Imagen: stux

Otra alternativa a las pajitas de plástico son las de
metal. Existen varios tipos y muchos de ellos son perfectamente
viables para un uso alimentario. Pero, en
el caso de las pajitas, entrañan riesgos de seguridad, ya
que se pueden clavar en el paladar.

Y, por último, la silicona. Es un polímero de silicio
flexible que se puede reutilizar muchas más veces que
cualquier plástico, es fácil de reciclar y su eliminación
por incineración no genera compuestos tóxicos (pero sí
gases de efecto invernadero), como ocurre con muchos
plásticos. Además, a diferencia de la madera, la silicona
es fácil de limpiar para eliminar los temidos biofilms
bacterianos (bacterias que crecen en películas apiladas
unas sobre otras), que suponen uno de los mayores
riesgos en seguridad alimentaria.

Pero mas allá del ejemplo de las pajitas, no existen
soluciones mágicas ni alternativas perfectas, y la silicona
tampoco lo es: no resiste los cortes de un cuchillo, no
permite empaquetar grandes palés, no podemos hacer
con ella láminas finas y transparentes lo suficientemente
resistentes y no sirve para fabricar bolsas, botellas de
agua o envases para la lejía. En conclusión, a la hora de
tomar una decisión, hay que tener en cuenta muchos
factores; entre ellos, su impacto ambiental global.

El consumo deja huella

La huella ambiental mide el impacto de un producto
sobre el medio ambiente a lo largo de su ciclo de vida,
desde que es extraída la materia prima para su producción
hasta que se genera (y trata) el residuo tras
su uso. Se basa en 14 categorías de impacto, desde
el agotamiento de los recursos naturales, el uso del
suelo, la contaminación derivada de su extracción,
transformación y transporte y los efectos sobre el clima,
hasta aspectos directos sobre el ser humano como
los efectos sobre la salud. Es decir, para conocer
la huella ambiental de un producto hay que analizar
su impacto en el ecosistema desde su fabricación hasta
el final de su vida (incluida la gestión del residuo
tras su uso), recabando datos sobre su consumo de
agua y energía, sus emisiones a la atmósfera…


Imagen: S. Hermann & F. Richter

Reducir nuestra huella ambiental es clave para
conseguir un desarrollo sostenible, concepto que
lleva implícita la posibilidad de que las generaciones
actuales puedan satisfacer sus necesidades, sin
comprometer la posibilidad de que las satisfagan las
generaciones de mañana.

¿Cuál es la solución?

En definitiva, materiales alternativos existen y cada uno
añade un nuevo punto de vista, con sus propios problemas
e impactos. La sostenibilidad no es algo sencillo y
se debe abordar desde muchas perspectivas, cada una
de ellas con sus particularidades. Es obvio que quien
pueda permitirse hacer una bolsa de tela con una vieja
camiseta estará reduciendo el uso de las bolsas de
plástico, y que comprar unas pajitas o unos táperes de
silicona evita la utilización de cientos de pajitas de usar
y tirar y de docenas de envases de plástico.

Pero la respuesta no está tanto en el material como
en una concienciación de los efectos de nuestros
hábitos. Para disminuir el impacto y cuidar el medio
ambiente, el consumidor puede aportar su granito de
arena si pone en marcha la regla de las tres erres: reducir,
reutilizar y reciclar. La producción de envases u objetos
genera un impacto ambiental, sean del material que
sean. Por lo tanto, en primer lugar, lo idóneo es evitar su
uso o consumo (reducción). Pero si esto no resulta posible,
es preferible decantarse por materiales
que provengan de fuentes renovables y que hayan sido
producidos minimizando su huella ambiental, además
de intentar alargar su vida útil (reutilizándolo las veces
que sean posibles) y, finalmente, gestionar su residuo
de modo correcto.

Este último punto, el reciclaje, está cada
vez más presente en los hábitos de los consumidores:
en 2018 se reciclaron en España 1.453.123 toneladas
de envases de plásticos, latas, briks, envases de papel
y cartón, lo que que evitó la emisión de 1,6 millones de
toneladas de CO2 a la atmósfera, según cifras de Ecoembes.
El siguiente paso, por tanto, consiste en concienciarse
en la reducción y en la reutilización.

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Etiquetas:

plástico

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