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Científicos leoneses investigan un método ecológico para aprovechar todos los elementos de las plantas aromáticas y medicinales

Logran en un mismo proceso extraer varios productos, mejorar la calidad y evitar residuos contaminantes

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 16 mayo de 2002

Extraer de un ajo su esencia y su sal en un mismo proceso químico sin dejar rastro tóxico. Este es sólo un ejemplo de la aplicación de la tecnología supercrítica a las plantas que estudia un equipo del Centro de Automatización, Robótica y Tecnologías de la Información y Fabricación (Cartif) de Castilla y León. Esta tecnología es usada en Estados Unidos para descafeinar el café o el té y en otros países de la Unión Europea para producir alimentos dietéticos. En otros se experimenta con el uso de esta tecnología para reciclar aceites industriales.

En España, con unas 350 especies de plantas medicinales y aromáticas (el 70% del consumo se concentra en sesenta de ellas) y en Castilla y León, con una orografía especialmente dotada para cobijarlas, su explotación industrial es una “microalternativa” agrícola que suscita algunos proyectos de Investigación y Desarrollo.

Casi tan vieja como la costumbre de recolectar plantas silvestres, la destilación por arrastre de vapor sigue vigente. El vapor atraviesa un lecho de plantas introducidas a presión, tira del aceite, se enfría y por decantación se separa el aceite o el aroma del agua. Las altas temperaturas que requiere el proceso degradan algunos compuestos, el agua sobrante del proceso es saturada -no puede ser vertida directamente a ninguna corriente- y es un proceso limitado a destilaciones sencillas. Este es el método usado con plantas destinadas a la perfumería. La lavanda es el ejemplo más destacado.

Partiendo de estas premisas, los químicos del Cartif se han centrado en la tecnología supercrítica para refinar la destilación hasta lograr en el mismo proceso extraer varios productos, mejorar la calidad y evitar residuos contaminantes. Recibe el nombre de un estado intermedio entre el gas y el líquido (punto crítico) y aprovecha ese momento de la materia porque tiene las propiedades más beneficiosas para la destilación de ambos estados. “Se disuelve como un líquido y mantiene la difusividad -capacidad de un gas para entrar en un sólido- del estado gaseoso”, explica Javier Gutiérrez, investigador del proyecto.

“Lo que hacemos es comprimir dióxido de carbono líquido hasta que llega a la región supercrítica -cuando no es ni gas ni líquido-. Disolvemos la materia vegetal, por ejemplo una jara. El control de la presión y la temperatura es lo que hace posible el proceso. Lo descomprimimos hasta la fase de gas. Al hacerlo gas, el disolvente (CO2), que ha penetrado en la masa vegetal, precipita el extracto de la jara en estado puro y el dióxido de carbono se enfría para su reciclaje como líquido”, explica Gutiérrez.

Según la presión y la temperatura que se aplique se destilarán unos componentes u otros -descompresión en cascada-. Así, el mismo proceso puede servir para extractar el aroma y los aceites esenciales de una planta. También permite un control muy exacto del grado de pureza que se quiere alcanzar en la sustancia. Valga el ejemplo de la cayena, planta de la que se extrae el picante. De su grado de pureza dependerá su comercialización y de un mismo producto según su intensidad se obtendrán diferentes variedades. “Entre las ventajas está la destilación selectiva y, al ser un circuito cerrado, la no emisión de sustancias tóxicas”, explica Gutiérrez. Entre las desventajas, las altas presiones que se manejan -400 atmósferas- imponen una maquinaria especialmente cara, sólo rentable cuando el producto a extraer tiene un alto precio en mercado que justifique la inversión.

A pesar de la creciente demanda de plantas aromáticas y medicinales -las herboristerías facturaron 26.000 millones de pesetas en 2001-, el sector sigue sin tener una regulación específica y Sanidad va retirando los productos que no pueden comercializarse como medicamentos.

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