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Plástico: un desafío medioambiental de enormes proporciones

Desde que el plástico se inventó a escala industrial en los años cincuenta, hemos generado 8.300 millones de toneladas, lo que equivale a un millón de torres Eiffel o 1.100 kilos por persona

Imagen: GettyImages

El problema es de sobra conocido: nuestros océanos están llenos de plástico. Y es tanto o más serio de lo que puede parecer a simple vista. La presencia de este material que ahoga nuestras aguas en ingentes cantidades representa una de las grandes crisis medioambientales de la actualidad. En algunas regiones se han encontrado casi 800 gramos —el equivalente a unas 24 botellas de plástico de litro y medio— por kilómetro cuadrado. Los datos son alarmantes porque esos materiales tienen implicaciones ecológicas importantes, como explicamos a continuación.

Según el estudio ‘Contaminación plástica en la zona subtropical del Pacífico Sur’, elaborado por investigadores de EE.UU. y Chile, hay regiones del sur del Pacífico que ya registran más de 300.000 partículas de microplásticos por kilómetro cuadrado. La cifra es preocupante porque supone una amenaza medioambiental dentro y fuera de las aguas. Los animales marinos como las tortugas se ahogan con plásticos de
gran tamaño que confunden con medusas (especie de
la que habitualmente se alimentan). Estos restos también
provocan cambios en las poblaciones microbianas,
que pueden desestabilizar los ecosistemas y entrar en la
cadena alimentaria. Un informe presentado en 2018 a
la Comisión Europea por la consultoría Eunomia (Reino
Unido) y la ICF International Inc. apunta a la posibilidad
de que, en caso de ingesta, las partículas más
pequeñas (nanopartículas) pudieran llegar a atravesar
las membranas celulares de nuestro organismo.


Imagen: Matthew Gollop

Fuera de los ecosistemas acuáticos también se ha observado que el plástico puede dañar a
los animales y microorganismos del suelo y dificultar la
germinación y el crecimiento de las plantas. Finalmente, los humanos terminamos comiendo
todo ese plástico que entra en la cadena trófica, ya
sea a través del pescado, de otros animales marinos
o de las plantas. Muchos son inertes y no afectan al
tubo digestivo. Sin embargo, algunas primeras investigaciones
apuntan a la posibilidad de que esta
ingesta repercuta de forma negativa en la salud. Según
el estudio ‘Una evaluación de la toxicidad de los microplásticos de polipropileno en humanos’, elaborado
por investigadores de la Universidad de Yonsei (Seúl),
el propileno (un tipo de plástico) podría inducir a las
células inmunitarias a la producción de citoquinas
(agentes responsables de las respuestas inflamatorias
del cuerpo). Otra investigación de la Universidad
de Hangzhou (China) concluyó que los restos de poliestireno
podrían afectar a la microbiota intestinal,
es decir, a esos microorganismos que nos ayudan a
digerir de manera adecuada los alimentos.

No obstante, los estudios son
aún muy recientes y su carga de prueba resulta muy
débil, por lo que no debería sorprendernos encontrar
nuevas noticias en los próximos meses o años, e incluso
conocer otros efectos de los microplásticos sobre la
salud. Según la Autoridad Europea para la Seguridad
de los Alimentos (EFSA), “si bien la presencia de estas
partículas en los alimentos está ya identificada como
un riesgo emergente en la UE, existe todavía una falta
de información sobre los mismos y, en particular, sobre
su toxicidad”.

El plástico no es un tipo de material

“Plástico” no es un tipo de material, sino una propiedad
que pueden tener los materiales y que engloba a muchas
sustancias que lo único que comparten entre sí es
una serie de propiedades mecánicas. No obstante, en la
práctica, el concepto de “plástico” se asocia a la idea de
ese material ligero e incluso flexible y fácil de moldear
que tan presente está en nuestro día a día. Se calcula
que, desde que el plástico se inventó a escala industrial
en los años cincuenta, hemos generado 8.300 millones
de toneladas de plástico, lo que equivale a un millón de
torres Eiffel, según un estudio publicado en 2017 por la
Universidad de California y la Sea Education Association.
Eso se traduce en 1.100 kilos por persona. A este
ritmo, para 2050 habremos producido cerca de 34.000
millones de toneladas.

Otro dato: en 2016 se recogieron en España unos
2,3 millones de toneladas de plástico, de los cuales el
46 % acabó en vertederos. Lo ideal, por tanto, sería
reducir, reutilizar o reciclar (apenas un 9 % ha sido
reciclado desde 1950), para lograr la sostenibilidad
ambiental.

Los plásticos biodegradables también tienen inconvenientes

El de los plásticos es un problema digno de ser considerado
desde una perspectiva global, al igual que lo son
otros grandes retos medioambientales, como el cambio
climático o las especies exóticas invasoras. La primera
solución que nos viene a la cabeza es la sustitución de
los materiales convencionales por otros alternativos.
Se habla de los plásticos biodegradables, los compostables o los bioplásticos, pero ni todo lo biodegradable
es compostable, ni todo el bioplástico es biodegradable.

El término bioplástico suena muy bien, pero no todo
son ventajas. En primer lugar, la producción de plásticos
con materiales de origen renovable, como el PLA
(ácido poliláctico), también genera un impacto en el
medio ambiente. Por ejemplo, el cultivo del maíz, materia
prima con la que se pueden fabricar plásticos PLA,
necesita gran cantidad de agua y de energía, además de
conllevar un uso y desgaste del suelo. Así, ese origen vegetal,
aunque a priori sea bien percibido, acarrea unas
implicaciones medioambientales y éticas que también
deben tenerse en cuenta a la hora de valorar si un material
es más sostenible que otro.

En segundo lugar, el residuo generado tras el uso
de un bioplástico presenta otros problemas. Por un lado,
la gran variedad de bioplásticos ocasiona confusión
en el momento de ser desechados: por ejemplo, si tiramos
un bioplástico compostable al contenedor amarillo,
podemos estar dificultando el proceso de reciclaje,
ya que debería ser depositado en el contenedor marrón
para su posterior compostaje. Sin embargo, otros bioplásticos
como el BIO-PET se pueden reciclar sin problema
arrojándolos al contenedor amarillo. Pero, ¿y si
un plástico biodegradable no acaba en el contenedor,
sino en la naturaleza?

Que un objeto sea biodegradable no significa que, si
se deja en el monte tras un domingo de pícnic, vaya a
descomponerse y desaparecer por sí solo. Para que esta
degradación suceda en un corto plazo de tiempo, han
de cumplirse ciertas condiciones, que deben ser proporcionadas
deliberadamente para la correcta y rápida
eliminación del plástico biodegradable en cuestión.
Por ejemplo, el bioplástico PLA (ácido poliláctico) se
degrada muy bien cuando se trata de hacer compost
de forma industrial, pero tarda más en un suelo que no
tenga suficiente humedad, y su biodegradabilidad es
prácticamente nula en el mar. Es decir, el bioplástico
PLA se descompone bajo la acción de microorganismos,
pero solo lo hará en un corto plazo en condiciones
industriales. Así pues, lo importante en este
caso es su cualidad de compostable, porque en condiciones
no industriales (es decir, sin la acción deliberada
del hombre para su procesado), la degradación será
mucho más lenta.


Imagen: Gettyimages

Por tanto, los problemas de la gestión de los residuos
de bioplásticos son en muchos casos similares a
los del plástico convencional. Así, aunque de los más
de dos millones de toneladas de bioplásticos que –se
calcula– se produjeron en 2017, el 42,9 % fueran biodegradables,
la diferencia al tratar el residuo
no es significativa. Si nos preguntamos si puede
alguien tirar al campo una bolsa hecha de bioplástico
biodegradable con la conciencia tranquila de que no
producirá impactos, la respuesta es no. Esa bolsa no va
a descomponerse con facilidad, especialmente en
entornos donde las condiciones no sean las
idóneas, y lo más probable es que termine rasgada y
convertida en pedazos de menor tamaño o arrastrada
por el agua hasta el océano.

La eliminación de un plástico, incluso siendo
biodegradable, no equivale a una ausencia de huella o
impacto. Tanto el proceso de compostaje como la biodegradación
en la naturaleza de los plásticos generan
gases de efecto invernadero, como el metano o el dióxido
de carbono. Además, aparte de este tipo de gases,
algunos productos plásticos también pueden generar, al descomponerse, sustancias tóxicas que tienen un
impacto negativo sobre los ecosistemas. Un estudio
elaborado por investigadores de la Universidad de Alcalá
y la Autónoma, ambas de Madrid, concluyó que
uno de los plásticos biodegradables más comunes, el
polihidroxibutirato (PHB), libera durante su degradación
nanoplásticos que producen efectos tóxicos sobre
organismos acuáticos como algas y bacterias. Sí existen
algunos plásticos biodegradables comerciales que pueden
degradarse totalmente sin dejar residuos tóxicos,
pero son minoría.

Noviembre 2019 Imagen: CONSUMER EROSKI

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Etiquetas:

plástico

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