Hipocondría: «el enfermo eterno»

Una de cada cien personas en el mundo padece esta enfermedad
Por Ana Eva Jiménez 8 de abril de 2003

¿Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejicas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean a una enfermedad crónica y de difícil solución: la hipocondría.

Cómo se diagnostica

Los especialistas definen la hipocondría como la preocupación excesiva que una persona siente por su propia salud, una inquietud fuera de lo normal por padecer enfermedades que no se tienen, o por magnificar las ya existentes. Angustia, depresión y abandono de actividades habituales para dedicarse al cuidado de uno mismo son algunos de sus efectos.

Para diagnosticar esta enfermedad, según el CIE 10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 1992), el paciente debe de estar convencido de padecer como máximo dos enfermedades graves y que al menos conozca el nombre y la sintomatología de una de ellas. Para descartar otros males físicos o psíquicos, se mantiene al paciente en observación -con controles periódicos- durante seis meses.

El doctor José Antonio García Higuera, del Centro de Psicología Clínica de Madrid, recuerda que en Estados Unidos entre el 4% y el 9% de los pacientes que acuden al hospital lo hacen debido a síntomas hipocondríacos. Amaia Bakaikoa, psicóloga clínica y sexóloga, estima que alrededor del 1% de la población mundial padece esta enfermedad.

Mónica Elorza Motriz, psicóloga de AM&EM Asociados, enumera las pautas en las que se basan los especialistas para diagnosticar hipocondría:

  • Preocupación y miedo a tener, o la convicción de padecer, una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de síntomas somáticos.

  • Preocupación persistente a pesar de las exploraciones y explicaciones médicas apropiadas.

  • La preocupación puede llegar a provocar un gran malestar o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

  • La duración del trastorno es de al menos 6 meses.

  • La preocupación no se explica mejor por la presencia de trastorno de ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de angustia, episodio depresivo mayor, etc.

Detonantes

Las causas que pueden producir el desarrollo de la hipocondría, según la psicóloga Mónica Elorza, son las siguientes:

  • Educación basada en el miedo o la protección excesiva.
  • Experiencias traumáticas relacionadas con la enfermedad o la muerte.
  • Interpretación incorrecta de síntomas.
  • Proceso de la historia del aprendizaje: “se pone” enfermo para despertar la atención de los demás.
  • Haber padecido enfermedades durante la infancia.
  • Recibir información alarmante sobre enfermedades.

Las enfermedades graves, particularmente en la infancia, y los antecedentes de alguna enfermedad en miembros de la familia se asocian a la aparición de la hipocondría. Se cree que las situaciones de estrés psico-social, sobre todo la muerte de alguna persona cercana, pueden precipitar la aparición de este trastorno. También influye la convivencia o cercanía de un enfermo de este tipo. La negatividad del hipocondríaco y su metodología para interpretar los síntomas corporales resultan ser “contagiosos”.

¿Cómo son los hipocondríacos?

“Se considera que una persona es hipocondríaca cuando durante seis meses o más está convencida de que padece una enfermedad, a pesar de que los exámenes médicos indiquen lo contrario”, sentencia Marta Michelle Colón, psicóloga clínica. Las que más miedo les causan son las patologías sin cura, como determinados cánceres, SIDA o enfermedades del corazón. “Presentan una personalidad obsesiva y son proclives a la angustia y a la depresión” concluye Mónica Elorza, psicóloga de AM&EM Asociados.

Según los expertos, el perfil del hipocondríaco corresponde a un hombre o mujer, con más de 30 años, que tiene por costumbre acudir al médico por una preocupación que perturba su vida: padecer una enfermedad grave. Los niños no son inmunes a esta enfermedad y según los expertos, quienes más la sufren son aquellos cuyos padres la padecen. “Lo habitual es que se dé en varones que ronden la treintena y en mujeres a partir de los 40”, explican los psicólogos.

La psicóloga Amaia Bakaikoa define a los hipocondríacos como neuróticos obsesivos de la salud, “lo que les preocupa son los trastornos físicos, pero existe otro tipo de paciente obsesionado por trastornos psíquicos. Estos últimos también son hipocondríacos”, afirma. “No se preocupan por tener mal el corazón, aunque sí por creer estar sufriendo una depresión que, sin duda, están convencidos que les llevará a un suicidio que no quieren que se dé”, concluye.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Estos análisis van acompañados de continuas quejas, según relata la doctora Amaia Bakaikoa, de síntomas tan extraños como “venas dolorosas, corazón vago, etc”. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, tan de moda en la actualidad. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de diversos males, “en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen”, explica la experta.

Para Josune Eguia Fernández, psicóloga del Centro Campuzano-Tíboli de Bilbao, el desencadenante de esta enfermedad no se conoce con exactitud todavía pero “es incuestionable que este tipo de enfermos tienen altibajos. Existen ciertos detonantes que agravan su situación”. “En breve, por ejemplo, empezarán a llegar a la consulta hipocondríacos que estén experimentando los síntomas de la neumonía asiática, convencidos de padecerla sin haber tenido ningún tipo de contacto con este país ni con nadie relacionado con el mismo”. Hace pocos meses las consultas de los urólogos estaban llenas de hombres que padecían el llamado “síndrome Molina”: la mayoría de ellos se quejaban de fuertes dolores en los testículos y estaban convencidos de padecer un tumor cancerígeno en alguno de los testículos, como el conocido futbolista.

Al hipocondríaco le aterra estar enfermo, poder estarlo, el sufrimiento y, en consecuencia, la muerte. Interpreta todo lo que siente como un presagio de una futura o latente enfermedad que, por lo general, suele ser grave. Para evitar todo tipo de enfermedades o el empeoramiento de sus ficticias dolencias se convierte en un experto nutricionista. Sabe qué contiene cada alimento y bebida que ingiere, y controla la temperatura a la que se expone utilizando o desechando de forma compulsiva ventiladores y calefacciones.

Quienes padecen esta enfermedad acaban obsesionándose de tal manera que sus dolencias acaban siendo su único tema de conversación. Algunos llegan incluso a trasladarse de domicilio a fin de permanecer más cerca de un hospital y cada vez que planean sus vacaciones sustituyen la visita al museo por un recorrido por los centros sanitarios a los que acudir si se presenta la ocasión. Incluso renuncian a disfrutar de una vida social plena por miedo a todas las enfermedades que les pueden contagiar y, en caso de tener que ponerse en contacto con el resto de la humanidad, algunos no dudan en utilizar guantes o mascarillas.

La peor cara de esta enfermedad es que la personalidad de quien la padece y su manera de vivir cambian totalmente para consagrarse en cuerpo y alma a su salud, llegando a renunciar al trabajo, amigos y familia, que a menudo es quien se lleva la parte más amarga.

Difícil relación médico-paciente

El mismo hipocondríaco se diagnostica por su cuenta su enfermedad, basándose en los síntomas que cree padecer mucho antes de llegar a la consulta del médico. Una vez allí, y aunque se le asegure que no está enfermo, su preocupación sólo desaparecerá momentáneamente, para volver a angustiarse al poco tiempo. Este es proceso habitual.

Para identificar a un hipocondríaco lo primero que ha de hacer un médico es descartar enfermedades reales. Se calcula que en un 20% de los casos realidad e imaginación conviven durante cierto tiempo, es lo que llaman “coexistencia”: las dolencias pueden ser, en parte, fruto de una enfermedad real y, en parte, de una que no existe.

Dentro de esta patología hay varios tipos de pacientes: “Los hipocondríacos graves no acuden a la consulta del médico por miedo a que les diagnostiquen una enfermedad”, señala el Dr. José Antonio García Higuera, quien añade que, sin embargo, “lo habitual es que los pacientes menos graves no dejen de acudir a diversas consultas en su empeño de encontrar a un médico que les haga caso, que les tome en serio”. En su ansía de encontrar quien les cure “su mal”, recurren a la medicina alternativa, sobre todo a curanderos. También hay quien decide tener avanzados conocimientos de medicina y prueba a automedicarse, con los consabidos riesgos que esta práctica conlleva.

La doctora Bakaikoa hace una reflexión interesante respecto a los terapeutas: “Es difícil encontrar un terapeuta que trate bien la hipocondría. El paciente se resiste a ser atendido porque entiende que su enfermedad es física y no encuentra motivos para ser sometido a terapia. Y aunque acceda y el profesional consiga que por fin supere su sintomatología y miedos, el hipocondríaco tiende a exponer nuevos síntomas y a auto-convencerse de que padece nuevas enfermedades”. “Es un trabajo desagradecido y muy duro para un psicólogo. Muchos terapeutas acaban tirando la toalla”, matiza.

Posibles tratamientos

El tratamiento más adecuado, según los médicos consultados, se centra en la combinación de medicación antidepresiva y psicoterapia individual de corte cognitivo conductual. “Es recomendable que trabajen con el paciente al mismo tiempo psiquiatra y psicólogo. El psiquiatra controla la medicación y el psicólogo lleva a cabo la terapia. Sin una combinación de ambos, el éxito de la terapia no se puede asegurar” afirma la psicóloga Elorza.

Otra psicóloga, Josune Eguia, subraya que “la hipocondría es una enfermedad crónica cuyo tratamiento dura toda la vida”. “Dependiendo del caso y de la gravedad del mismo, hay pacientes a los que se les interna en la unidad de agudos, pero lo normal es que con un tratamiento semanal al principio y otro mensual a posteriori sea suficiente”.

La Web de la Clínica de la Ansiedad aclara que los medicamentos no suelen ser efectivos en el tratamiento de esta enfermedad, salvo aquellos que reducen la ansiedad o el desánimo. Sin embargo algunos especialistas coinciden que la existencia de casos en los que se hace necesario el uso de psicofármacos para poder controlar el estado del paciente y dar paso a una terapia psicológica apropiada. “Los psicofármacos son medicamentos orientados a aquellos problemas de tipo psicológico como una depresión o ansiedad. Actúan modificando procesos fisiológicos y bioquímicos en el cerebro” aclara la Elorza. La terapia, sin embargo, persigue paliar la angustia y miedo provocados por enfermedades ficticias. Para que dé resultado es importante que el enfermo deje de acudir continuamente al médico y a urgencias y que, a ser posible, no hable de enfermedades.

Reeducar al paciente es labor de todos. Los psicólogos insisten en “la importancia de enseñarles cómo afrontar el problema y a que diferencien entre los síntomas reales y los creados”. Se utilizan medios como la des-sensibilización, técnica de control del pensamiento, exposición y superación de los miedos y temores, control de la ansiedad a través de la relajación y el autocontrol (para conseguirlo, muchas veces basta con averiguar qué relaja al paciente; un simple baño, escuchar música o bailar puede ser suficientes). “Conviene ayudar al paciente a eliminar ideas irracionales” reitera Bakaikoa.

Se dará por terminado el tratamiento cuando el sujeto deje de sentir miedo a las enfermedades y a la muerte de manera obsesiva. Para llegar a este punto se evaluará y analizará de antemano qué factores provocaron la hipocondría en el paciente y sus antecedentes. Antes de tratar al paciente hay que conocerlo, tanto a él como a sus circunstancias. En muchas ocasiones se hace necesario tratar no sólo al paciente si no a sus familiares y amigos.

El tratamiento debe abarcar la recuperación de la salud del paciente (normalmente dañada por obsesiones y ansiedades), la prevención para que estos síntomas provocados no vuelvan a resurgir y el desarrollo personal del paciente a fin de evitar próximos episodios.