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Reconstruir la vida después de un DCA
Y es que la participación social no es solo un derecho, sino una parte esencial del bienestar emocional, mental y físico. Tener conexión con otras personas, sentirse útil y formar parte de la comunidad impacta directamente en la salud.
Sin embargo, muchas personas con DCA se enfrentan a barreras importantes que dificultan esa integración: desde limitaciones físicas o cognitivas, hasta la falta de accesibilidad, prejuicios sociales o recursos insuficientes.
La familia y el entorno más cercano pueden marcar la diferencia. El apoyo emocional, la motivación y la confianza son pilares fundamentales para ganar autonomía. Pero también hay riesgos, como la sobreprotección o el desgaste de las personas cuidadoras. Por eso, es fundamental entender que la participación social no es solo responsabilidad de la persona con daño cerebral adquirido o de su familia, sino de toda la comunidad.
Una vida saludable implica mucho más que, por ejemplo, seguir una buena alimentación o hacer ejercicio. También requiere espacio para disfrutar, compartir y expresarse.

Fomentar el acceso de las personas con DCA a actividades culturales, deportivas o recreativas no es un lujo, sino una necesidad. Participar en este tipo de actividades mejora el estado de ánimo, refuerza las habilidades sociales y ofrece un respiro emocional muy necesario.
Otra clave es la sensibilización de la sociedad: iniciativas que promuevan una mirada inclusiva ayudan a reducir el estigma y a construir entornos más empáticos. Cuando se comprenden mejor las secuelas del daño cerebral se abren muchas más puertas.
Además, la tecnología está demostrando ser una gran aliada para mejorar la calidad de vida de las personas con DCA. Herramientas como teclados adaptados, comunicadores o aplicaciones accesibles permiten a muchas personas comunicarse, formarse o conectarse con otros/as, superando barreras que antes parecían infranqueables. Eso sí, la tecnología debe ir acompañada de la formación y el apoyo personalizado necesarios para utilizarla de manera adecuada.

No se trata solo de “hacer cosas por” las personas con daño cerebral, sino de generar espacios donde ellas mismas puedan tomar sus decisiones, aportar ideas y desarrollar sus propios proyectos. El bienestar surge cuando la persona se siente parte activa de su entorno.
A pesar de los avances, aún hay desafíos que superar. Todavía existen muchos programas que no se mantienen en el tiempo o que dependen de estructuras poco coordinadas. Muchas veces la falta de comunicación entre los servicios sanitarios, sociales y educativos también genera vacíos en el acompañamiento. Y, por supuesto, no debemos olvidar que el daño cerebral es una condición cambiante: lo que sirve para hoy puede no ser útil para mañana.
Por eso es tan importante escuchar directamente a quienes viven esta realidad: conocer sus necesidades, sus frustraciones, sus logros y sus propuestas es fundamental para crear apoyos más eficaces. La participación empieza por ser escuchado o escuchada.
Dejar atrás el modelo asistencialista, centrado solo en cubrir necesidades básicas, y avanzar hacia un enfoque basado en derechos, autonomía y empoderamiento es un cambio de mirada que transforma vidas. Porque cuando una persona con daño cerebral participa, se siente viva. Y cuando la comunidad le da espacio, todos y todas ganamos.
✍️ Laura Rodríguez González, educadora social de Dano Cerebral Lugo


