Entrevista

David O. Carpenter, director del Instituto de Salud y Medio Ambiente de la Universidad de Albany

Los contaminantes orgánicos persistentes hacen que la gente enferme más y de forma más grave
Por Jordi Montaner 10 de febrero de 2009
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Imagen: CONSUMER EROSKI

Doctorado en Harvard y ejerciendo en la Universidad de Albany (Nueva York), este especialista puso el dedo en la llaga hace cuatro años al demostrar que los índices de contaminación de grandes áreas urbanas, como Nueva York, EE.UU., son determinantes en el aumento de la incidencia de enfermedades respiratorias infantiles, con independencia de variables sociodemográficas.

¿Somos lo que respiramos?

La calidad del aire respirado incide enormemente en la salud, no cabe duda. Las autoridades sanitarias de Nueva York detectaban irregularidades en la epidemiología estatal del asma y de otras enfermedades neumológicas infantiles, y solicitaron a nuestro grupo que investigara por qué.

Y su investigación motivó que se llevaran las manos a la cabeza.

La hipótesis que las autoridades postulaban entonces era que la incidencia de enfermedades respiratorias crece siempre en las zonas de población con renta más baja o de origen inmigrante (como ocurre con la tuberculosis). Sin embargo, nuestra investigación reveló que los bebés de los habitantes del Estado de Nueva York que habitan junto a grandes vertederos con densidad de bifenilos policlorados (PCB) o pesticidas corren un riesgo grave de padecer enfermedades respiratorias sólo como consecuencia de la contaminación atmosférica en su lugar de residencia. Elaboramos un artículo que apareció en la revista “Environmental Toxicology and Pharmacology” y que levantó ampollas.

¿Por qué?

Si los bebés enferman por la pobreza, la responsabilidad de la Administración es muy ambigua; pero si las enfermedades se deben a la política de residuos del Estado, la cosa cambia.

¿Cómo llevaron a cabo su investigación?

Hay estudios que analizan la influencia de los contaminantes sobre enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer

Primero estudiamos a los pacientes hospitalizados, con un detalle de edades y diagnósticos, y vimos que la razón de que en determinados condados o barrios de Nueva York la gente enfermara más o lo hiciera de forma más grave se correspondía con la presencia ambiental de contaminantes orgánicos persistentes (POP), PCB y pesticidas.

¿Qué enfermedades entraban en esta lista?

Asma, bronquitis y enfermedades infecciosas del tracto respiratorio. La presencia de contaminantes atmosféricos en las zonas con más prevalencia superaba en un 20% la de otras zonas de Nueva York.

¿No coincide con las zonas más depauperadas o marginales?

No necesariamente. A modo de ejemplo, tenemos la zona ribereña del río Hudson, desde Hudson Falls hasta la isla de Manhattan. Estudios epidemiológicos avalan que se trata de una zona con una renta “per capita” elevada, poquísimos fumadores, hábitos dietéticos saludables (elevada concentración de vegetarianos) y con una exquisita afición a la práctica de ejercicio físico al aire libre… La concentración de PCB en el aire de aquella zona es mucho mayor que en otros lados de Nueva York, lo que se correlaciona con una incidencia mayor de enfermedades respiratorias en edad pediátrica y en un mayor número de hospitalizaciones.

Pero las infecciones se deben a microbios, más que a contaminantes.

Datos fisiopatológicos avalan que los PCB tienen la capacidad de deteriorar el sistema inmune y propiciar, de esta manera, un mayor número de infecciones tanto víricas como bacterianas. En los barrios contaminados había una incidencia de gripe, oído medio y sarampión que los de zonas contaminadas. Por el contrario, la tasa de reacciones alérgicas suele ser menor. Hay estudios en marcha que analizan, asimismo, la influencia de los contaminantes sobre enfermedades neurodegenerativas como, por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer.

Los brotes de enfermedad responden a los años más recientes. ¿Está el aire de Nueva York ahora más contaminado que hace diez años?

Si atendiéramos a la casuística, sí; pero los frenos industriales a la contaminación han verificado de forma reiterada su eficacia, y especulamos con que los brotes detectados se refieran a una fuente de contaminación aérea totalmente imprevista: los atentados del 11 de septiembre sobre las torres gemelas.

DE NUEVA YORK A VALENCIA
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Imagen: Lucia Maldonado-Medina

Un equipo de la Universidad de Valencia, dirigido por Josep Ferrís i Tortajada, ha llevado a cabo en nuestro país una investigación-secuela de la de David O. Carpenter- evaluando el peso epidemiológico de enfermedades asociadas a la contaminación atmosférica por combustibles fósiles. Parten estos investigadores de la constatación de que la contaminación atmosférica secundaria a la combustión de sustancias fósiles y los residuos de diversas actividades humanas en los países occidentales está produciendo un cambio importante en la composición de los gases que respiramos.

“Esta contaminación genera efectos perjudiciales sobre la salud humana, con importantes repercusiones en los patrones de morbimortalidad, siendo especialmente vulnerable la población pediátrica, las personas mayores, mujeres embarazadas, lactantes y personas que padezcan enfermedades cardiorrespiratorias con independencia de la edad”. Las enfermedades asociadas a contaminantes medioambientales generados por combustibles fósiles abarcan, según Ferrís i Tortajada, un amplio abanico de patologías que oscilan desde conjuntivitis, sinusitis, faringitis o cefaleas a bronquitis asmática grave, EPOC, insuficiencias cardiaca, renal o hepática y cánceres.

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