Fibrilación auricular, una arritmia muy frecuente

La probabilidad de padecer este tipo de arritmia aumenta con las horas de ejercicio físico realizadas
Por Teresa Romanillos 22 de mayo de 2008
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Imagen: NLM

Pese a que el ejercicio físico practicado de manera regular disminuye la probabilidad de padecer enfermedades cardiovasculares, algunos estudios ya habían vinculado la práctica de deporte con el riesgo de fibrilación auricular. La incidencia de fibrilación auricular aumenta con la edad, pasando de un 0,4% en la población general a casi un 5% en los mayores de 65 años. A pesar de que en el desarrollo de la arritmia se han identificado algunos factores como la presencia de valvulopatías, la edad o la hipertensión entre otros, hasta en un 30% de los casos se desconoce la causa que la provoca.

Imagen: Kevin Miller

Un trabajo realizado en el año 2002 ya reveló que los hombres que presentaban fibrilación auricular de causa desconocida practicaban deportes de resistencia con mayor frecuencia que la observada en la población general. La investigación actual, efectuada por el mismo grupo, ha pretendido ir más lejos y ha valorado si la actividad física en general, incluso la ligada a la actividad profesional, podría influir en el desarrollo de la arritmia. Con este fin, los autores examinaron a un grupo de 107 individuos menores de 65 años que habían acudido al servicio de urgencias con un episodio de fibrilación auricular (FA) de menos de 48 horas de duración.

Más ejercicio, más arritmias

Los datos de este grupo se compararon con otro grupo control de 107 individuos voluntarios sanos emparejados por edad y sexo. Todos los sujetos fueron sometidos a un cuestionario en el que se registraban las horas de ejercicio físico, tanto el efectuado en su tiempo libre como el ligado a su actividad laboral, y fueron clasificados en cuatro niveles de intensidad. Los resultados muestran que la práctica de deportes de resistencia durante años aumenta tres veces el riesgo de presentar fibrilación auricular y cinco la fibrilación auricular de tipo vagal (que es la que aparece durante el sueño o tras las comidas debido a una disminución de la frecuencia cardiaca y aumento del tono parasimpático).

Asimismo, se constata que existe un efecto acumulativo, y que la probabilidad de padecer esta arritmia se incrementa de manera proporcional con la cantidad de ejercicio físico que se practique a lo largo de la vida. En el estudio, además de la actividad física, se concluye que la altura del individuo y el tamaño de una de las cavidades del corazón (la aurícula izquierda) están implicadas en el desarrollo de FA. Los individuos más altos y los que tienen unas mayores dimensiones de esta cavidad presentan una mayor probabilidad de presentar FA.

La probabilidad de padecer FA se incrementa proporcionalmente con la cantidad de ejercicio físico que se practique a lo largo de la vida

El mecanismo por el cual el ejercicio influye en la aparición de FA no es del todo conocido, aunque parece estar relacionado con las sobrecargas de volumen y presión a las que se encuentra sometido el corazón durante el ejercicio. El corazón del atleta sufre una adaptación fisiológica al ejercicio, con un incremento del tamaño de las aurículas y de la masa de los ventrículos. También se ha constatado que los corredores pueden desarrollar fibrosis auricular, uno de los sustratos reconocidos de FA. Estudios recientes sugieren que el ciclismo puede provocar, a largo plazo, cambios arritmogénicos a nivel del ventrículo derecho en individuos susceptibles. «El deporte es sano, pero debemos ser conscientes de nuestras capacidades y no exigirnos altos rendimientos a partir de ciertas edades», concluye el coordinador de este estudio, Lluís Mont, médico investigador del Instituto del Tórax del Hospital Clínic. Es de esperar que nuevos estudios aporten información para determinar la magnitud del riesgo y el nivel de ejercicio por encima del cual éste se incrementa.

Tipos de ejercicio

Numerosos estudios han demostrado los efectos beneficiosos del ejercicio físico sobre la salud. A nivel cardiovascular, mantenerse en forma disminuye la tensión arterial en reposo y favorece el control de la hipertensión arterial ligera-moderada. El entrenamiento aeróbico produce un descenso de la frecuencia cardiaca en reposo y también durante la realización de ejercicio físico de intensidad moderada. La actividad física también mejora el perfil lipídico; se observa un descenso de los triglicéridos sanguíneos y un incremento de las HDL (colesterol «beneficioso»). Otro efecto positivo es el control de la obesidad y también el de la diabetes, ya que el ejercicio disminuye las necesidades corporales de insulina.

Se aprecian dos clases de ejercicio físico según el método de obtención de energía que utilizan las células musculares. Sus diferencias a nivel práctico están en la intensidad y la duración. Los ejercicios aeróbicos son aquellos en los que el oxígeno es el intermediario que ayuda a las fibras musculares a obtener la energía necesaria para realizar la acción. Esta energía se produce mediante reacciones químicas de oxidación-reducción, y utiliza como combustible hidratos de carbono o lípidos y, como oxidante, el oxígeno. A nivel práctico se caracterizan por ser de baja-moderada intensidad y larga duración. Por este motivo resultan especialmente beneficiosos para «quemar» grasa y reducir peso, así como para ejercitar el sistema cardiovascular y respiratorio. Hablamos de andar, nadar, correr o pasear en bicicleta.

En el ejercicio anaeróbico, por contra, la metabolización de la glucosa se efectúa sin la presencia de oxígeno y tiene como producto final el ácido láctico. Es este ácido láctico acumulado el responsable del agarrotamiento muscular después de un ejercicio realizado en un tiempo corto y de máxima intensidad. A nivel práctico, los ejercicios anaeróbicos suelen ser de intensidad máxima y muy corta duración. Son beneficiosos para el sistema musculoesquelético, ya que lo fortalecen y lo tonifican. Dos buenos ejemplos son levantar pesas o las carreras de velocidad. Efectuar uno u otro tipo de ejercicio depende de los objetivos que se pretendan, aunque se recomienda alternar ambos.

ARRITMIA FRECUENTE

La fibrilación auricular (FA) es la arritmia cardiaca más frecuente y también la que genera mayor número de consultas a los servicios de urgencia. Puede presentarse en forma paroxística (episodios que se autolimitan) o bien establecerse de forma persistente. Es frecuente que los pacientes hayan padecido varios episodios paroxísticos antes de que la arritmia se instaure de forma permanente. En condiciones normales, los latidos del corazón siguen un ritmo, con variaciones que dependen del tipo de actividad física, pero siempre manteniendo un orden.

En la fibrilación auricular este orden se pierde y, en general, el corazón tiende a ir más rápido. Entre los síntomas más habituales están las palpitaciones y sensación de dificultad para respirar, aunque en algunos casos no hay síntomas y el problema se descubre de forma casual durante una exploración rutinaria. Se desarrolla tanto en presencia de cardiopatía subyacente como en corazones sanos. En las personas de edad y, sobre todo en hipertensos, este tipo de arritmia se relaciona con la presencia de fibrosis a nivel de la aurícula izquierda.

Uno de los problemas que conlleva la FA es el mayor riesgo de tromboembolismo, que se incrementa de forma proporcional a la edad del paciente; multiplica por cinco el riesgo de accidente vascular cerebral y es la responsable del 15% de ellos. Para minimizar el problema, uno de los pilares en el tratamiento es la terapia con fármacos que reduzcan la formación de trombos, como la aspirina y los dicumarínicos (Sintrom ®). En los últimos años ha surgido una nueva técnica: la ablación mediante radiofrecuencia.

Como mecanismo implicado de la FA se han descrito focos arritmogénicos en las venas pulmonares que pueden actuar como precipitantes de la arritmia. A través de un catéter que incorpora un electrodo, se identifican estas zonas y se transmite una moderada corriente eléctrica que destruye una pequeña porción del tejido miocárdico. Así se consigue aislar estos focos creando una especie de barrera que impide que los estímulos anómalos generados puedan propagarse.

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