Comer con los ojos
Antes del primer bocado, e incluso antes de abrir un envase, ya nos hemos formado una opinión sobre el producto que contiene. Más allá de que su aspecto nos resulte atractivo o llamativo, hay elementos visuales más sutiles que pueden influir en nuestra decisión de compra sin que seamos conscientes de ello: una gota que simula chocolate derritiéndose en el envoltorio de un helado, la palabra «suave» en un queso de untar…
Nos referimos a las declaraciones sensoriales: palabras, imágenes y otros recursos presentes en el envase que buscan generar una expectativa sobre cómo será el alimento antes de que llegue a nuestra boca.
Sin embargo, la experiencia sensorial que anticipamos a través del envase no depende únicamente de lo que vemos. También intervienen otros sentidos que pueden modificar nuestras expectativas sobre el alimento.
La influencia del peso y el tacto del envase

👉 El peso
El peso de un envase y cómo lo sentimos al tacto influyen en cómo percibimos las características del producto y, por tanto, en lo que estamos dispuestos a pagar por él. Este efecto se conoce como transferencia sensorial: lo que sentimos al tocar el envase puede condicionar cómo valoramos el alimento que contiene.
En un experimento desarrollado por la Universidad de Oxford (Reino Unido), los participantes probaron un mismo yogur en recipientes visualmente idénticos que solo variaban en su peso: cuanto más pesado era el recipiente, más denso y más saciante se percibía el yogur.
Un estudio posterior, en el que se sirvió un mismo refresco en botellas idénticas salvo por su peso, confirmó que ese efecto también aumenta la intensidad de sabor percibida y la disposición a pagar más por el producto. No es casualidad, por tanto, que los productos premium o gourmet recurran a determinados formatos y materiales más pesados.
👉 La textura
El tacto del envase también desempeña su papel. Hay diseños pensados para sugerir características concretas del alimento que contienen. Por ejemplo, un estudio con distintos materiales de envase de una sopa deshidratada mostró que las superficies con mayor textura y flexibilidad se asociaban en mayor medida con la idea de un producto natural, frente a los envases lisos y brillantes, que estarían más asociados a lo procesado y artificial. Por eso, materiales y acabados como el papel kraft, las superficies rugosas o las etiquetas con relieve pueden utilizarse para reforzar las sensaciones de naturalidad o artesanía.
Además, el tacto también puede emplearse para evocar directamente el alimento que contiene. Es el caso de algunos envases de zumo de naranja que reproducen la rugosidad de la piel del cítrico o incorporan elementos que recuerdan el gesto de exprimirlo.
El sonido que nos predispone a disfrutar
El oído también participa en esta anticipación. ¿Te has preguntado alguna vez por qué las bolsas de patatas fritas hacen tanto ruido? No es casualidad: ese crujido metálico que se oye al coger la bolsa, incluso antes de abrirla, ya nos está diciendo algo sobre lo que vamos a encontrar dentro. Cuanto más ruidoso es el envase al manipularlo, más crujientes se perciben las patatas que contiene.

Pasa algo parecido con el característico «pshhh» al abrir una lata o una botella con gas: activa una expectativa de producto recién abierto y burbujeante. Distintos estudios sobre el sonido de la carbonatación (como este, publicado en 2005, o este otro, publicado diez años después) han comprobado que basta con modificar el volumen o la frecuencia de ese sonido para que una misma bebida se perciba con más o menos gas.
Pero el sonido del envase no siempre tiene que ver con las expectativas sensoriales. En algunos casos también nos proporciona información sobre su estado. Así ocurre con el sonido seco de un tarro de conserva al destaparlo: cuando el envase está cerrado al vacío, ese “pop” se produce al romperse el vacío del cierre. No es, por tanto, una impresión subjetiva, sino la consecuencia de un fenómeno físico que nos confirma que “todo está en orden”.
El aroma también se diseña
Una de las funciones del envase consiste en evitar que las propiedades del alimento se pierdan o se alteren, por lo que es poco probable que podamos percibir su aroma sin abrirlo antes. Sin embargo, ya se han desarrollado envases que dan solución a esta limitación, pues es posible incorporar aroma al propio envase o a la etiqueta mediante tintas con microcápsulas que se rompen al frotar o al abrir el envase, liberando el olor del producto.
Algunas empresas han ido más allá y han patentado tecnologías que incorporan el aroma directamente en la estructura del plástico del envase, para que se libere de forma controlada al abrirlo o incluso al calentarlo.

Por otro lado, el propio diseño del envase puede limitar la percepción del aroma cuando el alimento o la bebida se consumen directamente del recipiente. Un ejemplo común es beber un refresco o una cerveza directamente de la lata o la botella: la experiencia resulta distinta a cuando se sirven en una copa o un vaso, ya que la percepción del aroma es más limitada.
Lo mismo ocurre con el café. No es lo mismo tomarlo en una taza que hacerlo a través del pequeño orificio de un vaso para llevar. Esta menor exposición a los aromas no solo puede empobrecer la experiencia de consumo, sino también reducir parte de la anticipación sensorial que se produce antes del primer sorbo.
Conscientes de este efecto, ya existen tapas de vasos de café diseñadas con la abertura justo bajo la nariz para que el aroma llegue antes y durante cada sorbo, y latas cuya tapa se puede retirar por completo, convirtiéndolas en un vaso improvisado del que el aroma se libera sin ninguna barrera.
La experiencia empieza en el envase
Al final, el envase no es un elemento neutro: forma parte de la experiencia que construimos alrededor de un alimento. Lo que vemos, tocamos, escuchamos y olemos antes o durante su consumo contribuye a definir cómo lo percibimos.


