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Diana Valcárcel, portavoz de UNICEF en Filipinas

En Filipinas, una donación evita que un niño muera de sarampión

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: sábado 29 marzo de 2014

Diana Valcárcel llegó a Filipinas apenas unos días después de que el tifón Haiyan arrasara buena parte del país. Ya había estado en Haití tras el terremoto que lo asoló y causó la muerte a más de 200.000 personas, pero cada desastre es único y deja tales sensaciones. Regresó de Filipinas el pasado 8 de febrero y, desde entonces, «la vuelta ha sido un proceso para digerir lo vivido». Ha sido testigo de niños que han perdido a sus familiares y padres que han dicho adiós para siempre a sus hijos. «Es la primera vez que he visto la muerte tan cerca», afirma. Su trabajo como portavoz de UNICEF en Filipinas ha balanceado «entre la ruina y la esperanza». Sin embargo, subraya, siempre ha contado con la alegría de los niños: «Me han dado la energía para volver a recuperarme y a comprender el sentido de mi profesión». De Filipinas se ha traído la imagen de una comunidad que reaccionó rápido ante lo ocurrido y cuenta con «una fuerza muy grande para salir adelante». Pero insiste: «Esto no quiere decir que sea de manera inmediata». Augura que la recuperación del país será un proceso «complicado y largo», en el que la ayuda de toda la sociedad es vital porque, recalca, «la ayuda llega y cambia la vida de los niños».

Ha trabajado durante tres meses como portavoz de UNICEF en Filipinas. ¿Qué ha sido lo más difícil de informar sobre esta emergencia?

El impacto que supone a todos los niveles una destrucción masiva y encontrarte con gente que lo ha perdido todo. Es algo que se te queda para toda la vida. Aterricé en el aeropuerto de Taclobán y lo primero que vi fue un montón de gente en una cola esperando a salir del país. Vi su cara y su trauma y fue como un resorte para ponerme a trabajar de inmediato, sin cesar. La parte más complicada fue enfrentarme a quienes han perdido familiares. Estuve con una madre que había perdido a tres de sus cinco hijos. Son momentos de mucha impotencia en los que solo cabe el silencio, estar con ella y acompañarla.

¿Hay sitio para la esperanza en esos momentos?

La maravilla del trabajo que realiza UNICEF es que está para aplacar el sufrimiento de la gente y para que salga adelante. Se realiza en favor de niños y familias y tiene resultados directamente, todos los días. Trabajamos entre la ruina y la esperanza. El sufrimiento, el dolor y la pérdida enormes no tienen la última palabra. La comunidad filipina se ha concienciado para salir adelante y, junto con las organizaciones y el Gobierno, se ha creado una fuerza muy grande, lo cual no quiere decir que la recuperación sea inmediata. Este será un proceso largo y complicado.

¿Cuánto tiempo calcula que será necesario?

«La magnitud del desastre en Filipinas es tan grande, que la recuperación llevará mucho tiempo»

La magnitud del desastre es tan grande, que la recuperación llevará mucho tiempo. El número de años, no tengo ni idea, pero hay un dato que puede ayudar a hacerse una idea. Filipinas es el segundo mayor exportador de cocos del mundo y la zona afectada por el tifón era una zona de cocoteros. Sin embargo, al llegar a Taclobán, se aprecia que todos los árboles están por completo arrasados, arrancados de la tierra. La imagen es impactante. Hay que pensar que un cocotero tarda en crecer entre cinco y diez años, lo que no significa que este sea el tiempo que tardará en recuperarse, pero se augura que la recuperación será muy larga. Estamos en la fase de reconstrucción y no se trata de poner parches, sino de generar un verdadero presente y futuro para los niños de las zonas afectadas.

¿En qué condiciones ha trabajado durante su estancia en Filipinas?

Ya había estado en Haití y, aunque podía imaginar lo que me iba a encontrar, cada vivencia es única. Cuando llegué a Taclobán, la ciudad y los alrededores estaban totalmente arrasados. Permanecimos en un hotel donde solo había agua y electricidad durante unas horas al día, tampoco había mucha comida y se instauró toque de queda. No había electricidad en la ciudad y, a consecuencia del tifón, la prisión se destruyó y 80 presos habían quedado en la calle. Filipinas es un país muy seguro, pero tenía las particularidades de una emergencia.

En cuanto a las condiciones de trabajo, era muy complicado el acceso a las comunicaciones porque se cayeron todas. Trabajábamos bajo unas carpas al aire libre, en un centro de deportes, con acceso puntual a internet. Uno de los retos mayores fue enviar la información, la foto, el vídeo o la crónica. A veces se podía y otras veces, no.

Comparado con Haití, ¿qué diferencias o similitudes ha encontrado?

«A nivel geográfico, el desastre ha sido mayor en Filipinas que en Haití»

La magnitud del desastre a nivel geográfico ha sido mayor en Filipinas, pero el país tenía unas estructuras mejores que las de Haití y estaba un poco mejor preparado ante un desastre. Cuando sucedió el terremoto de Haití, el Gobierno era muy débil, muchos edificios se destruyeron y murieron muchas personas. La reacción de la comunidad filipina y del Gobierno han sido más rápidas.

¿Por qué es importante tras un desastre comunicar lo que está sucediendo?

Para conocer el impacto del desastre en los niños, qué significa para ellos a nivel familiar, escolar, de asistencia sanitaria. Es fundamental escucharles y contarlo. El hecho de tener una persona de nuestro comité nacional en el lugar del desastre significa una cercanía muy grande. Siempre escuchamos. No hacemos un plan de respuesta sin contar con lo que nos dice el gobierno del país, nuestros aliados sobre el terreno, organizaciones nacionales, ONG locales, las familias y los niños. Para nosotros es muy importante conocer sus necesidades de primera mano y transmitir a las familias y a los donantes qué está sucediendo ahí.

¿Cómo se consigue transmitir las necesidades, las circunstancias a las que se está enfrentando la población local tras una catástrofe como la de Filipinas?

Es fundamental contar las historias en primera persona. La gente que hace una donación tiene que saber qué está ocurriendo. Queremos que la gente esté informada de lo que está pasando en realidad y es importante que seamos los transmisores de lo que los niños nos cuentan que sufren directamente.

Sin embargo, ya apenas se habla de Filipinas, pero todavía se necesita ayuda. ¿Es difícil lograr que la emergencia permanezca en los medios?

Todos tenemos una parte de responsabilidad en evitar el olvido. Cuando estaba en Filipinas, me encontraba con algunas personas que me preguntaban: «¿Todavía no te has ido?». Ahí ves la importancia de estar con quienes han sufrido una emergencia así. UNICEF está antes, durante y después de la emergencia. Estamos en Filipinas desde 1948 trabajando para paliar las necesidades de los niños y por su desarrollo. Por ello siempre mantenemos informados a los medios de lo que está pasando. Invitamos a dar repercusión de esa información porque nosotros sí nos encargamos de que eso no caiga en el olvido. A las personas que han donado les animo a que realicen un seguimiento a través de las redes sociales y de la página web de UNICEF, les animo a seguir con curiosidad lo que sucede en el mundo y lo que hacen con su dinero, a que lean historias de superación y de éxito porque animan a seguir colaborando.

«¿La ayuda llega?», esta es quizá la principal preocupación de quienes no donan y un motivo para no hacerlo. ¿Qué les diría?

«Cuando recibimos los fondos, desarrollamos los programas para responder a las necesidades de los niños, en ningún momento hay ningún ‘gap'»

He sido protagonista en directo de cómo llega la ayuda y cómo cambia la vida de los niños. Primero, UNICEF hace una evaluación de las necesidades de los pequeños y seguido hace un plan, asociado a unos fondos, para responder a esas necesidades. Entonces hace un llamamiento a la sociedad y a los gobiernos y, cuando recibe los fondos, desarrolla los programas para responder a las necesidades de los niños. En ningún momento hay ningún «gap», nada que falta, y toda esta información está publicada.

Cuatro meses después de un trabajo de 24 horas al día, de lunes a domingo, hemos conseguido que 930.000 personas tengan acceso a agua potable, pusimos en marcha una campaña masiva de vacunación contra el sarampión y contra la polio que alcanzó a 83.200 niños menores de 5 años y 55.000 pequeños recibieron vitamina A, que es un suplemento alimenticio para situaciones de carencia. Al pequeño donante y a la gran empresa le decimos que su ayuda puede significar una vacuna y esa vacuna puede significar que un niño no contraiga el sarampión y, por lo tanto, que no muera.

Sobre todo, se dona por impulso, cuando se ve una imagen que toca el corazón. Durante el tiempo que ha permanecido en Filipinas, ¿hay imágenes que ha preferido no difundir?

Desgraciadamente, la realidad supera a la ficción. Cuando ves algo en una pantalla y lo ves de primera mano es muy diferente porque tienes la transmisión de los sentimientos de la gente y lo que están viviendo.

¿Recuerda alguna imagen difícil de olvidar?

Recuerdo dos. Conocimos a unos niños que se habían quedado huérfanos. Estaban preocupados porque no se había recuperado el cadáver de una de sus hermanas, que había muerto. Ese día salimos con un grupo de rescate a buscar el cuerpo de esta niña. Lo hallamos. Es la primera vez que he visto la muerte tan de cerca. Eso jamás se me olvidará. Pero para mí siempre ha sido una constante encontrarme con la alegría de los niños, que me han dado la energía para volver a recuperarme y a comprender el sentido de mi trabajo. Los niños son siempre niños.


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