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Abejas: Algo más que miel

Además de ser conocidas por la miel y sus picaduras, resultan vitales para la polinización, una de las funciones básicas de la Naturaleza

Imagen: Jon Sullivan

La abeja melífera, o abeja de miel, es uno de los insectos más importantes para el medio ambiente y el ser humano. Ello se debe no sólo a su producción de miel, cera o jalea real, sino también por su papel fundamental en la polinización de la mayoría de los principales cultivos de frutas, hortalizas y vegetales, así como plantas no cultivadas que impiden la erosión del suelo.

El polen de estas plantas y frutos es demasiado pesado y pegajoso para ser dispersado por el viento, como en el caso de los cereales y las herbáceas. La abeja melífera es el principal medio de transporte de este polen, de ahí que sea habitual instalar colmenas en los huertos frutales. En este sentido, la apicultura se viene realizando desde tiempos inmemoriales: Hay papiros egipcios del año 2.400 AC donde se observa esta práctica.

Diversos problemas medioambientales causados por el ser humano están poniendo en peligro las poblaciones de estas abejas, y con ello, la diversidad agrícola y vegetal

Sin embargo, diversos problemas medioambientales causados en su mayor parte por el ser humano, como la fragmentación del hábitat, las sustancias químicas agrícolas e industriales, los parásitos y las enfermedades, así como la introducción de especies exóticas, están poniendo en peligro las poblaciones de estas abejas, y con ello, la diversidad agrícola y vegetal. Por ejemplo, en 1994, los productores de almendras californianos trajeron abejas melíferas de otros estados norteamericanos para asegurar la polinización de sus cultivos.

La comunidad de las abejas melíferas está compuesta por la reina, el zángano y las obreras, todas ellas con diferentes funciones. La reina es la madre de todos los miembros de la colonia, siendo capaz de producir 1.500 huevos diarios y de determinar el sexo de su descendencia. Se alimenta casi exclusivamente de jalea real, producida por las abejas obreras, y suele vivir hasta 3 años.

Por su parte, la misión del zángano consiste en aparearse con las nuevas reinas, que tiene lugar en vuelo a cielo abierto, tras lo cual muere. Los zánganos son mayoritarios en las colonias durante la primavera y verano; en otoño son expulsados por las obreras, dejándolos morir.

En cuanto a las obreras, aunque viven sólo unas seis semanas, son las encargadas de recolectar el polen, que sirve de fuente de energía para el desarrollo de toda la comunidad, mantener el panal y defenderlo de los depredadores. Su aguijón, provisto de pequeños dientes microscópicos, queda anclado al cuerpo de su víctima y se inyecta un veneno, conocido como apitoxina. Al intentar sacar el aguijón, la abeja se desgarra parte del abdomen y muere al poco tiempo.

Una colmena típica cuenta con un número de obreras que oscila entre 8.000 y 15.000, las cuales desempeñan tareas diferentes según su edad. Mientras vuelan de flor en flor, las obreras recogen el polen en una especie de cesto ubicado en una de sus patas traseras. Las obreras cuentan con un complejo sistema de comunicación, una especie de danza con la que indican con precisión dónde se encuentra el alimento. Asimismo, los científicos también han descubierto que cuanto mayor es la colmena, su producción se multiplica, puesto que se dedican menos a la cría y más a recoger el néctar ("Regla de Farrar").

Las abejas constituyen una superfamilia de unas 20.000 especies, con tamaños y características muy diversas: La mayoría de especies son solitarias, mientras que otras especies viven de manera comunal, compartiendo un mismo nido; las hay también semisociales, al vivir en pequeñas colonias; o parásitas, al aprovechar los nidos y los alimentos de otras especies. De todas ellas, la melífera europea (Apis mellifera) es la principal especie, con más de 30 variedades distribuidas por todo el mundo. La llamada abeja asesina, cuyo nombre correcto es abeja africanizada, es una variedad de abeja melífera muy agresiva que escapó de unos laboratorios en Sudamérica a finales de los 50 y se ha extendido por todo el continente, causando varias muertes todos los años.

Polinización, esencial para la Naturaleza

Imagen: Jon Sullivan

La polinización permite la reproducción de las especies vegetales al pasar el material genético, el polen, del estambre (estructura masculina) al pistilo (estructura femenina). El proceso se puede realizar en la misma flor o entre flores distintas. La autopolinización es más sencilla y segura, pero produce una descendencia genéticamente uniforme, por lo que tiene más riesgos de desaparecer. En cambio, la polinización cruzada origina una descendencia más variada y mejor equipada para afrontar los cambios del medio, y las plantas suelen producir semillas de mejor calidad.

Las relaciones de polinización entre plantas e insectos suelen ser opcionales y muy flexibles: la desaparición de un polinizador no acarrea necesariamente la extinción del otro participante, ya que cada uno de ellos posee alternativas. No obstante, una polinización efectiva necesita algunos recursos, como refugios de vegetación natural y hábitat adecuados. Si éstos se reducen o se pierden, la actividad de los polinizadores también se resiente.




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