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Bioindicadores: Seres vivos que detectan la contaminación

Las alteraciones de la calidad medioambiental se pueden comprobar observando a organismos especialmente sensibles a estos cambios

  • Autor: Por ALEX FERNÁNDEZ MUERZA
  • Fecha de publicación: 11 de febrero de 2008
Imagen: Louise Docker

Libélulas para saber el estado de las aguas, hormigas para evaluar la peligrosidad de una mina, abejas para detectar la contaminación atmosférica urbana, la hoja del tabaco para comprobar daños por ozono, corales y pingüinos para conocer el alcance del cambio climático... En vez de costosos equipos de medición y análisis, algunos científicos proponen el uso de bioindicadores, organismos o sistemas biológicos sensibles a las variaciones en la calidad ambiental.

Ante la más mínima alteración de las condiciones de su entorno, algunos seres vivos generan una determinada respuesta, cambiando sus funciones vitales y/o su composición química o genética, o incluso acumulando el agente contaminante (bioacumuladores).

Por ello, estos seres vivos se pueden convertir en unos indicadores biológicos muy útiles, fiables - y económicos - para evaluar la calidad ambiental del suelo, el aire o el agua. Así lo ha asumido por ejemplo la nueva Directiva Marco de Aguas, que incorpora el uso de bioindicadores para indicar el nivel de degradación o el buen estado de un ecosistema.

Estos seres vivos se pueden convertir en unos indicadores biológicos muy útiles, fiables - y económicos - para evaluar la calidad ambiental del suelo, el aire o el agua

En este sentido, algunos animales son conocidos tradicionalmente por los pescadores como buenos indicadores de las condiciones de los ríos. Tal es el caso por ejemplo de los mirlos acuáticos, las libélulas y caballitos del diablo, las nutrias o las ranas comunes. Este tipo de animales necesitan unas aguas muy limpias para encontrarse a gusto. Si aparece algún mínimo elemento contaminante, que podría pasar desapercibido para los seres humanos, estos seres huyen del lugar.

Por su parte, investigadores de la Universidad del País Vasco están utilizando también diversos bioindicadores para analizar la Ría de Bilbao, muy castigada por la contaminación industrial de la zona a lo largo del siglo XX y que ahora se encuentra en pleno proceso de recuperación.

Proyectos muy diversos

Las plantas son unos indicadores muy utilizados por los investigadores, ya que se basa en técnicas simples y relativamente económicas. Por ejemplo, el proyecto europeo "Eurobionet" pretende evaluar la calidad del aire e identificar los contaminantes atmosféricos en diversas ciudades de Europa, entre ellas Barcelona y Valencia, usando plantas bioindicadoras.

En concreto, sus responsables están empleando una variedad del tabaco, Bel W3 (Nicotiana tabacum), para detectar los daños por ozono troposférico, la Tradescantia para los efectos mutagénicos de los contaminantes atmosféricos, la Ray grass (Lolium multiflorum italicum) para el azufre y los metales pesados, y la Col rizada (Brassica oleracea), que acumula compuestos orgánicos en las ceras de sus hojas.

Los líquenes, organismos que surgen de la simbiosis de un hongo y otro ser fotosintetizador, como un alga, son muy útiles para detectar por ejemplo la presencia de hidrocarburos, aceites, lluvia ácida, o en general, la presencia de metales pesados en la atmósfera, que acumulan en su interior. Por ejemplo, biólogos de la Universidad de La Laguna proponen en las Islas Canarias la instalación de "estaciones de control" con líquenes para medir la contaminación a largo plazo.

Los insectos también son muy buenos bioindicadores de deterioros ambientales muy diversos. Científicos del Centro Iberoamericano de la Biodiversidad de la Universidad de Alicante (CIBIO) han utilizado insectos coleópteros de la familia Tenebriónidos, cuyas especies están adaptadas a medios secos y áridos, para determinar las zonas de la provincia de Alicante que sufren una mayor degradación del suelo, y por tanto con mayor peligro de desertificación.

El Ayuntamiento de Córdoba y la empresa Apoidea trabajan en un proyecto de evaluación de la contaminación urbana en el que utilizan abejas y su miel como bioindicadores. Las patas de estos insectos tienen un pelo al que se adhieren las partículas del aire, por lo que se puede conocer la concentración de metales pesados, pesticidas o radiactividad en grandes áreas de la ciudad donde se mueven. Asimismo, explican sus responsables, son fáciles de criar y su análisis no es complicado.

El estudio de los efectos del cambio climático también está siendo realizado mediante bioindicadores por algunos investigadores. En la Universidad de Birmingham están probando al pingüino rey, ya que cubre varios cientos de kilómetros y pueden ser bien estudiados. Para ello, monitorizan sus constantes vitales para comprobar si ahora tienen que esforzarse más para encontrar su alimento.

Los investigadores encargados del programa de seguimiento de la reserva marina de las Islas Columbretes (Castellón) han descubierto que la Cladocora caespitosa, un coral abundante en el interior de puerto Tofiño, ha visto elevada su tasa de mortalidad, debido al parecer al incremento de la temperatura del agua. Aunque los científicos reconocen que no puede afirmarse con rotundidad que sea consecuencia del cambio climático, recuerdan que este coral es un buen bioindicador de dicho fenómeno.

Grandes posibilidades de los bioindicadores

El reino animal y vegetal proporciona una gran variedad de posibilidades, desde líquenes y hongos, pasando por anfibios y reptiles, peces, aves o hasta mamíferos. En cualquier caso, antes de un estudio mediante bioindicadores debe realizarse un análisis previo que seleccione el mejor organismo para el tipo de problema ambiental y su extensión geográfica y temporal. Un bioindicador ideal es un organismo sencillo de estudiar y bien conocido por la ciencia, y que esté presente de manera amplia en todos los hábitat posibles.

Por otra parte, el desarrollo de investigaciones mediante bioindicadores con metodologías científicas se ha producido en las últimas tres décadas, si bien se trata de una práctica conocida desde hace siglos. Los mineros utilizaban canarios que, en caso de perder el sentido, indicaban la presencia de gases inodoros y mortales. En Australia, la minería también se ha servido de hormigas para conocer si la restauración de una zona había tenido éxito. En los pueblos, la desaparición de los líquenes ya era asociado al empeoramiento de la calidad del aire.




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