El aire que respira nuestra mente

Contaminantes del aire como el ozono o el dióxido de nitrógeno son perjudiciales para la salud neurológica, especialmente en las grandes urbes y en zonas cercanas a las carreteras principales
Por Óscar Granados 10 de febrero de 2026
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Imagen: Tom Fisk
Algunos trastornos, como la demencia o la depresión, pueden verse influidos por la contaminación atmosférica. Nuevos estudios indican que la exposición directa a gases contaminantes puede causar efectos negativos en nuestra salud mental. Hacemos un repaso a algunos de ellos.

Cuenta Tim Flannery, paleontólogo y ambientalista, que hace unas seis o siete décadas los científicos a escala global no daban crédito a que los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera estuvieran relacionados con el aumento de las temperaturas del planeta. “Parecía inconcebible”, aseguraba.

Hoy, sin embargo, ya no existe ninguna duda sobre el impacto de los gases contaminantes en el cambio climático y sus consecuencias, ni sobre los graves daños que provocan en la salud humana. Es bien sabido que la mala calidad del aire es perjudicial para el sistema respiratorio, provocando asma o bronquitis, y para el sistema cardiovascular, aumentando el riesgo de ataques cardiacos.

Actualmente, la vanguardia de la ciencia estudia cómo también afecta a la salud mental y al desarrollo cognitivo de las personas. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), “las posibles vías causales entre la contaminación atmosférica y el riesgo de trastornos mentales aún no se comprenden del todo”, aunque la ciencia sugiere que no se trata de una simple coincidencia.

Cómo la contaminación del aire actúa en el cerebro

Un ejemplo de ello es una investigación británica titulada ‘Contaminación del aire y salud mental: asociaciones, mecanismos y métodos’, publicada en Current Opinion in Psychiatry en 2022. En ella se propone que cuando inhalamos partículas finas, estas no solo afectan a los pulmones, sino que también pueden cruzar la barrera hematoencefálica o viajar directamente al cerebro a través del nervio olfativo.

Una vez allí, el cuerpo reconoce estas partículas como invasoras, lo que activa una respuesta inmunitaria constante que genera inflamación crónica y estrés oxidativo, un proceso en el que las células cerebrales se ven dañadas por moléculas inestables. Dicho entorno altera la producción de neurotransmisores esenciales, como la serotonina y la dopamina, fundamentales para la regulación de nuestro estado de ánimo y de la función cognitiva.

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Imagen: Engin Akyurt

Esto explica por qué la exposición prolongada a estos contaminantes atmosféricos se traduce en tasas más altas de trastornos psiquiátricos, según otra investigación publicada en el OxJournal y titulada ‘La relación entre la contaminación del aire y la salud mental: una revisión crítica’.

Esta problemática tiene una escala masiva, pues la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que la polución del aire en las ciudades y zonas rurales provoca 4,2 millones de muertes prematuras anualmente a nivel global, una cifra que en España se relaciona con más de 30.000 fallecimientos cada año.

Contaminantes que llegan al cerebro y su procedencia

Entre los contaminantes más comunes se encuentran las partículas en suspensión (PM), el monóxido de carbono (CO), el ozono (O3), el dióxido de nitrógeno (NO2), el dióxido de azufre (SO2) y los compuestos orgánicos volátiles.

  • Las partículas en suspensión se generan principalmente por procesos de combustión, construcción y fuentes naturales como incendios.
  • El dióxido de nitrógeno y el dióxido de azufre provienen de la quema de combustibles fósiles en vehículos e industrias.
  • El monóxido de carbono deriva de la combustión incompleta en motores y calefacciones.

Todas estas sustancias son perjudiciales para la salud neurológica, especialmente en las grandes urbes y en zonas cercanas a las carreteras principales.

Las urbes y el mayor riesgo de demencia

Investigaciones de la Universidad College de Londres y de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) indican, por separado, que vivir en zonas con altos niveles de partículas en suspensión aumenta significativamente el riesgo de padecer depresión y ansiedad. Esto sugiere que la contaminación actúa como un estresor biológico persistente que erosiona la resiliencia mental.

En el caso de las personas mayores, esta misma inflamación acelera el desgaste cognitivo, tal como indica otro análisis publicado en The Lancet, en el que se vincula la cercanía a grandes vías de tráfico con una mayor incidencia de demencia y alzhéimer, debido a que las partículas facilitan el depósito de proteínas tóxicas en el cerebro.

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Imagen: Elina Sazonova

Los menores, los más vulnerables a la polución del aire

No obstante, “los menores son especialmente vulnerables, ya que sus cerebros aún están en desarrollo”, advierten los expertos de la Universidad de Harvard (EE. UU.). La contaminación del aire afecta negativamente a su rendimiento intelectual.

Una investigación, publicada en 2018 en la revista estadounidense Procedimientos de la Academia Nacional de Ciencias, sobre una muestra de 20.000 personas de China, concluyó que si el país asiático redujera su contaminación, mejoraría notablemente sus resultados en exámenes orales y en pruebas de matemáticas. Si la concentración de CO2 alcanzara las 930 partes por millón —casi el doble de la actual—, la capacidad cognitiva de la población podría disminuir en un 21 %.

Esta vulnerabilidad es todavía más aguda en la infancia, como sostiene un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), que ha encontrado indicios de cambios físicos en la estructura cerebral de menores expuestos al aire contaminado, tales como una menor densidad de materia blanca o un adelgazamiento de la corteza cerebral. Estos cambios estructurales se asocian con un desarrollo cognitivo limitado y una mayor propensión al autismo. La evidencia acumulada en 2023 sugiere que la calidad del aire puede condicionar la capacidad intelectual y la estabilidad emocional de por vida.

Las nuevas investigaciones

En este contexto, Kam Bhui, profesor del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oxford (Reino Unido), asegura: “La contaminación atmosférica y la salud mental son dos grandes desafíos que el mundo debe afrontar”. Bhui lideró un estudio sobre cómo la exposición a contaminantes afecta desde el periodo prenatal hasta la vejez, actuando como factor determinante de patologías como la psicosis y la demencia. Este enfoque de ciclo de vida propone que el daño se acumula, aunque la infancia y la adolescencia son las etapas más críticas debido a la sensibilidad del cerebro a las agresiones externas.

Además, destaca que esta polución se entrelaza con vulnerabilidades socioeconómicas, lo que multiplica su impacto en entornos de pobreza, hacinamiento y escasez de espacios verdes, creando una “tormenta perfecta” en zonas urbanas desfavorecidas.

Al hilo de esta idea, un estudio de la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) revela que la contaminación por el dióxido de nitrógeno es un problema de profunda desigualdad social. Al analizar 99 sensores, las investigadoras descubrieron que el tráfico rodado eleva las concentraciones de partículas superfinas por encima de 40 µg/m³ en más de la mitad de la ciudad, superando los estándares de la Organización Mundial de la Salud. Lo más crítico es que los picos de contaminación coinciden geográficamente con los barrios donde residen las poblaciones más frágiles y centros sensibles como hospitales o colegios.

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