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Cambiar las técnicas agrícolas frente al cambio climático

Diversas medidas pueden permitir a la agricultura protegerse de los efectos del calentamiento global e incluso mitigarlo

Imagen: Lynne Lancaster

Los retos a los que se enfrenta la agricultura frente al incierto futuro que depara el cambio climático son dobles. Por un lado, debe adaptarse para poder seguir produciendo alimentos aunque baje la productividad y haya escasez de agua. Pero también puede convertirse en una herramienta de mitigación del cambio climático.

Cómo afectará el cambio climático a la agricultura

El impacto que se prevé tendrá el cambio climático en la agricultura es variable. En general, el régimen de lluvias cambiará y se espera que la productividad de algunos cereales pueda disminuir en algunas zonas, especialmente en regiones pobres en latitudes bajas. Las pérdidas agrícolas dependerán del tipo de cultivo, de la zona y del aumento de temperatura.

El carbono y otras emisiones derivadas de la agricultura y la gestión del suelo suponen hasta el 31% de las emisiones de gases de efecto invernadero

Se cree que para el año 2020, en México se perderán 300.000 hectáreas para la producción de maíz, mientras que en los Estados Unidos o en Europa, muchos de los cultivos simplemente se desplazarán hacia el norte. En algunas zonas más frías de Canadá y Rusia es posible que el aumento de la temperatura alargue la temporada de cultivo. Podría ser una mejora si no fuera porque el aumento de la temperatura puede tener otras consecuencias inesperadas, como el aumento de las plagas. Tal como recogía un informe del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC), una plaga que podría empeorar es la de el gusano de las yemas del abeto, muy dañina para los bosques. Y el cambio climático está modificando la distribución de las currucas, las aves depredadoras de estos gusanos, lo que puede empeorar mucho más la plaga.

El futuro es un escenario vago e incierto. Los expertos apuntan a que la agricultura no sólo debería prepararse para eventualidades de diversos tipos (sequías o inundaciones, descenso de la productividad, posible aumento de plagas, alargamiento o acortamiento de la temporada de cosechas...) sino que, además, el uso del suelo debería convertirse también en una forma de mitigación del cambio climático. Al fin y al cabo, la agricultura también supone una parte importante de emisiones de carbono y el suelo puede convertirse (es el tercer depósito de carbono del planeta) en un gran depósito que retenga ese carbono. Se trataría de evitar que el carbono del suelo y de la materia orgánica se pierda (lo que sucede cada vez que se rotura la tierra, se deforesta para cultivar o se descompone los restos vegetales en la superficie del suelo) y, en cambio, retenerlo y usarlo para enriquecer el suelo.

El carbono y otras emisiones derivadas de la agricultura y la gestión del suelo, como el oxido nitroso y el metano, suponen hasta el 31% de las emisiones de gases de efecto invernadero, que podrían evitarse con otras prácticas agrícolas y de gestión del suelo, tal como defiende un trabajo del Informe del Estado del Mundo 2009 del Worldwatch Institute.

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