El aroma de la salud

El sentido del olfato proporciona tal caudal de emociones y recuerdos que ejerce una enorme influencia en el organismo
Por Jordi Montaner 23 de noviembre de 2006

Quien piense que a salud es tan incolora, inodora e insípida como el agua, se equivoca. Estudios recientes avalan que el sentido del olfato está conectado directamente al sistema límbico, la parte del cerebro que controla las emociones y la memoria. De este modo, hay aromas que forjan nuestra personalidad con un arraigo semejante al de un recuerdo, una imagen o una voz; aromas que ponen las cosas en su sitio y, en cierto modo, pueden incluso curar.

Oler no es más que identificar la naturaleza o el origen de minúsculas partículas aromáticas que penetran en nuestra cavidad nasal y estimulan unos terminales nerviosos encargados de reportar semejante contacto al sistema donde, dependiendo del tipo de aroma que se trate, provoca una reacción de agrado o de disgusto y estimula la concreción de una idea. Se conoce que los aromas percibidos tienen, además, un impacto significativo sobre el estado anímico. Alan Hirsch (Chicago, Illinois) comprobó en un estudio de neurología que los pacientes que habían perdido el sentido del olfato presentaban un porcentaje significativamente mayor de problemas depresivos y de ansiedad.

A medio camino entre la biología molecular y la medicina alternativa, los aromaterapeutas han llegado al extremo de identificar aromas capaces de revertir las crisis de ansiedad en personas claustrofóbicas encerradas dentro de un ascensor estrecho o un aparato de tomografía axial computadorizada (TAC). Otros aromas se ha demostrado que influyen en algo tan rentable como mejorar la productividad en el lugar de trabajo.

La aromaterapia se fundamenta, de hecho, en la utilización de un catálogo cada vez más extenso de aceites esenciales derivados de flores, hojas, raíces, ramas o almizcles animales. En base a tales aceites, la industria farmacéutica ha desarrollado tratamientos capaces de combatir infecciones por bacterias, virus y hongos. También contienen hormonas, y numerosos nutrientes.

La pócima mágica de Gatefossé

A principios de siglo, el químico francés René Maurice Gatefossé trabajaba en su laboratorio cuando una explosión le quemó gravemente el brazo. Presa de un terrible dolor, el científico sumergió el brazo lesionado en un cubo en el que guardaba aceite de lavanda. El alivio del dolor fue casi inmediato; pero lo espectacular fue comprobar que las heridas de la piel sanaron con rapidez y sin demasiadas cicatrices, en comparación con otras quemaduras que había experimentado con anterioridad. Gatefossé, que quedó sorprendido, empezó a estudiar con detenimiento las propiedades botánicas tanto de la lavanda como de otros aceites esenciales. En 1928, publicó en francés un libro titulado Aromatherapie, acuñando de este modo un término del que deriva aromaterapia.

«Algunos aceites pueden revertir episodios infecciosos, estimular el drenaje linfático y apaciguar el estrés psíquico»

Por entonces, la fascinación de Gatefossé no despertó interés en la comunidad científica, demasiado ocupada en la síntesis de nuevas sustancias. No obstante, durante la segunda guerra mundial, Jean Valnet, médico francés, utilizó con éxito varios aceites esenciales para tratar las heridas sufridas por los soldados en el campo de batalla. Al igual que Gatefossé, Valnet quedó prendado de las virtudes de la aromaterapia, llegando a extender su indicación en 1964 al tratamiento de problemas emocionales.

Pureza obliga

Los aceites esenciales puros son aquellos que se obtienen por medio de la destilación al vapor, que se realiza en la planta o la flor recolectada, extrayendo luego sus principios esenciales y mezclándose seguidamente con alcohol, aceite de almendra u otro aroma que sirva de base. En ocasiones se recurre también al prensado en frío.

Cherie Pérez, una enfermera del Anderson Cancer Center de Houston, Tejas, descubrió que la aromaterapia puede desempeñar un papel beneficioso en una enfermedad bien poco conocida: la fibromialgia, y a partir de ahí profundizó en las propiedades de los aceites esenciales. «Por más que no puedan repercutir directamente sobre el sistema inmune», asegura la enfermera estadounidense, «algunos aceites pueden revertir episodios infecciosos, estimular el drenaje linfático y apaciguar el estrés psíquico de muchos enfermos de cáncer».

Con todo, Pérez advierte de que algunos aceites esenciales pueden crear toxicidad al organismo, «en particular cuando el paciente está siguiendo una pauta de quimioterapia o radiación». Asimismo, considera contraindicado el uso de sustancias aromaterapéuticas en situaciones de alergia. Su alegato pretende implicar más a los médicos en los beneficios (y también las precauciones) que se desprenden de los aceites esenciales.

AROMAS FAMILIARES

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El aceite esencial de lavanda era utilizado ya por los egipcios, hace 2.500 años, para curar insomnios, migrañas y tranquilizar el ánimo. Con romero se curaban dolores musculares e hipotensión mientras que el olor a menta cortaba vómitos y náuseas, a la vez que facilitaba una buena digestión. El laurel era un perfume que antiguos griegos y romanos juzgaban muy masculino, toda vez que curaba eczemas, reumatismos y cólicos. Las propiedades terapéuticas de los aceites esenciales se conocen desde la antigüedad. Hace poco más de mil años, las civilizaciones árabes dieron con un proceso de destilación que dio fama mundial a los denominados perfumes de Arabia, cuyos secretos secuestraron los cruzados europeos para mayor gloria de la herbología occidental.

Los aceites de plantas o flores siguen formando parte del armamento aromaterapéutico actual. Aún cuando no falta quien sigue fiel a su elaboración artesanal y concursa con estos productos en ferias o mercados, tales sustancias se comercializan cada vez más en tiendas de régimen, herboristerías, farmacias e incluso droguerías, pero conviene asegurarse de que en el etiquetado se especifiquen su origen y pureza. Como con perfumes y colonias, su efecto se circunscribe a la inspiración por las fosas nasales y la absorción de la piel. Salones de masajes o fisioterapia, balnearios y gimnasios o centros deportivos no paran de explotar las virtudes físicas de unos olores a los que la ciencia sigue la pista de bien cerca.

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