Una exclusión histórica de la investigación médica
Antes de aquel suceso, la presencia de la mujer en los ensayos clínicos también era mínima. Esto era debido a la aplicación, por norma, de la “medicina bikini”, un término acuñado para criticar el enfoque que históricamente la medicina daba a la salud femenina, centrándose únicamente en los órganos reproductivos e ignorando el sistema cardiovascular, neurológico, las enfermedades mentales o musculoesqueléticas, entre otras patologías.
Pero a raíz del escándalo, aquella discreta ratio empeoró aún más, porque organismos como la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA) impusieron nuevas directrices que excluían a las mujeres en edad fértil de los ensayos clínicos. Desde entonces, las mujeres fueron sistemáticamente apartadas de la investigación médica, incluso de estudios no relacionados con el embarazo; también de otras enfermedades y fármacos para tratarlas, creando un vacío de datos sobre eficacia y seguridad de medicamentos en la mitad de la población.
Este hecho, que pretendía evitar casos como el de la talidomida, iba a comprometer la salud femenina durante las próximas décadas. Muchas enfermedades que afectan especialmente a mujeres, como ciertas cardiopatías o el lupus, o incluso las condiciones hormonales, quedaron mucho menos estudiadas, algo que todavía afecta a la práctica médica de hoy.
Cambios en la regulación
A pesar de que a finales de los ochenta y principios de los noventa la FDA decidió levantar el veto a las mujeres fértiles en los ensayos clínicos, todavía queda muchísimo por hacer.
Treinta años después, las mujeres aún no están representadas al nivel que se debería. Algunos informes de la FDA hablan de un 43 % (incluyendo todas las fases de los ensayos), pero un estudio elaborado por la Universidad de St John’s en Nueva York (EE. UU.) cifra su participación en la primera fase de los ensayos clínicos, en los que se comprueba la seguridad, en un 21 %.
✔️ Proyecto READI
Alberto M. Borobia Pérez, especialista de la Sociedad Española de Farmacología Clínica (SEFC) y médico del Hospital Universitario La Paz de Madrid, se encuentra en la actualidad inmerso en el Proyecto READI (Research in Europe and Diversity Inclusion), una iniciativa europea que tiene como objetivo cambiar la manera en la que se hacen los ensayos clínicos.
“Claramente ha cambiado el panorama desde los noventa y desde la Comisión Europea se está trabajando en que esto suponga un cambio de paradigma en la manera en la que se diseñan y desarrollan los ensayos clínicos. Un ejemplo de ello es el Proyecto READI (1 y 2), en el que trabajamos para cambiar la forma en la que se realizan los ensayos, desde la fase de diseño hasta su desarrollo, con medidas que permitan mejorar la inclusión de poblaciones infrarrepresentadas en Europa”, señala Borobia.
✔️ Protocolos de seguridad

Desde hace unos años se han establecido protocolos de seguridad, que antes no existían. Se evalúa desde la primera fase del ensayo si el fármaco en cuestión puede usarse en embarazadas, el riesgo-beneficio de incluirlas y, además, se ha marcado un protocolo por si la mujer participante se queda embarazada durante el transcurso del ensayo. En este caso prevalece el valor científico y no supone automáticamente su expulsión de la investigación.
Las consecuencias del retraso
Sin embargo, décadas sin la participación de las mujeres en los ensayos clínicos han tenido consecuencias. “Existen factores que explican qué le pasa al fármaco en el cuerpo y viceversa que difieren entre sexo masculino y femenino, por lo que una baja representación de mujeres en el desarrollo de un medicamento puede conllevar que la evidencia que se ha generado no sea aplicable a toda la población”, matiza el especialista.
👉 Medicamentos: dosis superiores y más efectos adversos
En muchos casos, por esta carencia, las mujeres reciben dosis más elevadas de las que realmente necesitan y esto deriva en un mayor riesgo de experimentar reacciones adversas. Esto se debe a que no se tuvieron en cuenta diferencias biológicas relevantes en el ensayo, como la actividad de ciertas enzimas en el organismo femenino (por ejemplo, en el hígado al metabolizar los fármacos) o la forma en que los riñones eliminan las sustancias de desecho (con una capacidad de filtración generalmente mayor en los hombres).
Según el Consejo General de Colegios de Farmacéuticos, hay numerosos medicamentos de uso habitual en los que sería necesario ajustar la dosis. Es el caso de las estatinas —que en mujeres aumentan el riesgo de mialgias y diabetes— o los antibióticos, ya que algunos órganos femeninos tienen más dificultades para eliminarlos.
También sucede con las benzodiacepinas, los antihistamínicos y los antipsicóticos, los betabloqueantes, el hierro, la aspirina o ciertos tratamientos para la insuficiencia cardiaca, como la digoxina. Las mujeres presentan mayor riesgo de somnolencia con los antihistamínicos; metabolizan más despacio los betabloqueantes; absorben el hierro en mayor proporción que los hombres; y necesitan dosis más bajas de los fármacos empleados para tratar la hipertensión arterial y otras enfermedades cardiovasculares como la insuficiencia cardiaca.
👉 Diagnóstico de párkinson tardío
Este sesgo en la ciencia ha tenido consecuencias a la hora de diagnosticar y tratar enfermedades como el párkinson. Un reciente trabajo llevado a cabo por investigadores del University College de Londres (Reino Unido), la Escuela de Medicina de Harvard y el Hospital General de Massachusetts (EE. UU.) analizó datos de más de 10.000 personas con párkinson y encontró diferencias importantes en la manera que la enfermedad se presenta, evoluciona y responde terapéuticamente según el sexo del paciente. El informe destaca que los hombres reciben antes el diagnóstico porque las mujeres tienden a presentar síntomas distintos, incluyendo una mayor prevalencia de depresión, ansiedad y trastornos del sueño.
“En la consulta del especialista estas diferencias no se comprenden completamente debido a la escasez de datos por sexo provenientes de grandes estudios clínicos. Además, las mujeres pueden experimentar trayectorias distintas en la progresión de la enfermedad y en la respuesta a tratamientos como la estimulación cerebral profunda, las terapias sintomáticas aprobadas o los tratamientos con dispositivos médicos”, señalan las responsables de este trabajo.
En concreto con el párkinson, los científicos se han planteado la hipótesis de que hormonas como los estrógenos podrían tener efectos neuroprotectores, que influyen en el riesgo y en la progresión de la enfermedad, pero los mecanismos y la relevancia clínica de estas influencias hormonales aún no están suficientemente estudiados por no contar con la suficiente representación de mujeres.


