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Alimentos funcionales: cinco casos de malas prácticas

Los alimentos funcionales se presentan como productos que cuidan la salud, pero no siempre es así. También hay malas prácticas y trampas en su diseño y promoción

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: sábado 30 noviembre de 2019

En el ámbito de los alimentos funcionales también existen ejemplos de malas prácticas a la hora de diseñarlos y promocionarlos. Estos son los cinco más destacados:

 

1. El secreto del bífidus

Todos los consumidores
teníamos en la cabeza
que el Bifidobacterium
animalis sp. Lactis, fermento
utilizado para la elaboración del
Activia, “mejoraba nuestras defensas”,
“ayudaba a mejorar la sonrisa” y
hacía que tuviéramos nuestras
“barrigas felices”. Desde la compañía,
tuvieron que retirar toda la
información en el envase
que indujera a pensar
que el fermento utilizado
presentaba alguna propiedad,
porque, en realidad, no
lo hacía. El consumidor sigue
asociando esa leche fermentada —no, no es yogur— a una mejora
en su bienestar intestinal.

2. ‘L. casei’ con trampa

En la mente de
todos los consumidores
estaba grabado a fuego
que la bacteria L. casei
de Actimel “activa nuestras defensas”,
pero, en realidad, lo único que activó
fue una sanción de la Comisión
Federal de Comercio de EE.UU.
por ese eslogan y por “inmunitas”,
palabra que tuvo que retirar porque
no existe evidencia científica de que
ayude al sistema inmunitario. ¿Qué
hizo entonces? Entre las alegaciones
autorizadas por la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA) había una
que encajaba perfectamente, la de la
vitamina B6, que decía: “Contribuye al
funcionamiento normal del sistema
inmunitario”. Con la cantidad mínima
de B6 (un 15 % de la cantidad diaria
recomendada) podían mantener el
mensaje en el envase. El consumidor
no se daría cuenta y seguiría pensando
que el mágico fermento ayudaba a las defensas. Pero hay que dejar claro
que, con una dieta equilibrada, ya se
“ayuda” a las defensas.

3. Una funcionalidad sin evidencia científica

A veces, roza el límite de
la legalidad con tal de
atribuir una función saludable a un
alimento. Esto ocurrió con Vichy
Catalan. Indicaron en su publicidad
que beber un litro de agua ayuda
a luchar contra el alzhéimer. Esto
estaba basado en la cantidad de
litio que incluye este producto y las
necesidades de litio recomendadas.
El problema es que ningún estudio
presentado muestra evidencia alguna
de su declaración. La publicidad
se retiró en parte fomentado por
Autocontrol —aunque la empresa no es
socia— y en parte por las duras críticas
recibidas. Estas acciones al límite
de la ley por parte de la industria en
las declaraciones nutricionales son
ampliamente conocidas. La normativa
es relativamente joven y el libre
albedrío que había antes en este tipo
de información no ayuda a mantener
el mercado a raya.

4. El ultraprocesado enriquecido

Los peores
alimentos funcionales tienen
nombre: la bollería industrial
con hierro. Sin lugar a dudas.
Podemos encontrar en el mercado
algún alimento ultraprocesado,
como el Bollicao, con la siguiente
información en el envase: “Único con
el 50 % de hierro”. Evidentemente,
pensaremos que el producto es
adecuado suponiendo que tenga ese porcentaje de hierro. Pero leyendo
la letra pequeña, encontraremos
que los 7 mg de hierro que contiene
suponen el 50 % de la cantidad
diaria recomendada. Podríamos
llegar sin ninguna dificultad a esa
cantidad —y sobrepasarla— con un
puñado de pistachos (7,2 mg por
100 g) o almejas (24 mg de hierro
por cada 100 g). Además, esos 7 mg
de hierro no compensan la (mayor)
presencia de otros ingredientes
menos recomendables, como azúcar,
grasas saturadas o jarabe de glucosa,
entre otros. El hierro es, de hecho, el
último ingrediente, es decir, el que se
halla en menor proporción.
Esos 7 mg de hierro pretenden enmascarar un producto ultraprocesado que hay que evitar.
Con hierro y sin él, es igual de poco
recomendable.

5. Una ‘chuche’ es una ‘chuche’

Queremos dar a
nuestros hijos lo mejor y que tenga
todas las vitaminas, que nos han dicho que son importantes. Por eso,
la mejor opción es que adquieran
esas vitaminas a través de una
dieta saludable: en frutas y verduras
las encontraremos en cantidad
suficiente. En ningún caso la elección
debería ser ofrecer gominolas
enriquecidas con vitaminas. El aporte
de estas será muy bajo —aunque es
cierto que la conciencia estará más
tranquila— y la ingesta de azúcar
va a superar, y con creces, ese
supuesto aporte vitamínico extra.
Si queremos darles una gominola
un día, no pasa nada, pero no nos
engañemos pensando que es mejor
darles de estas. Una chuchería es una
chuchería, con y sin vitaminas extra.

Noviembre 2019 Imagen: CONSUMER EROSKI

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Etiquetas:

alimento funcional

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