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“Muchas veces toleramos actitudes hacia la infancia que no toleraríamos en otros grupos de edad o colectivos”

Alberto Soler, psicólogo, máster en Psicología Clínica y de la Salud y coautor del libro 'Niños sin etiquetas'

Educar sin violencia, evitar castigos, gritos, malas palabras… son las bases de la parentalidad positiva, una de las “patas” del proyecto de Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia que hace unos días aprobaba el Consejo de Ministros. De esta forma de crianza y educación habla en charlas y talleres por todo el país Alberto Soler, psicólogo y máster en Psicología Clínica y de la Salud. Para este experto, que acaba de publicar junto a la también psicóloga Concepción Roger el libro ‘Niños sin etiquetas’, todavía “seguimos blanqueando la violencia y el maltrato hacia la infancia”, de ahí que considere muy importante la puesta en marcha de esta ley. Lo cuenta en esta entrevista en la que confiesa que, sin llegar a extremos como los abusos sexuales o el maltrato físico, “etiquetar a un niño es una forma de mal trato”.

Dicen que la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia, la conocida como “ley Rhodes”, saca a la luz una realidad invisible y terrible en España: la violencia, el maltrato hacia los niños. ¿Tan invisible es? ¿Tan complicado es que notemos que un niño sufre maltrato?

En función de qué tipo de maltrato. La cuestión es que los niños son de los colectivos más dependientes a nivel social. Cuando se ejerce violencia hacia la infancia en el seno de la familia, quienes tendrían que ayudar y ponerse del lado del niño para presentar la denuncia y acompañar, precisamente, son los agresores. En estas situaciones, las niñas y los niños están sumamente desprotegidos. Por eso es muy importante esta ley en la que se obliga a denunciar aquellos casos que sean constitutivos de delito, pero también los que no lo sean y que, aparentemente podrían ser menores, pero que también constituyen una agresión hacia la infancia. Y esto se extiende al cuerpo docente, los sanitarios, vecinos… todas aquellas personas que en un momento determinado podrían tener constancia de que se está ejerciendo violencia contra un menor.

Sí, los datos confirman que el maltrato es perpetrado por personas cercanas, que se supone le quieren. ¿Cómo viven los menores esta situación tan contradictoria?

Son situaciones dramáticas y catastróficas, porque coincide, e insisto porque es importante, que aquellas personas que deben dar seguridad, estabilidad y proteger son aquellas que generan el daño. La edad influye en cómo lo procesará mentalmente, pero, sin duda, esta violencia genera mucho malestar e incertidumbre. Y, en ocasiones, en función de las variables de personalidad, puede producir mucha culpabilización en el sentido de “algo habré hecho para merecer esto” o “quizá no tuve el valor de poder pararlo”. Entonces, se da una doble victimización, porque la víctima acaba sintiéndose culpable por haber participado o contribuido a que se dieran esas agresiones, cuando nunca suele ser así.

Esto recuerda a que la ley fijará que el plazo de prescripción de los delitos más graves, como los abusos y agresiones sexuales, comience a correr cuando la víctima tenga 30 años, y no 18, como ahora. Quienes lo han sufrido tardan en asimilar lo que les ha ocurrido. ¿Qué se les pasa por la cabeza?

Lo debería responder un psicólogo forense, porque son los que tienen más contacto con los procesos de denuncias. Pero sí que es verdad que cuando los niños son muy pequeños no disponen de los recursos ni a nivel social ni cognitivo para poder comprender lo que les está pasando.

¿Etiquetar a un niño sería una forma de violencia?

No una forma de violencia en el sentido de maltrato, pero si un trato no adecuado. Etiquetar a un niño, en última instancia, lo que acaba produciendo es una limitación en su proceso de desarrollo, pues estamos coartando la libertad que tiene para poder expresarse a nivel físico, conductual y a nivel social. Quien tiene la etiqueta se puede acabar comportando de acuerdo con la etiqueta que le han puesto, que muchas veces es injusta, está basada en estereotipos, en prejuicios. No me atrevería a decir de forma categórica que es un maltrato en la infancia comparable con los abusos sexuales o el maltrato físico, pero sí es una forma de mal trato.

Es difícil no etiquetar. También lo hacemos con los adultos.

Porque las etiquetas constituyen una forma de funcionamiento del cerebro; simplifican mucho, es un mecanismo de economía cognitiva. No podemos obviarlas, van a estar allí, pero tenemos que ser responsables y consecuentes de cuándo las estamos utilizando.

Esta ley incide en la prevención en casa. Y para ello se quiere promover la parentalidad positiva de la que tanto usted conoce con el impulso de medidas de política familiar: conciliar, corresponsabilidad… ¿Cómo hacerlo? Esto exige mucho de muchos.

Una parte importante de esta ley es la promoción del buen trato. De hecho, aparece recogido de esa manera: buen trato y parentalidad positiva. Muchas veces acabamos tolerando actitudes hacia la infancia que no toleraríamos bajo ningún concepto en otros grupos de edad o colectivos: ciertas formas de hablar a los niños, las amenazas, los gritos… los veríamos escandalosos si habláramos de la relación de pareja o del trato que se proporciona a una persona mayor. Incidir en la parentalidad positiva para proporcionar a las familias recursos a nivel emocional con los que poder mejorar sus habilidades educativas es básico, porque la familia es quien tiene que promocionar la base para la educación moral, la educación en valores, el pensamiento crítico o la asertividad (saber poner límites). La escuela, por supuesto, tiene un papel fundamental, pero es en el hogar donde se producen esos mensajes tan importantes y donde los niños pasan la inmensa mayoría del tiempo; lo que ocurre en él es lo que más les marcará a lo largo de su vida. Por lo tanto, es imprescindible promover el buen trato y las competencias emocionales para tutores o padres, porque redundará en un mayor bienestar de la infancia.

Pero ¿desde dónde? ¿En la escuela? ¿Cómo formar a los padres?

Es difícil la forma de articularlo, pero lo primero es un estilo de comunicación en el cual se evidencie y se ponga en primer plano. Al igual que en otros tipos de violencia hemos conseguido romper esa imagen de tolerancia social que había, tenemos que tratar de avanzar también hacia una mayor intolerancia hacia el trato inadecuado hacia la infancia. Hay familias que tienen recursos a nivel emocional y de competencias para la educación y otras, dispuestas a tenerlos. La cuestión es poder utilizar el sistema de educación formal que tenemos para incluir a las familias y hacer talleres, escuelas, proporcionar información… que les ayuden a gestionar mejor ciertas situaciones. Ya se realiza en las escuelas infantiles con talleres sobre temas como la alimentación, dejar el pañal… pero, conforme va avanzando la edad del alumnado, esto se va dejando de lado. Es muy interesante utilizar esa red de escuelas públicas para poder incluir a las familias en ese proceso, mediante las AMPA, reuniones extraordinarias, circulares, proporcionar recursos, bibliografía…

Decía que los niños pasan mucho tiempo en casa, y más con esta pandemia. En el confinamiento, ¿qué ha ocurrido? La Fundación ANAR cuenta que ha recibido un 50 % más de llamadas de niños que pedían ayuda. Una encuesta de Save The Children dice que uno de cada cuatro padres ha perdido los nervios con los hijos: gritos, insultos, cachetes…

Nada más empezar el confinamiento muchos nos preguntamos qué sucedería en el caso de mujeres que estaban sufriendo violencia machista y de los niños que estarían padeciendo esa violencia de corte machista o no. Y, en realidad, durante estos meses ha disminuido el número de denuncias formales. Pero es que tampoco existían los recursos y ni se sentía la seguridad para poder tenerlos, poner esas denuncias y escapar de esa situación. Ahora, en una situación más normalizada, es probable que empecemos a ver esos efectos. Y, sin duda, debe haber sido terrorífico y que tendrá consecuencias de por vida en el niño haber estado encerrado con una o varias personas que le han comportado un trato tóxico a nivel físico, sexual, emocional… un trato que no se ha ejercido de la manera en que debería haber sido.

Habrá niños que se habrán sentido protegidos y cuidados por sus padres, pero otros no han encontrado ninguna protección.

Por eso es importante esta ley. En los años 80, era habitual escuchar que había problemas de violencia dentro de la pareja -en su momento se llamaba violencia doméstica- y que no había que entrar en esos asuntos, en las discusiones de pareja: que lo que sucedía en casa debía quedar en casa. Y eso, por suerte, lo hemos superado. Pero da la impresión de que con la infancia no se ha superado: seguimos blanqueando la violencia y el maltrato hacia la infancia con expresiones como “no tenemos que interferir en la forma que cada familia tiene de educar a sus hijos”. Y por supuesto que debemos hacerlo. Absolutamente, sin ninguna duda. Si esa forma de educar implica un abuso, el miedo, el maltrato… debemos intervenir.

Algunos piden respeto, no inmiscuirse en la forma de educar.

No todo es respetable. Pegar a niño o a una niña para que obedezca o haga caso no es respetable en ninguna circunstancia. Como tampoco atemorizar a un niño o amenazar a una niña. Privarles de necesidades básicas como la educación, la salud, la seguridad… no es respetable. Privarles de otras necesidades básicas como el derecho de participación, a ser escuchados y tenerlos en cuenta, el juego… tampoco es respetable. Tenemos una convención sobre los derechos del niño que España ratificó hace más de 30 años y que en muchas ocasiones no tenemos en cuenta.

Y hay bastante “niñofobia” también, ¿no?

Vivimos en un contexto muy “niñofóbico”, muy centrado en las necesidades de las personas adultas. Seguimos dejando totalmente de lado las necesidades de la infancia en la forma de estructurar la sociedad. Por ejemplo, lo vemos en el espacio urbano. La estructuración de las ciudades y pueblos está muy centrada en el desplazamiento de los vehículos a motor y en el espacio de personas adultas y jóvenes sanas. Pensemos en los tiempos en los que están configurados los semáforos: no están pensados para la velocidad con la que una persona anciana o un niño son capaces de cruzar a calle. Tenemos una sociedad demasiado centrada en una franja de edad muy reducida, que es la franja productiva de la sociedad.

Volviendo a la ley. Habrá un coordinador de bienestar y protección en colegios y un delegado de protección en centros deportivos y de ocio. ¡Pero si no hay ni psicólogos en las escuelas!

Está muy bien sobre el papel, pero debe haber una parte presupuestaria asignada. Sin recursos específicos y una asignación presupuestaria se puede quedar en un compendio de buenas intenciones y buenas palabras. Y no, no tenemos psicólogos en las escuelas. Tenemos muchas veces una ausencia de personal docente y de servicios que sería necesario. Estaría muy bien que existiera esa figura, pero ¿de dónde la sacamos? Debería tener una formación específica y unas instrucciones claramente delimitadas.

En la miniserie ‘Creedme’, donde se aborda la violación a una adolescente, el policía que le atiende en su denuncia no la cree y debe contar el hecho una y otra vez. La nueva ley determina que en la fase de instrucción los menores de 14 solo tendrán que declarar una sola vez (prueba preconstituida). Verbalizar ayuda, pero ¿hacerlo una y otra vez?

No deberían pasar por ello. Además, en muchas ocasiones, el hecho de repetirlo tantas veces hace que se aprendan su propio discurso de memoria. Y esto, a veces, se les echa en cara, diciéndoles que es un discurso aprendido. Les resta credibilidad. Con lo cual, se acaba convirtiendo en mucho más perverso porque, aparte de que le estás obligando a tener que narrar una y mil veces una misma vivencia traumática, después, eso le resta credibilidad porque les dicen que es un discurso aprendido; es algo tremendo.

Internet trae nuevos delitos en este ámbito que se persiguen con esta ley: incitar al suicidio, a la autolesión o los trastornos alimenticios, por ejemplo. ¿Los niños también estarán más protegidos en las redes sociales?

Hoy en día a edades cada vez más tempranas, las niñas y los niños encuentran en las redes sociales un lugar donde expresarse y desarrollarse. Es importante, por tanto, que haya medidas que contemplen al menos la existencia de esta realidad y que puedan proporcionar recursos y un sistema de vigilancia para evitar que se cometan abusos (y no se lleguen a extremos como pornografía infantil) o de otro tipo de relaciones abusivas que quizás ahora no se están teniendo tan en cuenta. Sigue siendo un campo demasiado abierto.

Etiquetas:

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