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Otras pandemias, qué podemos aprender de ellas

Además de la COVID-19, otras muchas pandemias han supuesto un auténtico desafío para la salud mundial. Un experto en la gripe española repasa las que más afectaron a la humanidad

pandemia aprender Imagen: Engin_Akyurt

En las últimas dos décadas, varios virus han puesto en jaque al planeta. Además de la COVID-19, el SARS, el MERS o la gripe aviar son algunos ejemplos de las enfermedades que han provocado. Pero a lo largo de la historia, otras muchas pandemias han supuesto un auténtico desafío para la salud mundial. Anton Erkoreka, experto en grandes plagas y director del Museo Vasco de Historia de la Medicina, rememora los otros virus y patógenos que afectaron al ser humano y su entorno. ¿Podremos aprender de estas pandemias?

En 2003 la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió: “El mundo corre el mayor riesgo de pandemia desde la gripe de Hong Kong (1957), que se cobró la vida de cerca de un millón de personas”. La previsión que entonces hacía la máxima autoridad mundial era que algún virus emergente podía sesgar la vida de 180 millones de personas en el mundo. Ni entonces ni ahora puede saberse qué patógeno puede albergar esa letalidad potencial, pero sí cabe desarrollar una estrategia mundial para minimizar sus efectos. Con esa intención lanzaba la OMS hace casi dos décadas la alerta.

A diferencia de ahora, las posibilidades que tenían nuestros antepasados de luchar eficazmente contra los patógenos eran muy limitadas. De ahí que sus efectos fueran arrasadores. La plaga de Justiniano (peste bubónica) que asoló el Imperio Romano de Oriente en el siglo VI se estima que acabó con la vida de entre el 13 % y el 26 % de su población, y la peste negra de 1348 mató entre 25 y 33 millones de personas en Europa, de un total de 75 millones de habitantes.

Pandemias periódicas y patógenos caprichosos

“La primera enseñanza que nos dejan las pandemias es que periódicamente vuelven a aparecer”, señala Anton Erkoreka, médico y etnógrafo, experto en la gripe española de 1918. No hay siglo sin al menos una. En el siglo XVIII fue la viruela, que mataba sobre todo a niños, y en el XIX el protagonismo fue para el cólera, hasta que apareció la gripe rusa en 1889, “que supuso la aparición de las epidemias víricas”, explica Erkoreka, director del Museo Vasco de Historia de la Medicina.

Por qué estos patógenos, que no habían tenido protagonismo antes, irrumpieron hace 130 años es algo que la ciencia desconoce. Lo llamativo de las últimas dos décadas es la frecuencia con la que aparecen nuevos virus, la mayor parte procedentes de animales, que ponen en jaque la salud mundial.

La segunda lección de las epidemias es que los microorganismos que las ocasionan son caprichosos. No se puede prever cómo va a evolucionar la COVID-19 ni ningún otro virus. Los científicos han comprobado que su letalidad y su capacidad de transmisión puede variar con el tiempo y que incluso un nuevo virus puede volatilizarse sin que sepamos por qué. “El H1N1 que ocasionó la gripe de 1918 desapareció de la circulación hasta que reapareció hace unas pocas décadas. Esta última temporada era uno de los componentes de la vacuna que nos han puesto contra la gripe”, recuerda Erkoreka.

Otras epidemias: plantas y animales amenazados

Las epidemias ocurridas hasta ahora sitúan en primer plano una realidad con frecuencia olvidada: vivimos en un mundo con riesgos, algunos letales. Los peligros no acechan solo a nuestra especie, han tenido un profundo impacto en plantas y animales a lo largo de la Historia, algunos de ellos incluso positivos. La filoxera que surgió en Francia en 1868 y arrasó los viñedos transformó el campo español, porque propició la exportación de vinos locales y la expansión del cultivo de la vid en el país.

La relación de efectos negativos, en cambio, es mucho más numerosa. Un ejemplo de las cuantiosas pérdidas económicas que puede ocasionar un patógeno es la fiebre aftosa, que afecta a vacas, cerdos, ovejas y cabras.

Sin embargo, las consecuencias económicas no son las más graves. La caquexia de las estrellas de mar, conocida desde 1972, casi acaba con esta especie, uno de los mayores depredadores del medio marino, con consecuencias imprevisibles, como la desaparición de nutrientes o el desplazamiento de especies.

Brotes epimédicos, cada vez más frecuentes

El ritmo cada vez más frecuente con el que aparecen los virus en humanos también puede tener resultados inesperados. Erkoreka rememora la primera cuarentena, la protagonizada por Noé y narrada en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana, para extraer de ella su simbolismo: “Hay que enderezar el rumbo”.

En opinión del experto, no se puede mirar para otro lado: “Lo que ha pasado con la COVID-19 se veía venir. La sucesión de infecciones que se han registrado en las últimas décadas han demostrado que el salto interespecie de virus puede volver a ocurrir y ocasionarnos problemas muy importantes”.

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